Visión Ciudadana

SE RENUEVA LA APLANADORA


 “El hombre que se mantiene en el justo medio lleva el nombre de sobrio y moderado”, Aristóteles (384 AC-322 AC) Filósofo griego.

¿INCONDICIONALES?

La política mexicana rara vez anuncia sus movimientos con inocencia. Cuando Morena, el Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México decidieron oficializar desde ahora la continuidad de su coalición rumbo a 2027, el mensaje no fue únicamente electoral; fue una declaración de poder, de permanencia y, sobre todo, de supervivencia política colectiva.

La llamada “Unidad por la Transformación” no nace de la improvisación ni del romanticismo ideológico. Surge de la lectura fría de los números, de la realidad territorial y del entendimiento de que separados podrían perder posiciones, pero unidos mantienen intacta la posibilidad de conservar el control legislativo, las gubernaturas y las principales ciudades del país.

La coalición oficialista entendió algo que la oposición aún no termina de procesar: en política moderna, la percepción de unidad vale tanto como la estructura territorial. Y Morena, PT y PVEM hoy buscan proyectar exactamente eso: una maquinaria cohesionada alrededor del liderazgo presidencial de Claudia Sheinbaum.

Pero detrás del discurso de continuidad también existe una verdad incómoda. La alianza no sólo intenta preservar un proyecto político; también busca administrar tensiones internas que comienzan a crecer conforme se acerca la sucesión intermedia de 2027.

Porque mientras Ariadna Montiel habla de derechos sociales y Citlalli Hernández presume fortaleza electoral, en el fondo ya se libra la batalla silenciosa por candidaturas, posiciones legislativas y control político regional. La coalición se presenta sólida hacia afuera, aunque hacia adentro cada partido empieza a medir su peso específico.

El Partido Verde, por ejemplo, ha dejado claro que no quiere seguir siendo únicamente un aliado satélite. Karen Castrejón aprovechó el anuncio para empujar una agenda ambiental más visible dentro de la plataforma común. El mensaje es relevante porque el PVEM entiende que necesita justificar políticamente su presencia más allá de la conveniencia electoral.

En otras palabras: el Verde quiere dejar de ser visto solamente como un partido pragmático y comenzar a construir una identidad temática más fuerte. El problema es que históricamente el ambientalismo ha sido más discurso que prioridad real dentro de las alianzas de poder mexicanas.

El PT, por su parte, juega otro papel. Alberto Anaya no habla desde la emoción política; habla desde la sobrevivencia estructural. El Partido del Trabajo sabe perfectamente que fuera de Morena su capacidad competitiva se reduce considerablemente. Por eso el dirigente petista fue contundente: “No vamos a dar marcha atrás”.

No es una frase menor. Es el reconocimiento tácito de que la coalición dejó de ser una estrategia temporal y se convirtió en un modelo permanente de operación política.

Sin embargo, el punto más interesante del anuncio no está en la permanencia de la alianza, sino en el concepto que comienzan a introducir: las candidaturas ciudadanas.

Ahí existe una doble lectura.

La primera es electoral: Morena y sus aliados saben que el desgaste natural del poder comienza a generar resistencias locales. Abrirse a perfiles ciudadanos podría servir para oxigenar candidaturas en municipios y estados donde la marca partidista ya enfrenta desgaste.

La segunda lectura es más profunda: el oficialismo reconoce que necesita ampliar su base política más allá de la militancia dura. La coalición entiende que 2027 no será una elección idéntica a 2018 ni a 2024. Gobernar desgasta. Administrar el poder erosiona. Y mantener la hegemonía exige reinventar narrativas.

Por eso el discurso de unidad no está dirigido únicamente a sus simpatizantes; también busca enviar un mensaje a empresarios, grupos regionales, liderazgos sociales y actores políticos que aún dudan sobre hacia dónde se inclinará el país en los próximos años.

La coalición quiere transmitir estabilidad.

Quiere decirle a México que el proyecto de la Cuarta Transformación no depende exclusivamente de una figura presidencial, sino de una estructura política capaz de mantenerse en el tiempo.

Y ahí es donde comienza la verdadera discusión.

Porque la gran interrogante no es si Morena, PT y PVEM seguirán juntos. Eso ya quedó claro. La pregunta de fondo es si esa unidad será suficiente para sostener la narrativa de transformación cuando la ciudadanía comience a exigir resultados más concretos en seguridad, economía, salud e infraestructura.

En política, las coaliciones duran mientras el poder alcanza para todos.

El reto para el oficialismo no será mantenerse unido frente a la oposición. Será mantenerse unido frente a sus propias contradicciones internas, frente a las disputas por candidaturas y frente al inevitable desgaste que produce gobernar prácticamente todo el aparato político nacional.

