columna oscar

Porque la mirada del drama

debe estar presente en todas partes.

Víctor Hugo

 

Una parte de nosotros ha cambiado por efectos de la pandemia. Ha cambiado el entorno también o al menos hay manifiesta queja y enojo del medio ambiente con nosotros. Lo prueban los registros extremos del termómetro, las sequías y las lluvias diluviales, la extinción de especies vegetales y animales, y los riesgos para la sobrevivencia de la nuestra. Y a pesar de que somos un factor muy importante en esos cambios, ni asumimos plenamente la responsabilidad que nos toca y como consecuencia no estamos enfrentando los retos que la situación y la época nos reclaman.

 

¿Ha cambiado el Estado? No. Hasta podemos afirmar que en estos tres años transcurridos hemos perdido la oportunidad de cimentar un cambio profundo en la estructura del Estado y, de alguna manera, en toda la vida económica, política, social, cultural y ambiental. El 2018 resultó en la apertura de la gran puerta para cambios importantes y un verdadero reto para intentarlo. La pandemia misma, con sus tragedias y sus imposiciones de nuevas conductas y comportamientos en materia de salud personal y la responsabilidad que resulta frente a los demás, obliga a pensar en la refundación del país. Nos urge una nueva Constitución Política que responda a la época que vivimos y no sólo a la coyuntura dominada por la pandemia.

 

Un virus ha obligado a realizar cambios en muchas aristas de la vida humana, sin excluir el cuestionamiento sobre nuestros estilos de existencia, más concretamente sobre el modelo económico en que sustentamos la vida. Pero, aunque mil evidencias nos muestran los atropellos que hemos inferido al medio ambiente, el poder financiero mundial y local y las transnacionales siguen tan campantes, sin aceptar responsabilidad alguna y menos dar marcha atrás a su permanente y atentatoria depredación. Por eso urge una nueva Carta Magna.

 

Buena parte de todo esto no pasa por la mente de muchos funcionarios públicos de México, federales, estatales y municipales, en especial de los alcaldes de Sinaloa. La pandemia y la crisis económica que la acompaña no ha llevado a reorientar el gasto público con una visión que responda a las prioridades que la situación que vivimos plantea. Por ningún lado se ve que se esté elaborando un padrón de damnificados de la pandemia y la crisis (incluyendo a los que ya arrastraba nuestra desigual e injusta realidad nacional). Menos un fondo de ayuda.

 

Los apuros se manifiestan en medidas que limitan las actividades conocidas como informales: comercio ambulante y los tianguis, principalmente, de las que viven todos aquellos que no encontraron alternativa en las actividades bien establecidas, según el modelo económico y fiscal. Y algunas medidas administrativas que restringen derechos humanos, cuando no los suspenden, en franca falta a lo que establecen los artículos 29 y 73, fracc. XVI de la Constitución.

 

Todavía tenemos más: como si no hubiera pasado nada en 2020 y 2021 en Culiacán se sigue insistiendo en el proyecto de un Metrobús. Fue objeto de la campaña electoral de 2018, cuando en el horizonte no se distinguían barruntos de la pandemia y sigue siendo propuesta central para el próximo trienio. ¿Debe mantenerse como proyecto central? ¿Qué significa una inversión de 3 mil millones de pesos para un proyecto, mientras al lado hay una ciudad y un municipio donde su periferia vive las consecuencias de la desigualdad y los estragos de la crisis? Las prioridades deben ser la atención de la salud, la educación y la vivienda. ¿Cuántas invasiones de terrenos para vivienda hay en el municipio? Muchas.

 

Estamos metidos en una polémica sobre si deben iniciarse las clases presenciales este día 30 de agosto, pero el debate mismo esconde la realidad que debe atenderse: es probable que el comportamiento de la curva real de contagios de Covid-19 aconseje no iniciar de manera presencial el ciclo escolar, pero ni las autoridades informan sobre los alcances tecnológicos de los programas educativos (me refiero a la cobertura real en las ciudades y en las zonas rurales) y también la disponibilidad de la tecnología mínima receptora (teléfonos, tabletas y computadoras) en manos de educandos y estudiantes, tanto en la ciudad como en el campo.

 

Tampoco vemos una propuesta elaborada de parte del SNTE, en la que responsablemente se plantee un punto de equilibrio entre lo presencial y la educación a distancia. La negativa a presentarse en las escuelas y apostar a un ciclo escolar impartido a distancia, con las debilidades de emisión y recepción tecnológicas, tampoco puede ser la alternativa. Los saldos que nos deja la experiencia del ciclo escolar anterior provocan más preocupaciones que satisfacción. De seguir así, el retraso que llevamos en materia educativa respecto a otros países se hará más profundo, y, como el Covid-19 al parecer no se irá tan fácil, vale preguntarnos ya, ¿estaremos formando una generación perdida? La educación es el crisol en el que se forja la continuidad de la especie. Encontremos los puntos de equilibrio. Y que la mirada del drama esté presente en todas partes, como dice Víctor Hugo. Vale.

 

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