= Su saldo no es malo: una final y dos semifinales

 

COLUMNA PALCO PREMIER DEPORTES JORGE LUIS TELLESok

= México, sin título desde hace cuatro años

 

= Ahora se llevó al mejor equipo posible

 

= Buenas cuentas deja el torneo para Mazatlán

 

Benjamín Gil es el manager mexicano más exitoso de los últimos años: cotiza solo cinco temporadas como timonel y ya ha ganado cuatro campeonatos. Eso lo dice todo y es una verdad irrefutable.

Si, tan solo en cinco campañas ya alcanzó en su marca personal a managers tan reconocidos como Benjamín “Cananea” Reyes y Vinicio García, por ejemplo.

Sin embargo, Gil no ha podido ser campeón de Series del Caribe como manager, aunque si lo fue como jugador: en 1996 (República Dominicana) y 2002 (Venezuela), con Tomateros de Culiacán, con quienes participó en otras series del Caribe: 1997 (Hermosillo) y 2004 (Puerto Rico).

Ganar un título en el torneo regional más importante para el beisbol latino se ha convertido en una obsesión para Benjamín y en un propósito incumplido. Vendrán otras oportunidades, seguramente; pero, por ahora, volvió a quedarse sin el cetro anhelado.

Dentro de esto, hay que puntualizar que, contra las críticas alrededor de Gil – a pesar de sus muchos lauros, entre ellos un anillo de Serie Mundial, con los Angelinos de California -, la verdad de las cosas es que su reporte, en Series del Caribe, no es todo lo malo que sus detractores insisten en hacerlo parecer.

Veamos:

En 2015, por ejemplo, en Puerto Rico, llevó a los Tomateros de Culiacán a la gran final, la que perdió 1-0 ante el equipo campeón de Cuba, Pinar del Río.

En 2018, en Guadalajara, si le fue francamente mal: ni tan siquiera calificó a semifinales.

El año pasado, otra vez en Puerto Rico, volvió a semifinales, ronda en la que cayó 1-0 frente a Venezuela, en un partido en el cual la suerte se le volvió en contra, como nunca, al versátil manager de los campeones de la Liga Mexicana del Pacífico.

Y ahora, aquí en Mazatlán, de nuevo en semifinales, para ceder en ese partido ante los Criollos de Caguas por marcador de 2 carreras contra 1.

En efecto, no hay título todavía; pero el récord no es como para crucificar a Benjamín Gil en el centro de la plaza, como muchos lo quieren hacer, especialmente los anti Tomateros, de los que abundan en todas las ciudades que conforman la Liga Mexicana del Pacífico.

En suma: una serie final y dos semifinales. En los tres desafíos se ha perdido por la diferencia mínima, como aquí lo acotamos.

¿Para avergonzarse?

Yo creo que no. Antes bien esto es un reflejo del alto grado competitivo de Tomateros de Culiacán, tanto en la Liga Mexicana del Pacífico como en Series del Caribe, donde la franquicia es ya una de las más cotizadas a nivel Confederación.

Y bueno, las críticas se valen y se aceptan porque vivimos en un país donde se respeta la Libertad de Expresión – dígase lo que se diga -; pero antes de derramar veneno, hay que sustentar señalamientos sobre bases sostenibles y números irrefutables y no con rencores basadas en frustraciones por fracasos recurrentes de nuestro equipo favorito.

Además: ganar un campeonato en Series del Caribe, no es nada fácil.

El último en hacerlo fue Venados de Mazatlán en 2016, en Santo Domingo, con aquel jonrón histórico, memorable, del culichi de pura cepa Jorge “Chato” Vázquez, para rubricar el partido de la gran final. Y de ahí para adelante nada. Solo la final de 2017, aquí en Culiacán, donde los Aguilas de Mexicali perdieron (para variar: 1-0) ante la representación de Puerto Rico.

En 49 Series del Caribe disputadas, México solo ha ganado 9, repartidas en la siguiente forma: Culiacán (2), Hermosillo (2), Ciudad Obregón (2), Mazatlán (2) y Mexicali, únicamente una.

Nada fácil, en efecto.

-0-

Ahora que.

Hace cuatro años, en la Serie del Caribe Culiacán-2017, un viejo amigo, con el cual me encontré en la zona de palcos del estadio Tomateros, me preguntó:

-¿México? – mientras veía la alineación en el enorme tablero electrónico.

En aquella alineación, con la que el representante de la Liga Mexicana del Pacífico, abría el torneo, aparecía la friolera de siete extranjeros en la alineación y solamente un par de mexicanos.

