columna joseluisDesde 1993, el maíz ha sido considerado el "grano dorado" de Sinaloa, un cultivo que no solo ha alimentado a generaciones, sino que ha sostenido la economía rural de la región. El primer gran boom en la producción alcanzó las 300,000 toneladas, y desde entonces, Sinaloa se consolidó como uno de los principales productores de maíz en México, solo superado por Jalisco. Sin embargo, la situación actual es alarmante: en el ciclo 2024-2025, los productores sinaloenses enfrentan su cuarta cosecha consecutiva con pérdidas significativas, resultado del abandono gubernamental y la falta de políticas que protejan sus intereses en un mercado cada vez más volátil.

 

La desaparición de la financiera rural, dispuesta por la administración de Andrés Manuel López Obrador y la Cuarta Transformación (4T), ha dejado a los productores desprotegidos ante un sistema de precios que parece favorecer más a los industriales y a las importaciones que a los agricultores locales. Durante años, estas instituciones ofrecieron una red de seguridad a los maiceros, permitiéndoles estabilizar sus costos y ganancias. Hoy, sin ese respaldo, la situación se ha vuelto insostenible, con proyecciones que indican que la producción nacional no alcanzará ni siquiera los 16 millones de toneladas, obligando al país a considerar importaciones masivas de maíz, principalmente desde Estados Unidos.

 

La crisis climática agrava aún más este panorama: las condiciones de humedad y calor extremos han afectado la producción y, lamentablemente, las perspectivas para la cosecha son desfavorables. Los productores requieren urgentemente que el gobierno implemente mecanismos comerciales que les garanticen un precio mínimo de $7,000 por tonelada, lo cual es vital no solo para su sustento, sino también para conservar la viabilidad del cultivo en la región.

 

Por otro lado, las propuestas de medidas extraordinarias, que incluyen la construcción de pozos para extraer agua o provocar lluvias de manera artificial, se presentan como soluciones más difíciles que realizables, además de ser costosas y tecnológicamente desafiantes. Igualmente, las extracciones excesivas de agua subterránea son un riesgo inminente que el gobierno debe vigilar cuidadosamente, pues comprometen no solo la agricultura sino el acceso al agua para consumo humano y animal.

 

Los signos de desesperanza son evidentes, y la quiebra de los maiceros es una posibilidad cada vez más real. La falta de apoyo tangible por parte del gobierno no solo afecta a los productores, sino que repercute en la economía local y nacional, dado que Sinaloa juega un papel crucial en la producción de granos básicos. Si la administración actual pretende cumplir con sus promesas de desarrollo y bienestar, necesita actuar de manera decisiva y creativa, no solo para brindar ayuda económica inmediata, sino también para establecer un marco de política agrícola más robusto y justo.

 

Una posible solución podría involucrar la imposición de aranceles a las importaciones de maíz, incentivando así la compra de maíz mexicano y, al menos, otorgando un valor adicional al producto local. Sin embargo, esta medida enfrentaría resistencia tanto de los industriales mexicanos como de los importadores, quienes podrían ver amenazados sus márgenes de ganancia.

 

En conclusión, el futuro del maíz en Sinaloa está en juego. Para evitar que los productores caigan en la quiebra, el gobierno debe ofrecer un paquete de estímulos y apoyos que no solo salve a los agricultores, sino que también preserve la seguridad alimentaria del país. Sin una intervención efectiva y un compromiso claro por parte de las autoridades, la crisis del maíz en Sinaloa podría convertirse en un problema que trascienda las fronteras estatales y nacionales, afectando a toda la población mexicana.