columna joseluis

Antes de tomar posesión en el 2000, Vicente Fox a quien primero buscó para hacer una alianza fue al PRD y este casi unánimemente rechazó aquel compromiso de gobierno, fue de pocos consejeros nacionales del PRD que se pronunciaron a favor de la propuesta del panista, pero avasalló, en mi opinión, el doctrinarismo del PRD y la ausencia de una definición de qué transición pretendía el PRD y la estrategia que necesitaba, decisión que desde entonces me ha parecido uno de los principales errores históricos del PRD.

 

Un año después, en el 2001, varios gobernadores priistas fraguaron una alianza con el gobierno foxista y se convirtieron en el contrapeso natural del presidente y, al mismo tiempo, en los beneficiarios de ese equilibrio que representaba el soporte de la gobernabilidad del país.

 

Juan S. Millán, Tomás Yarrington y Fernando Gonzalez Clariond entonces fraguaron la operación y a principios del 2002 se constituyeron como CONAGO (que absorbió a la ANAGO) que aglutinaba en un solo bloque que les dio a todos los poderes locales picaporte en la presidencia del país.

 

Así, a partir de entonces, todos los años el presupuesto nacional era negociado con los gobernadores y obviamente podían presentar sus proyectos, máxime que el presidente no tenía mayoría en la cámara de diputados y los diputados casi siempre dependían de los gobernadores.

 

En los dos sexenios que continuaron después de Fox, Felipe Calderón y Peña Nieto, ninguno de ellos tuvo mayoría legislativa y siempre requirieron, de alguna manera, puentes y negociaciones con los gobernantes bilateral y colectivamente, donde la CONAGO más o menos era útil para ello.

 

El hecho de que ahora se presente la ruptura de la CONAGO por supuesto que tiene que ver con el absolutismo del presidente López Obrador, quien cada vez se visualiza más reticente a sostener diálogos y negociaciones con los gobiernos estatales y a algunos darles tratos de menosprecio.

 

La crisis de división entre el presidente y los gobernadores empezó con la irrupción de la pandemia, cuando los gobernadores exigían al gobierno federal apoyos para el sector salud que se les negó y que luego se agudizó con los retrasos de entregas de participaciones a los estados por el gobierno federal, hasta que los estados (los de la Alianza Federalista), decidieron ir a fondo planteando un nuevo pacto federal para redefinir cómo distribuir el ingreso fiscal, como también los derechos y competencias federales.

 

La pandemia fue un momento crucial para esta ruta de ruptura que se definió, precisamente porque hubo más de diez programas que los gobernadores, empresarios, partidos políticos y ciudadanos, pusieron sobre la mesa para analizar, discutir y proyectar al país, tanto para salir de la pandemia, aliviar y salir de la crisis económica y reordenar el país en todos los órdenes sociales.

 

No, el presidente AMLO no escuchó a nadie, las partes se fueron alejando, las relaciones enfriando, el discurso radicalizándose, la amenaza creciendo, hasta llegar a un país en la peor crisis de su historia, con la pandemia todavía latiendo sobre el territorio nacional y con riesgos de entrar a un callejón político sin salida, si la institución electoral no resiste.

 

La quiebra de la CONAGO claro que es un retroceso del país, un debilitamiento del gobierno y un ingrediente más que se suma a los sinsabores de un escenario cada vez más impredecible. En fin.

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