«Formalizaremos tras mi viaje a Davos, Suiza».
– Comisión a David López: preparar el terreno.
Noviembre 26 de 2015, Ciudad de México. El presidente Enrique Peña Nieto citó a David López Gutiérrez en Los Pinos para un solo tema: revisar la lista de los posibles aspirantes a la candidatura del PRI al gobierno de Sinaloa. No había nadie más en el despacho. Solo ellos dos.
David López comenzó a soltar los nombres , con los nervios de punta. Él también estaba en esa relación de los presuntos:
Aarón Irizar.…
Heriberto Galindo.…
Diva Hadamira Gastélum Bajo.…
Uno a uno. Todos con el comentario correspondiente por parte de Peña Nieto. Algunos bien calificados, otros no tanto. Más de alguno ni siquiera era ubicado por el presidente de la República, lo cual eran más que malas noticias para algunos de los aspirantes.
—Creo que te falta uno, David.
—Ya son todos, señor, al menos hasta ahora.
—No, David. Hay por ahí un diputado federal interesante, de Mazatlán, que juega golf muy bien, y con el que ya he estado algunas veces. Se llama Quirino. Creo…
—¡Quirino Ordaz Coppel!
—Sí. Ese, precisamente: Quirino Ordaz Coppel. Quiero que le pongas marcaje personal a partir de ahora y que me mantengas objetivamente informado. Quiero conocerlo mejor.
David López Gutiérrez, político experimentado, de sólidas relaciones en las más altas esferas nacionales, supo en ese momento —con el sentimiento correspondiente— que él no sería el candidato gubernamental del PRI; pero valoró, al mismo tiempo, la delicada encomienda que el presidente había puesto entre sus manos. Y a eso se dedicó, precisamente, a lo largo de las semanas posteriores: a abrirle el camino, como Juan Bautista al Mesías.
Casi un mes después, el 18 de diciembre, se llevó a cabo una cena de alto nivel en el privado de un restaurante de Ciudad de México, encabezada por el presidente Enrique Peña Nieto, acompañado de los integrantes de su gabinete legal, los presidentes de las mesas directivas de las cámaras de senadores y diputados, el presidente del CEN del PRI y los dirigentes nacionales de los sectores obrero, agrario y popular. David López estaba en la lista de invitados.
Ya en la sobremesa y a prudente distancia del resto de los comensales, Peña Nieto volvió a tocar el tema Sinaloa con López Gutiérrez, y terminó por despejarle toda duda:
—Si nada extraordinario pasa, de aquí a un mes, Quirino Ordaz será el candidato. Yo me voy a Davos el 19 de enero y vuelvo, creo, el 26. Cosa de una semana. A mi regreso se hará el anuncio oficial. Mientras, sigue apoyando en todo lo que puedas.
Esa misma noche, aquí en Culiacán, se entregaban los reconocimientos a los sinaloenses ilustres en el extranjero, con la asistencia del gobernador Mario López Valdez. Sergio Torres Félix, presidente municipal de Culiacán, era el único de los presuntos precandidatos presentes y, a su salida del Archivo General del Estado de Sinaloa, fue abordado por una nube de reporteros, tras trascender que en horas de la mañana se había reunido, en Ciudad de México, con el presidente del CEN del PRI , Manlio Fabio Beltrones, su apoyador principal.
—Aquí lo traigo, papá… aquí traigo el nombramiento —dijo Sergio, mientras con su mano derecha golpeaba la bolsa izquierda de su saco, al tiempo que una ligera lluvia invernal comenzaba a regar el centro de la ciudad.
En paralelo, en la capital del país, del lugar de esa cena, David López se trasladó, sin dormir, al aeropuerto internacional de Ciudad de México, para volar a Los Mochis al amanecer. Le había prometido a Poncho Salido (el propietario de la cadena periodística regional El Debate) que estaría presente en la comida anual de Las Lichis, y cumplió su palabra. David tenía, como misión, un secreto que guardar, encriptado, hasta el 26 de enero de 2016. Las Lichis era la huerta de la familia Salido en las inmediaciones de la ciudad cañera; sede, año tras año -al menos durante la administración de MaLoVa – de un convivio, cuya implicación era envidiable: estar en la cúpula de la política sinaloense.
En los primeros días de enero, el gobernador Mario López Valdez había convocado a un desayuno a los diez aspirantes, en el propio comedor de Palacio de Gobierno. Eran diez porque Ordaz Coppel ya era citado insistentemente por los principales analistas políticos del momento. En la foto de rigor, dos ausentes: David López y Quirino Ordaz. Nunca llegaron a la cita, bajo el argumento de que su vuelo de Ciudad de México a Culiacán había sido cancelado. Del significativo detalle, sin embargo, nadie firmó acuse de recibo. A Quirino, en concreto, no le concedieron la menor posibilidad; en cambio, a David López, sí, por su inobjetable cercanía con el presidente Peña Nieto.
