El mitin nacional que la 4T organizó el pasado domingo con la presidenta Sheinbaum a la cabeza en todas las capitales del país, más que un acto auténtico de heroísmo, olía a berrinche barato disfrazado de provocación. Intentan emular, sin conseguirlo, al legendario Pancho Villa cuando, el 9 de marzo de 1916, dio la sorpresa tomando la ranchería de Columbus, Nuevo México, acto que encendió al Gobierno de Estados Unidos y obligó a Woodrow Wilson a enviar la llamada expedición punitiva con el general Pershing para capturar al «Centauro del Norte», vivo o muerto.
Lo curioso es que Pershing y sus 10,000 soldados jamás lograron atrapar a Villa, y mientras eso sucedía, aquí en México crecía la indignación nacional por la invasión autorizada –ojo, autorizada– por Venustiano Carranza. El efecto táctico que Pancho Villa buscaba se dio: sublevar al país contra Carranza y reconstituir su División del Norte para enfrentarlo con todo. Un movimiento político-militar brillante si consideramos que Villa había sido derrotado en Celaya ante Álvaro Obregón y reducido ya a apenas 500 guerrilleros de los más de 30,000 que comandó en su auge.
Ese ataque a Columbus no fue sólo una hazaña militar, fue la demostración clara de un guerrero inteligente que supo leer el hartazgo nacional contra los gobiernos gringos y utilizó ese repudio para reorganizar su ejército y volver a la lucha por el destino de México. Lamentablemente, su derrota final vino no sólo por carrancistas implacables sino también por puñaladas traicioneras dentro de su propio bando.
Ahora, la presidenta Sheinbaum parece querer tomar esa historia como bandera, pero lo que hizo el domingo pasado dista mucho de aquella jugada maestra. Este mitin nacional se siente como una provocación política barata contra Estados Unidos, más que una estrategia política seria. Es una burda manipulación del sentimiento popular, que juega con atavismos históricos para ocultar las omisiones y fracasos de la 4T en temas tan graves como la lucha contra el crimen organizado, donde más parecen cómplices –por pasividad o ineficacia– que responsables.
El discurso de Sheinbaum es en realidad una fuga hacia adelante, basada en un nacionalismo rancio y trasnochado, y en oscuros intereses de conservar el poder a toda costa, incluso a costa de enfrascar al país en una dictadura de facto. Lo peor es que apunta al gobierno estadounidense como el enemigo para tapar sus propios yerros y fallas de gestión.
La realidad es que la 4T es un fracaso indiscutible. Que quieran disfrazar sus errores y pedir un proceso que, honestamente, nadie sabe cuánto durará, no cambia la evidencia. Un golpe de timón urgente era lo más aconsejable frente a las investigaciones y presiones internacionales que se están dando en un mundo que busca realineamientos geopolíticos y políticas de contención del caos global. Pero no, la 4T y Sheinbaum parecen irse en sentido contrario, y ahí están las consecuencias. Ahora sólo queda aguantar vara y ver cómo salimos de este embrollo. ¿Habrá remedio? La historia dirá, pero por ahora, la onda es tan turbulenta que sólo falta esperar las consecuencias.