columna oscarTodo reside en la voz.

La muerte es, sobre todo, la ausencia de voz.

Annie Ernaux

Cerramos este 2022, con la angustia de que la guerra en Ucrania no agotó todos sus fantasmas, con la preocupación de que el fenómeno de la migración tiene infinitas posibilidades de multiplicar las tragedias de sus víctimas y con la esperanza (que frecuentemente se nos desmaya) de que 2023 aporte elementos para abatir lo que se ha llamado Crisis humanitaria, a saber: altos niveles de homicidios, desplazados por la violencia y desaparición forzada de personas. Con los mejores deseos de que los gobiernos federal y estatal retomen la Agenda 2030 de la ONU. Será el mejor regalo para todos.

 

Mi compromiso fue completar los comentarios sobre mis lecturas de este año. La semana pasada mencioné 32 libros. Hoy comienzo señalando que en julio las urgencias del tema de la deuda pública me llevaron de nuevo a los textos de Pablo Moctezuma Barragán, de Jesús Solís, del Dip. Max Correa y a la carta que muchos ciudadanos enviamos al presidente Andrés Manuel, con el fin de que la deuda pública, sea también parte de su agenda. Y como siempre hay que buscar nuevos recursos para la comunicación escrita, leí Las estrategias del narrador, de Silvia Adela Kohan. Ella pone énfasis en el tipo de narrador a escoger para cuento o para novela.

 

Simpatías y diferencias, de Alfonso Reyes, esperaban desde hacia unas semanas, imposible resistirse a su lectura. De un tour por Turquía, mi hermana Aída me trajo la obra de Mavlana Rumi, ya leí el primero de seis tomos. El tema es la religión, pero lo salva su filosofía. De pronto apareció una novedad editorial: La fuga de Siberia en un trineo de renos, de León Trotski. No pude ignorarlo. La defensora de derechos humanos Sara Galaviz me obsequió Balún Canán, de Rosario Castellanos. Me impactó el testimonio de la autora sobre la situación de los indígenas y de la mujer en Chiapas. Retomé Aura, en la voz de Carlos Fuentes; luego vino La máquina del tiempo, de H. G. Wells.

 

Regreso a América con Rómulo Gallegos, leyendo sus 33 cuentos y escuchando la novela Tristana. Pero las lecturas de Alfonso Reyes me remitieron a El hombre que fue jueves, de Gilbert Keith Chesterton. Y lo leí. Había leído un estudio sobre Gilberto Owen y su obra Novela como nube y disfruté la lectura de dicha novela. Otro regalo (de Eduardo Solís) muy valioso fue Violeta, de Isabel Allende, en la que encontré nuevos elementos que justifican leerla: la desaparición forzada en la época de Pinochet. Mi primo Leonides Alfaro Bedoya, tiene un nuevo libro: Doña Monchi (una interesante saga familiar). Lo disfruté.

 

En el camino se atravesaron Los versos del capitán, de Pablo Neruda y fue leído en un dos por tres; mientras desempolvé un texto que tenía meses en espera: Destierros, de Gabriela Riveros. El tema es la desaparición de una joven tarahumara en la frontera con EU y las peripecias de otra joven aristócrata (idéntica físicamente). Murió David Huerta y me interesó leer su Correo del otro mundo. Su lectura nos regresa a Shakespeare, Whitman, Quevedo…

 

Y para no olvidar los momentos amargos del país, tomé en mis manos Memorias de la guerra México-Estados Unidos, de Carlos María de Bustamante. El FCE publicó Recuadro de Nueva España, de Lucas Alamán. Haciendo a un lado antipatías, no quise perdérmelo. Y como Elena Chávez buscó el escándalo con El rey del cash, que le cayó como anillo al dedo a la derecha mexicana, no me quedé hereje en su lectura. Sin reponerme del escándalo y de malas lecturas me tropecé con El fiscal imperial, de J. Jesús Lemus, que me envió mi amigo Pérez Canchola; interesante, pero incompleta la información sobre la estancia de Gertz Manero en Sinaloa en los años setenta.

 

Quise descansar con una buena lectura que aguardaba en mi biblioteca: Los treinta y tres negros, de Vicente Riva Palacio. La rebelión de Yanga en Veracruz y su dolorosa negociación con el virrey. Luego recibí la propuesta del Arq. Melchor Peiro de leer su libro La privatización de lo público, en la idea de comentarlo en su próxima presentación. Estoy en eso. Y mientras me preparo leo El suicida (ensayo) de Alfonso Reyes. Me entusiasmé de nuevo con Reyes y leí México en una nuez y otras nueces. Mal terminé sentí la provocación de Guerra de independencia/ la última batalla, de José Belarmino Fernández Tomás. Sin dejar la lectura del Arq. Peiro, vuelvo a Alfonso Reyes con su Debate entre el vino y la cerveza.

 

Annie Ernaux es la Premio Nobel de literatura 2022, imperdible leerla. He comenzado con No he salido de mi noche. Un impactante relato sobre su traumática relación con la madre en sus últimos dos años y fracción. Otra mujer provocó mi atención: Nellie Campobello, con su candente y enigmático Cartucho. Para preparar mi intervención en la entrega del Premio Municipal de Derechos Humanos, me alimenté de Destierro de lo blanco, de Rosa María Peraza y de Las esquinas de la luz, de Rosy Paláu. Poesía única de las dos culichis. Una lectura que inicié el 25 de noviembre fue En el tiempo de las mariposas, de Julia Álvarez; quedó terminado en navidad. Ahora estoy encarrerado con el monumental Confieso que he vivido, de Pablo Neruda. Espero concluirlo en lo primeros días de enero. Este 2022 me permitió leer 65 libros. Te invito a enriquecer tu participación en el próximo 2023 leyendo con mayor consistencia y dedicación. ¡Feliz fin de año! Vale.

 

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