El pasado domingo, mientras el país entero tenía la mirada fija en la caída de «el Mencho», un fenómeno notable tuvo lugar en Culiacán. Una marcha tumultuosa, de esas que resonaban en el alma de quienes padecen la inseguridad y la violencia, se levantó con un brío político que no se había visto en mucho tiempo. Ya no hay lugar para la tibieza ni para ese maldito silencio que ha carcomido el espíritu de la ciudadanía. Los gritos eran claros, directos y contundentes: «fuera Rocha, fuera Morena». Así, como quien rasga el velo de la impunidad, los ciudadanos decidieron ponerle nombre y apellido a la frustración que sienten ante un sistema que promete mucho y entrega muy poco.
Por primera vez, los rostros cansados de la gente no ocultaron sus sentimientos. Ya no hubo eufemismos ni intentos de enmascarar la realidad. En lugar de marchar por la paz o la justicia, las pancartas exigían cuentas a un gobierno que se jacta de ser la cuarta transformación, pero que más parece una versión mejorada del desastre que hemos vivido en décadas pasadas. Se acabó la permisividad; ahora se señala directamente al gobierno, a la fiscalía, a esos cuerpos de seguridad que parecen más actores que garantes de nuestra seguridad. Cada día que pasa, la 4T se convierte en sinónimo de decepción y desilusión.
Han pasado 17 meses desde que el crimen organizado tomó los escenarios y, para el gobierno, los signos son claros: están en la lona. Los ciudadanos ya no sienten que la autoridad esté en control. Más bien, parecen peones en un juego donde las reglas las dictan los mismos criminales que han hecho de Sinaloa un relato de horror. Cuerpos desparecidos, violencia sin tregua, y un esquema de «beneficios del bienestar» que, lejos de ofrecer esperanza, se convierte en un recordatorio de la pérdida y el dolor. ¿Hasta cuándo?
Una de las realidades más crudas de esta lucha cotidiana es que Sinaloa ha visto más de 3,000 desaparecidos. En el contexto de conflictos bélicos en otras partes del mundo, las familias suelen tener al menos la esperanza de recuperar a sus seres queridos, pero aquí nos enfrentamos a un ciclo interminable de dolor. Las estadísticas pueden ser manipuladas, pero el sufrimiento y el estigma que arrastran esas familias son reales, como un eco desgarrador que se repite en cada rincón del estado. Esa incertidumbre es un crimen en sí mismo, un martirio que ningún discurso gubernamental puede eludir.
Y llegamos a un punto en que el mensaje se vuelve tan claro como el agua: ya no basta con solicitudes, cartas o ruegos. La gente ha tomado una decisión, están optando por la acción política. Un desconocimiento absoluto de los gobernantes que prometieron ser diferentes, y que al final de cuentas, resultan ser iguales o peores. La esperanza que traían consigo se ha evaporado, dejando en su lugar la certeza de que el cambio no vendrá de arriba hacia abajo, sino desde las calles, donde la rabia popular se transforma en un clamor por justicia.
Lo insólito es que aquellos que se encuentran aferrados a las riendas del poder, que una vez imaginaron que podían controlar la narrativa, ahora se ven superados por la realidad. La marcha del 22 de febrero marcará un antes y un después en la historia de Culiacán, un punto de inflexión en el que la ciudadanía ha decidido que ya no se quedará de brazos cruzados.
A fin de cuentas, el desafío está servido. La sociedad está harta y, al parecer, dispuesta a desafiar, a exigir respuestas y llamar a cuentas a quienes deberían protegernos. Así que, al gobierno de Rubén Rocha y a su partido, les toca reaccionar. Que la historia no se repita. Que no se conviertan en el eco del olvido, porque la gente ya ha tomado la calle y no piensa retroceder. ¿Escucharán finalmente el grito de la ciudadanía? O seguirán, como hasta ahora, sumidos en la distracción y el miedo a afrontar su propia ineptitud.