El año 2026 se asoma como un umbral crucial para la democracia en México, un punto de inflexión que podría definir el rumbo del país en múltiples dimensiones. En este contexto, se presentan disyuntivas fundamentales: ¿podremos evitar un abismo autocrático, manteniendo un sistema electoral democrático? ¿O nos estamos encaminando hacia un esquema comercial aislacionista que, bajo el pretexto de la autosuficiencia, nos aleje de las alianzas continentales como el T-MEC? La mera posibilidad de un estado nacional cerrado es aterradora, pues iría en contra de las dinámicas globales, exigiendo una reflexión profunda sobre cuál es el futuro que se desea construir.
La administración actual, bajo la sombra del ex presidente López Obrador y su Cuarta Transformación (4T), ha sido criticada por sus tendencias a empujar al país hacia un modelo de autarquía. Sin embargo, es posible que existan condiciones y coyunturas que permitan modificar esta trayectoria. Un aspecto esencial para rediseñar el enfoque de la 4T es una idea en específico a la reforma electoral que ha propuesto el gobierno y que actualmente se encuentra en discusión dicha propuesta, la idea que realizo el sinaloense Jaime Sánchez Duarte para anexar a esta iniciativa se centra en la implementación de una segunda vuelta electoral, una medida que podría ser crucial para fortalecer nuestro sistema democrático.
La carencia de legitimidad en el ejercicio del poder profundamente marcado por la falta de representatividad puede encontrar en la segunda vuelta electoral una respuesta efectiva. Al garantizar la mayoría electoral a cualquier gobernante, esta propuesta no solo promueve gobiernos con un mayor grado de legitimidad, sino que también robustece las posibilidades de generar administraciones más auténticas y congruentes. Esto, a su vez, podría facilitar una estructura estatal más liberal y democrática.
La esencia de la segunda vuelta electoral radica en su capacidad para crear contrapesos dentro del sistema político. Con ello, se generaría un escenario donde la pluralidad; la libertad y la creatividad política florezcan, lo que culminaría en un servicio público más honrado y, en consecuencia, en una sociedad más democrática. Sin embargo, debemos abordar esta propuesta con la claridad de que no es un mantra que cure todos los males de la legislación electoral actual. Más bien, se trata de una medida política que impacta positivamente a todo el sistema, reforzando los intereses políticos de la República.
En el contexto actual, resulta imperativo reconocer que la existencia de un sistema electoral donde las fuerzas políticas se convierten en meros cotos particulares, y donde los líderes actúan como caciques políticos, es insostenible. Este sistema arcaico propicia un ambiente donde los gobernantes pueden operar como autócratas, alejados de las necesidades del pueblo. Es por ello que la propuesta de una segunda vuelta electoral, planteada con convicción por Jaime Sánchez Duarte, debe ser vista como una oportunidad valiosa para el país, no como un tema de discusión polémica.
Hasta este momento, no se han presentado argumentos sólidos en contra de la implementación de la segunda vuelta electoral en México. Por lo tanto, resuena con fuerza la propuesta que Sánchez Duarte plantea al cierre de su reflexión. Todos los ciudadanos debemos comprometernos a promover esta idea, pues, en un momento de definiciones y disyuntivas como el que enfrentamos, es esencial avanzar hacia un futuro donde nuestra democracia se fortalezca.
Las elecciones de 2026 podrían, por tanto, ser un campo de pruebas para validar si como nación somos capaces de superar las inercias que nos llevan al abismo. Si decidimos abrazar la pluralidad y la democracia, el camino hacia un México más justo y representativo está a nuestro alcance. Vale la pena luchar por ello, porque, al fin y al cabo, el futuro de nuestra nación depende de las decisiones que tomemos hoy.