Hoy Morena y sus aliados lucen fuertes.

Tienen Presidencia, mayoría legislativa, gubernaturas y estructura territorial.

Pero también enfrentan un desafío histórico: demostrar que pueden evolucionar de movimiento dominante a sistema político estable sin fracturarse en el intento.

Porque la historia política mexicana enseña algo con claridad brutal: las alianzas construidas desde el poder suelen parecer invencibles… hasta que dejan de serlo.

CRECIMIENTO

En política, las encuestas no ganan elecciones, pero sí cuentan historias. Algunas hablan de caídas, otras de resistencias y unas más de silenciosos ascensos que, poco a poco, comienzan a modificar el mapa del poder. En Sinaloa, la más reciente medición de Demoscopia Digital deja ver precisamente eso: el crecimiento sostenido del Partido Verde Ecologista de México dentro de un escenario donde Morena sigue siendo la fuerza dominante, pero donde los aliados empiezan a construir peso propio.

El dato no es menor. Mientras Morena aparece con un 38.2 por ciento de preferencia electoral rumbo al 2027, el Partido Verde alcanza el 9.1 por ciento y se coloca por encima del PAN, PRI, Movimiento Ciudadano y PT. Más allá del número frío, el mensaje político es relevante: el Verde ya no es solamente un acompañante electoral; comienza a perfilarse como un actor con identidad, estructura y margen de negociación dentro del bloque oficialista.

Y ahí es donde entra el trabajo político de Ricardo Madrid Pérez.

El dirigente estatal del PVEM ha entendido algo que muchos partidos olvidaron hace tiempo: la política no se sostiene únicamente desde las redes sociales, los discursos grandilocuentes o las conferencias de prensa. La política territorial sigue siendo el corazón de cualquier proyecto que aspire a consolidarse. Recorrer colonias, visitar comunidades, escuchar liderazgos locales y mantener presencia constante sigue dando resultados, aunque parezca una práctica vieja en tiempos de algoritmos y campañas digitales.

El Verde, en Sinaloa, parece haber encontrado precisamente en esa cercanía una oportunidad de crecimiento.

No se trata todavía de una fuerza capaz de disputar por sí sola la gubernatura, sería exagerado afirmarlo. Pero sí empieza a consolidarse como un partido que podría influir de manera decisiva en la configuración del 2027. En una elección donde las alianzas serán fundamentales, contar con una estructura propia, votos identificables y presencia regional otorga poder de negociación, candidaturas y espacios de gobierno.

La encuesta también revela otra realidad que nadie debería minimizar: el 21.5 por ciento de la población aún no decide por quién votar. Ese porcentaje representa prácticamente una quinta parte del electorado y confirma que la elección todavía está lejos de definirse. Hay un amplio segmento ciudadano observando, evaluando y esperando respuestas en temas sensibles como seguridad, economía, servicios públicos y estabilidad política.

En ese contexto, el crecimiento del Verde también puede interpretarse como un fenómeno derivado de la recomposición del oficialismo en Sinaloa. Mientras Morena concentra el liderazgo político y gubernamental, el PVEM ha optado por construir una narrativa menos confrontativa y más enfocada en la cercanía social. Esa estrategia le permite captar sectores que quizá respaldan la continuidad del proyecto nacional, pero buscan perfiles distintos, menos polarizantes y con mayor contacto ciudadano.

Además, el Verde ha logrado algo que otros partidos opositores no han podido construir en los últimos años: una ruta ascendente. PAN y PRI siguen atrapados entre sus propias crisis internas y la falta de renovación real de liderazgos. Movimiento Ciudadano mantiene presencia mediática, pero aún sin estructura suficiente en gran parte del estado. El PT, aunque aliado del oficialismo, continúa dependiendo más de la fuerza de Morena que de una operación propia.

En cambio, el Verde empieza a generar percepción de crecimiento. Y en política, la percepción suele convertirse en combustible.

Sin embargo, el verdadero reto para Ricardo Madrid y su partido apenas comienza. Crecer en encuestas es importante; sostener ese crecimiento cuando la competencia se intensifique será otra historia. Porque conforme se acerque el 2027, aumentarán las presiones internas, las disputas por candidaturas y los intentos de absorción política dentro de la propia coalición oficialista.

Ahí se pondrá a prueba si el Partido Verde realmente construyó una base sólida o si solamente atraviesa un momento favorable impulsado por el contexto.

Por ahora, los números les sonríen. Y en política, cuando las cifras comienzan a moverse a tu favor, también empiezan a cambiar las conversaciones, las alianzas y las apuestas rumbo al futuro.

marcoantoniolizarraga@entreveredas.com.mx

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