Hoy, la presidenta Claudia Sheinbaum llega a Sinaloa en un momento crítico para el estado. Su agenda incluye la inauguración de su primera ruta en Mazatlán, con una mañanera que promete ser un foco de atención mediática, además de la colocación de la primera piedra del nuevo hospital del IMSS en Culiacán, una obra que se presenta como un baluarte del sistema de salud sinaloense.
Sin embargo, esta visita no puede ser entendida sin un contexto sombrío: Sinaloa ha sido escenario de una guerra intestina del crimen organizado que ha dejado un saldo devastador. En los últimos 17 meses bajo su mandato, la administración federal ha sido incapaz de ofrecer soluciones efectivas a la violencia, resultando en más de 3,000 asesinatos y 3000 desaparecidos, así como la pérdida de miles de empleos y negocios. La inacción frente a este horror ha generado un clima de miedo e incertidumbre en la población, haciendo de la seguridad un asunto urgente que la presidenta debe abordar, no solo con discursos, sino con acciones concretas y políticas claras que respondan a las demandas de los sinaloenses.
Este es un punto crucial que debe ser reconocido: la deuda por responder a las necesidades de seguridad y bienestar social recae sobre la presidencia. No se puede seguir ignorando el sufrimiento de una sociedad que ha perdido tanto. Una disculpa sincera hacia los habitantes de Sinaloa sería un primer paso necesario, pero no suficiente. La presidenta debe presentar un plan operativo claro y efectivo que ataque las raíces de estos problemas, garantizando la recuperación del tejido social y económico.
Adicionalmente, la situación del campo sinaloense merece atención inmediata. La eliminación de más de 60 programas de apoyo al sector agropecuario ha causado estragos en la producción agrícola. A pesar de tener a un sinaloense al frente de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, los resultados han sido desalentadores. Las promesas de modernización de distritos de riego contrastan con la realidad que viven los productores, quienes enfrentan precios de insumos elevados y competencia desleal debido a las importaciones masivas de maíz y trigo. Los agricultores han padecido tres años de cosechas perdidas, una crisis que no puede ser ignorada en cualquier gira presidencial.
El impacto de estas decisiones se extiende también a la industria del camarón, que enfrenta un contrabando rampante que amenaza la sustentabilidad de la producción local. La entrada ilegal de camarón ecuatoriano ha desestabilizado el mercado, afectando gravemente a los camaroneros de la región. Este problema requiere de un compromiso decidido de la administración federal para frenar el contrabando y fortalecer el mercado interno, brindando así una oportunidad de recuperación a los productores sinaloenses afectados por la competencia desleal.
Por último, es ineludible mencionar la deuda que la presidenta tiene con la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS). A pesar de ser una de las instituciones más eficientes y rentables del país, se ha visto afectada por la reducción del subsidio federal en un 8%. La UAS ha demostrado su capacidad de hacer más con menos, pero esto no justifica que se le siga restando recursos. Ignorar los esfuerzos de la universidad por promover la educación superior y el bachillerato en la región es un grave error que puede costar en términos de desarrollo y oportunidades para los jóvenes sinaloenses.
En conclusión, la visita de Claudia Sheinbaum a Sinaloa debe ser un punto de inflexión. La presidenta no solo tiene la responsabilidad de reconocer la gravedad de la situación en el estado, sino de generar un compromiso real para atender las deudas sociales, económicas y educativas que han quedado pendientes durante su administración. Lo que Sinaloa necesita no son promesas vacías, sino soluciones efectivas y sostenibles que transformen la actual realidad de sus habitantes. Es hora de que el gobierno federal actúe con determinación y sentido de urgencia para corregir el rumbo.