En esa atmósfera transcurrían lentamente los días y, en la medida que se acercaba la fecha, aumentaba la expectación; los nervios de los aspirantes se tensaban como cuerdas de violín. Quirino intuía, pero no se confiaba. Algunos otros comenzaban a desilusionarse ante la ausencia de señales de la capital del país. Heriberto Galindo presionaba con insistencia: «Tú ya sabes, López, ¿por qué no me lo dices? Para eso somos los amigos. Para gozar las buenas y sufrir las malas, juntos». Silencio como respuesta.
Enero 10: en Ciudad de México, una comida de amigos, entre David López y Carlos Almada —sinaloense, con muchas expectativas, pero que no alcanzó el éxito anhelado en su carrera—, es suspendida por una llamada telefónica de Manlio Fabio Beltrones al guía de la corriente política denominada «Chilorio Power», para acusar a Heriberto Galindo de enrarecer el ambiente en Sinaloa. Le solicitó a David, por instrucciones superiores, se trasladarse de inmediato a Culiacán, con un doble objetivo: tranquilizar a Heriberto y poner orden en las filas del Revolucionario Institucional.
En ese momento, Heriberto Galindo es ubicado en la ciudad de Hermosillo, donde acudía al sepelio del viejo periodista sinaloense Alejandro Oláis Olivas. Este último había escrito la biografía «no autorizada» de Heriberto, en los momentos más intensos de Galindo, en su irrenunciable proyecto por alcanzar la candidatura gubernamental del partido tricolor, con todo y que desde el 1 de septiembre de 2015 se había quedado sin plataforma. Esa, justamente, era la razón de ser de aquella famosa fundación creada por Galindo, con alcances a toda la entidad.
López y Galindo contactan finalmente y llegaran a un acuerdo: al día siguiente, 11 de enero, en Mazatlán. En la fecha pactada, se encuentran en un restaurante japonés del puerto, donde, luego de muchas fintas, balbuceos y escarceos, abordan el tema entre los nervios naturales de ambos y la expectación creada por el caso.
—Mira, Heriberto, tú no vas a ser ni yo tampoco —López Gutiérrez, en tono lapidario, descorre el velo del misterio.
—¿Quién, entonces? No me digas que Quirino —responde, incrédulo, Galindo Quiñones.
—Sí, hermano: por ahí viene la cosa. Ya ponte en paz, si no quieres hacer encabronar al presidente.
La revelación de David López, el inesperado nombre del supuesto ungido y la frialdad del mensajero, descuadran totalmente a Heriberto; sus ojos se humedecen y su rostro pierde su habitual color rosado. Estaba impactado por la noticia. Trata de asimilar el golpe mortal.
—¿Está decidido? —inquiere Heriberto, con voz apagada. Trataba de mantener viva la tenue llamita de esperanza.
—Sí. Cien por ciento.
—Y nosotros, como grupo, ¿qué vamos a hacer entonces…?
—Lo que tenemos que hacer, Heriberto: unirnos a Quirino y sacarlo adelante. Las cosas vienen difíciles y no será fácil ganar la elección. Es lo que nos queda.
A pesar de todo, y acostumbrado a éxitos y fracasos en su trayectoria política nacional, Heriberto se sobrepone a lo que es una ineludible y amarga realidad. Su inesperada reacción sorprende, incluso, a David López , por su capacidad de asimilación. Viene el repaso de los caminos a seguir durante los próximos meses y la instauración de un plan B en forma inmediata.
—Pues entonces ¡hagámoslo de una buena vez! ¿No te parece?
Así, en caliente, ahí mismo, sin siquiera ordenar alimentos, Galindo obtiene la aceptación de David López y se enlaza telefónicamente con Quirino Ordaz, quien casualmente se encontraba en Mazatlán. Le dijce dónde y con quien estaba, y le extiende la invitación para que los acompañe a comer , justo en esos momentos.
Quirino suspendde su agenda de actividades, atraviesa velozmente las calles del puerto y arriba en cosa de minutos al punto convenido en la zona turística de la ciudad, hasta donde llegaba la fresca brisa del mar, una brisa propia de la época invernal.
Como es de esperarse, el empresario hotelero y diputado federal no reconoce ni admite la versión en favor de su candidatura: «Yo no sé nada, nadie ha hablado conmigo todavía»; por el contrario, les expresa su apoyo a uno y a otro, y aquello terminó con un axioma salomónico: «Si de aquí sale, de entre uno de nosotros tres, que nos encuentren unidos y en un solo proyecto, ¿les parece?».
Finalmente, disipada en apariencia la tensión, con abrazos, sonrisas y selfies, inundaron las redes sociales; le dieron la vuelta al estado y llegaron a los otros siete aspirantes, que recibieron las imágenes con incredulidad, estupor y sin aceptar, ni de chiste, la resolución del caso Sinaloa. En los cuartos de guerra de los siete —ya deducidos López, Galindo y Quirino— imperó una frase muy beisbolera y de mucho uso en el mundo político: «Todavía no cae el último out».
Ese out cayó días después, el 26 de enero, justo al regreso de su viaje por Davos del presidente Enrique Peña Nieto.
Como estaba escrito.