La reciente acción militar de Estados Unidos para extraer a Nicolás Maduro del poder en Venezuela ha reconfigurado radicalmente el panorama político en el Caribe. Tras tres meses de un cerco que bloqueó la zona, la intervención se llevó a cabo sin bajas en el ejército norteamericano, lo que refuerza la percepción de Washington como un actor hegemónico dispuesto a imponer su voluntad en la región. Esta situación ha generado una tensión palpable entre naciones cercanas, desde Cuba y Nicaragua hasta México, donde la posibilidad de negociar se presenta como una necesidad urgente.
Colombia ha sido el primer país en avanzar en este sentido al establecer diálogos que buscan desescalar las tensiones. Este modelo de negociación es visto como un camino viable, especialmente dado el contexto crítico que enfrentan países como Cuba, cuyo presidente, Miguel Díaz-Canel, debe actuar rápidamente para evitar una crisis humanitaria exacerbada por el bloqueo petrolero y la escasez de asistencia internacional. La reciente ayuda de 50 millones de dólares acordada por la Unión Europea contrasta fuertemente con los irrisorios 6 millones ofrecidos por Estados Unidos. Mientras tanto, México ha decidido comenzar a enviar apoyos, aunque sin una cuantificación clara del monto.
Cuba ha sido históricamente un país habituado a enfrentar adversidades. Las crisis que han azotado la isla desde la caída del Muro de Berlín y el retiro del apoyo ruso han generado un escenario de austeridad severa. La Revolución de 1959 trajo consigo no solo una transformación política sino también un aislamiento prolongado debido a las políticas de bloqueo de Estados Unidos. Desde la crisis de los misiles en 1960, pasando por los balseros en los años 80, hasta el actual clima de presión, el pueblo cubano ha soportado un asedio casi permanente que ha debilitado su capacidad de resistencia.
El actual liderazgo de Donald Trump en Estados Unidos parece haber intensificado esta estrategia hegemónica, buscando reconfigurar la correlación de fuerzas a nivel global, de forma que el país norteamericano permanezca en el centro del tablero geopolítico. Esta política agresiva ha convertido a naciones latinoamericanas como Cuba en objetivos privilegiados de sus acciones, y varios analistas concuerdan en que un cambio político en La Habana es inminente para resolver su crisis histórica. Analistas y exembajadores mexicanos, como Ricardo Pascoe Pierce y Heriberto Galindo Quiñones, coinciden en la necesidad de cambiar el enfoque hacia Cuba, considerando el esperado abuso por parte de Estados Unidos, pero también reconociendo la urgencia de reformas internas en la isla.
Ante estas circunstancias, es fundamental evitar la confrontación abierta. La historia nos muestra que la guerra solo lleva a mayores sufrimientos para los países más vulnerables. La resistencia podría ser una opción, siempre y cuando vaya acompañada de negociaciones efectivas que busquen aliviar las tensiones y abrir pasos hacia un futuro más estable y próspero. La experiencia reciente de Colombia sugiere que el diálogo puede ser un mecanismo eficaz para lidiar con situaciones complejas y altamente polarizadas.
En conclusión, la búsqueda de un consenso regional que abarque a países como Cuba, Nicaragua y México se presenta como una prioridad no solo para la estabilidad interna de estas naciones, sino también como una estrategia para desarticular las políticas de coerción impuestas por Estados Unidos. La interdependencia de los movimientos políticos y sociales en Latinoamérica es evidente, y aquellas naciones que opten por la negociación tienen la oportunidad de formar un frente común frente a una hegemonía que apela cada vez más a la presión militar y económica. La clave está en encontrar un equilibrio que permita a los países en cuestión sobrevivir y, eventualmente, prosperar en un entorno geopolítico tan volátil.