Desde que la crisis de inseguridad y violencia se desató allá por septiembre de 2024, muchos creyeron que Mazatlán y el sur de Sinaloa estarían a salvo. Se pensó que los municipios más golpeados serían Navolato, Culiacán y Elota, pero la realidad ha demostrado que la indiferencia puede ser tan peligrosa como la violencia misma. Hoy, la triste ironía es que Mazatlán, el baluarte del turismo y la economía sinaloense, se ha convertido en el epicentro de una crisis que trasciende lo imaginable.
En un momento, Mazatlán era sinónimo de desarrollo económico, un destino turístico deseado por canadienses y norteamericanos, impulsado por las estrategias del gobierno de Quirino Ordaz y un boom inmobiliario sin precedentes. Sin embargo, la esperanza se ha visto sombría ante el avance de la violencia, que ha echado a perder el sueño de muchos. No solo la ciudad ha sido alcanzada por esta ola de terror, sino que la infraestructura misma de la seguridad se encuentra al borde del colapso.
El ambiente palpable de violencia, que alguna vez parecía distante, ahora se siente en cada rincón. Actos brutalmente infames, como el secuestro y asesinato de diez mineros bajo circunstancias escalofriantes, han puesto a Mazatlán en el mapa, no como un atractivo turístico, sino como una nota trágica que recorren los medios internacionales. Las autoridades, con su habitual desdén, han tratado de minimizar el hecho, señalándolo como una «confusión» de grupos criminales. Esta afirmación no solo es lamentable, sino que también muestra la incapacidad del gobierno para afrontar la cruda realidad que enfrentan los ciudadanos.
Mientras tanto, los habitantes de ciudades cercanas, como Rosario y Escuinapa, exhiben, desde hace meses, con desesperación videos de balaceras y vandalismo que reflejan la descomposición del tejido social. Las autoridades miran hacia otro lado, dejando que la violencia haga fiesta. Feminicidios, desapariciones y una serie de delitos sin resolver se suman a la estadística de horror que azota a esta región. Desde el secuestro de los mineros, las fosas clandestinas han sido el cruel recordatorio de la impunidad que reina en Sinaloa.
A medida que se acerca el carnaval, la atmósfera festiva se ha convertido en un manto de miedo y desconfianza. Este año, en lugar de disfrutar de la alegría y la tradición, la gente vive con la constante sombra de la violencia que acecha en cada esquina. La joya de Sinaloa, lejos de brillar, se encuentra en el abismo, infestado por una narcopandemia que parece no tener fin. La posibilidad de que el carnaval no se realice se cierne como un eco siniestro, pero una tragedia que podría ser aún peor si se lleva a cabo dando gusto a las voces audaces que continúan minimizando la situación.
La brutal realidad que vivimos es innegable. Los ecos de los mineros asesinados resuenan en los corazones de sus familias, que buscan en vano respuestas sobre la desaparición de sus seres queridos. La sociedad no debería conformarse con excusas vacías cuando se trata de vidas perdidas. La culpabilidad recae en aquellos que ostentan el poder y deben proteger a sus ciudadanos, en lugar de ofrecer discursos vacíos que solo alimentan la desesperanza.
Hoy, más que nunca, debemos cuestionar la manera en que se han manejado los problemas de seguridad y justicia. Mazatlán ha caído presa del miedo, y sus festividades, antes motivo de orgullo, son ahora un recordatorio doloroso de lo que hemos perdido. ¿Hasta cuándo toleraremos este ciclo de violencia? La incertidumbre de un carnaval marcado por el riesgo refleja una crisis en todos los sentidos: una tragedia que va más allá de lo festivo, hasta tocar las fibras más sensibles de nuestra humanidad. ¿Eso no es suficiente? La respuesta, desalentadora, parece indicar que la necesidad de cambio es urgente e inminente.