columna oscar loza ochoaNo hay palabra que contenga la medida del dolor.

Rosaura Revueltas

 

Si la vida o un tercer interesado creyeron despedir a Aimé Joanna ignorada y en silencio, se equivocaron. La familia y sus amigos entraron en una febril búsqueda desde que sintieron su ausencia física en casa y el extraño vacío en las redes sociales. El cariño y la estimación de quienes compartieron con ella techo, aulas, bibliotecas y espacios públicos, se manifestó en mil llamadas telefónicas, en múltiples mensajes de redes, preguntando y queriendo encontrar la punta de la madeja que los llevara al punto geográfico en que te encontrabas.

 

Era tanto el dolor y la desesperación que las calles mazatlecas no quisieron guardar silencio. Si el mundo virtual no encontró sosiego ante la desaparición de Aimé Joanna, la vía pública cobijó el reclamo de decenas de personas que exigían la acción inmediata de la autoridad para dar con el paradero de la estudiante de nutrición de la UAdeO. Hasta el día lunes 3 ninguna señal en el horizonte mostraba un camino, una brecha o al menos una sospecha de ruta por donde pudo caminar la joven Reina de la Ciruela.

 

El martes, cerca de Malpica, Concordia, fue encontrada sin vida Aimé Joanna. De acuerdo a la información oficial estaba en el asiento del piloto, en un auto que presuntamente se desbarrancó unos 30 metros y con lesiones que se corresponden a un accidente como el mencionado. El auto portaba placas a nombre de la accidentada.

 

La reacción de la familia y los datos que aporta nos mueven el piso, pues chocan con la información de la autoridad: Aimé Joanna no sabía manejar y no tenía automóvil, y su teléfono celular fue localizado a una distancia considerable del lugar donde se encontró su cadáver. Ella había salido de su casa en Mazatlán el día sábado por la noche, en un carro de distinto color al del accidente y acompañada de un joven con el que cenaría. También se hizo público que el auto accidentado fue emplacado el día viernes 31 de marzo a nombre de Aimé Joanna. La información proporcionada es digna de tomarse en cuenta y merece, al menos, fortalecer los trabajo de investigación, pues hay amplia diferencia entre los datos que aporta la familia y los que comparte la autoridad.

 

Para quienes no somos especialistas en los temas de seguridad, tampoco pasa desapercibido que al salir de su casa Aimé Joanna subió a un auto gris u oscuro, conducido al parecer por un amigo. El celular no estaba con ella y para sorpresa de la familia aparece muerta y en un auto de su “propiedad”. De los elementos que hoy conocemos seguramente se desprenderán muchos otros. Pero la autoridad debe indagar sin demora quién diablos estaba interesado en poner a nombre de Aimé Joanna un auto y adquirir las placas apenas un día antes de su desaparición. ¿Qué prisas lo apremiaban? ¿Morir desbarrancada, al volante de un auto sin conocer el abc de la conducción? ¿Con quién salió la noche del sábado 1°? Si los celulares son nuestra segunda piel, ¿cómo se explica que el teléfono de Aimé Joanna fuera encontrado a kilómetros de distancia? Mucho trabajo tendrá que desarrollar la Fiscalía General del Estado para esclarecer los hechos y encontrar la justicia que el caso reclama.

 

El expediente de Aimé Joanna no termina en los límites que pueda reclamar su causa. No sólo es parte de esa constelación de casos de personas que desaparecen y luego son encontradas sin vida. Esta muchacha de Aguacaliente de Gárate se ubica en el corazón de la crisis humanitaria que vive Sinaloa y el País, pues en los renglones de homicidios, desplazados y desaparecidos, caben tantas víctimas de la ciudad y del campo; no pocas con un perfil similar al de Aimé Joanna. Ojalá que el coraje que han demostrado familiares y amigos (tan activos los días martes y miércoles) alcance para encontrar las causas de la tragedia y, de ubicarse en el terreno del crimen, para el castigo de quien resulte responsable.

 

A pesar de las pérdidas acumuladas y de una esperanza muy atropellada, no hay estrategia integral para superar la crisis humanitaria en México. Tampoco Sinaloa ha empeñado fuerzas buscando detener la práctica de la desaparición forzada, abatir los homicidios y parar los desplazamientos forzados de familias y comunidades. Y mientras no la haya, las diásporas, los homicidios y las desapariciones seguirán diezmando la vida comunitaria y familiar en Sinaloa y México.

 

¿Qué hacemos como sociedad en desagravio? Hay tres elementos que deben observarse en la vida privada y la pública, pues en ellos nos va la seguridad y descansa la tranquilidad de todos: el sentimiento de alerta es esencial para cuidarnos y cuidar a quienes están cerca de nosotros por razones de sangre, amistad, trabajo o estudio; la revista permanente (procurarnos a cada rato) de quienes nos rodean limita los riesgos de daños por terceros; y, la capacidad de asombro y coraje, como lo demostraron los mazatlecos, que nos lance a la calle y a las oficinas públicas a reclamar la acción inmediata de la autoridad. Haciendo de las redes sociales un efectivo recurso de localización y solidaridad. Observemos estos hábitos, son nuestros pasaportes de seguridad. Vale.

 

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