Esto, hay que subrayarlo, no viola ninguna de las reglas de la Confederación en cuanto a Series del Caribe, desde el momento en que se trata de una competición entre equipos campeones de sus ligas afiliadas (no de selecciones de un país) reforzado con elementos de los demás equipos, sin importar si son nacionales o importados.

Obvio, durante los últimos años, las ligas participantes le han dado prioridad a sus peloteros nativos; pero, por propia decisión. Y la verdad es que hay tanto talento en Dominicana, Puerto Rico o Venezuela, que esto no demerita, en lo más mínimo, su nivel competitivo.

Y de algún modo, México se ha sumado a esa intención en Series del Caribe recientes, en beneficio, desde luego, del pelotero mexicano.

En la Serie del Caribe de 1983, en Venezuela, Tomateros de Culiacán, el campeón de la LMP, se presentó con un plantel formado exclusivamente por jugadores de nuestro país. Esa temporada, de hecho, se celebró con solo peloteros mexicanos porque no hubo extranjeros, como consecuencia de las recurrentes devaluaciones de nuestro peso ante las divisas extranjeras. A Culiacán le fue muy mal: no ganó un solo partido, aunque si dio estoica pelea en tres de los seis.

De entonces a la fecha, no habíamos visto ninguna Serie del Caribe, con una alineación exclusiva de beisbolistas mexicanos, excepto su cuerpo de pitcheo, con reducidísimo número de extranjeros: Vázquez, Loop, Baldonado y párele de contar.

El resto, solo mexicanos. Y mire usted que dejaron alma, corazón y vida sobre el campo de juego. Lo que sea de cada quien.

Fueron solo ocho refuerzos, a mi juicio lo mejor de cada equipo, en función de las necesidades y debilidades del equipo: un tercera base, Isaac Paredes, ante la ausencia de un antesalista natural; un parador en corto, Juan Carlos Gamboa, para respaldar a José Guadalupe Chávez; un bateador de la calidad de Víctor Mendoza, para prever cualquier eventualidad; José Cardona, de los mejores jardineros del circuito y Julián León, para auxiliar a Alexis Wilson, la grata revelación de la temporada 2020-2021.

Redondearon el roster: Edgar González y Héctor Velázquez (abridores) y Fernando Salas.

Con eso Tomateros quedó completo y convertido en un equipo sólido y atractivo, que supo conservar su espina dorsal, con Sebastián Elizalde, Joey Meneses, Ramiro Peña, Efrén Navarro, Michael Wing y Jesse Castillo, incorporado en la segunda fase del “pley off” y puntal en la ofensiva guinda.

En mi opinión muy personal, el mejor equipo que se pudo haber armado -solo un detallito por ahí – y en el que se dio prioridad, afortunadamente, al talento mexicano.

¿Qué no se ganó el campeonato?

Pues no.

Superar a los equipos de Dominicana, Puerto Rico y Venezuela no es una tarea nada fácil. Lo hemos hecho muchas veces y las diferencias de antaño se han reducido considerablemente en las últimas series del Caribe; pero lograr títulos no es algo así como “enchíleme otra tortilla doña”.

¿O sí?

-0-

Y bien.

Concluyó ya la Serie del Caribe Mazatlán-2021 y concluyó bien.

Un total de siete días de triples jornadas en el estadio “Teodoro Mariscal”, con beisbol de altura, incluso el del debutante Colombia, que le dio guerra a todo mundo, a pesar de sus cinco derrotas en fila.

Estadio al 45 por ciento de su capacidad total, que incluyó la zona de “bleachers”, aunque la mayoría del público se concentró en la sección central del parque, lo que dificultó de sobre manera la labor del personal especialmente capacitado para vigilar el cumplimiento de las medidas sanitarias dictadas por la autoridad.

Derrama económica de 500 millones de pesos, estima la secretaría de Turismo.

Y bueno, siete días de fiesta continua, no solo en el estadio, sino en hoteles, bares, restaurantes y en las siempre bullangueras calles del puerto, a pesar de las restricciones ante la inacabada amenaza del coronavirus.

Mazatlán debería ser sede permanente de la Serie del Caribe. No tengo duda.

Así las cosas, se cumplió el objetivo de celebrar este evento de talla internacional, seguramente el más importante de todos a los que tienen acceso las ciudades del Noroeste de nuestro país.

Parecía imposible; pero se logró.

Enhorabuena