Si uno se pone a analizar con ojo crítico cuál es el verdadero eje del gobierno de Claudia Sheinbaum y su vehículo deluxe, la famosa 4T, se va a dar cuenta rápido de que todo gira en torno a lo mismo: posicionarse políticamente a toda costa. No importa si para eso tienen que tejer alianzas turbias con el crimen organizado, usar esos nexos como una red clientelar que sostiene su base electoral y, claro está, preparar ese plan maestro para barrer en las elecciones que vienen. Lo importante para ellos no es resolver los problemas reales del país, como la crisis financiera que cada día se siente más, la inseguridad que ni con una patrulla más mejora, o la economía que parece una piñata a la que ya le pegaron demasiado y apenas gotea.
Después de un año completo de gobierno, y sin que nada haya despegado, la presidenta y toda esta maquinaria llamada 4T se dieron cuenta de que el juego era mantener el control absoluto sin importar qué. La vieja dualidad política —entre un gobierno autocrático dominado casi como un feudo por AMLO y un México democrático, abierto y plural— se fue cayendo pedazo a pedazo, hasta que hoy solo queda una opción para esta administración: amarrarse al poder total, aunque eso implique llevar al país directo a una dictadura. No les importa, como dicen, “el fin justifica los medios”.
Lo más loco de todo esto es ver cómo su ambición por el poder hace que los temas estructurales, esos problemas profundos de la economía, les pasen por un lado. Prefieren ampliar y crear programas sociales a diestra y siniestra —que, ojo, cada vez están más orientados a comprar voluntades para las próximas elecciones— en lugar de enfrentar con seriedad la crisis. Para que se den una idea, pasaron de tener 32 millones de beneficiarios en sus programas sociales con un gasto de 750 mil millones de pesos, a 38 millones, gastando ahora un billón 200 mil millones. Eso es más del 12% del presupuesto total. Casi nada.
Y como si eso fuera poco, el frenesí electoral ya es tal que en marzo se decidió recortar el 10% del presupuesto de seguridad solo para garantizar que arranque ese mega programa de becas escolare «Rita Zetina» para el ciclo escolar del 2026-2027. ¿Seguridad? Para qué, si la prioridad es tener contentos a los votantes con migajas disfrazadas de ayuda.
La reforma electoral propuesta es otro puntillazo a la democracia. Limitan al INE, hacen que los organismos electorales locales sean una extensión más del gobierno federal, y en los tribunales, ni se diga: están violando todo lo que se pueda para controlar jueces y magistrados, a quienes ya tachan de “ineptos” solo para justificar una reforma que más bien debería ser para poner orden en la justicia, no para subordinarla.
¿El objetivo? Muy claro y nitido: que la 4T sea amo y señor absoluto del poder. Que no pierdan ni una sola elección, y que puedan torcer leyes, instituciones y voluntades para mantenerse arriba. No les importa la deuda pública, que ya pasó los 20 billones de pesos; tampoco les interesa atrapar a sus socios en el crimen organizado; ni mucho menos arriesgarse a meterlos en problemas denunciándolos. Para ellos, el poder vale más que cualquier ética o sentido común.
La 4T ya cruzó la línea sin vuelta atrás. Van a hacer lo que sea necesario para quedarse con todo en las elecciones. Pero ojo, la única forma de enfrentarlos es que la oposición deje sus diferencias, se una de verdad y salga como bloque fuerte. Si no, en los 17 estados donde se elige gobernador y en las elecciones legislativas a nivel nacional, Morena va a arrasar de nuevo. Y esa sería una muy mala jugada para México.