En el contexto de las instituciones educativas, particularmente en universidades con una rica historia como la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS), es habitual que surjan movimientos de protesta. Sin embargo, lo que estamos presenciando en esta casa de estudios parece rozar más el terreno del ridículo que de una auténtica inconformidad. Con un rector como Jesús Madueña, que está enfocado en negociar con el Gobierno Federal temas relacionados con el aguinaldo de 20,000 trabajadores, un grupúsculo ha decidido transformar la UAS en un escenario de escándalo político.
La fecha límite del 19 de diciembre se aproxima, y mientras la universidad se dispone a cerrar el año académico, algunos diputados han optado por abrir puertas al congreso estatal para un espectáculo bochornoso: la toma de la tribuna. Este acto absurdo no solo se presenta como un vano intento de visibilizar sus demandas, sino también como una estrategia de distracción que eclipsa la verdadera lucha por derechos. ¿Acaso su sed de atención mediática les ha hecho olvidar los problemas reales que enfrenta la UAS? La manipulación externa, orquestada por fuerzas infiltradas de Morena, pone de manifiesto la intención de convertir la universidad en un campo de batalla político, desviando la atención de los desafíos estructurales que realmente importan.
Desde principios de 2025, estos autodenominados «inconformes» han intentado edificar un movimiento que, en su retórica, aboga por la democracia. Sin embargo, su único resultado visible hasta ahora es la exhibición de sus miserias políticas. La pobreza de sus aspiraciones se hizo evidente en el intento fallido de promover candidaturas alternativas a la rectoría, que solo atrajo 13,000 votos frente a los 107,000 de Madueña. Un 11% contra un 89% no es precisamente el triunfo que esperaban, ¿cierto?
La UAS ya se encuentra inmersa en problemas estructurales y en una crisis financiera palpable, exacerbada por una jubilación dinámica sin financiamiento adecuado que amenaza con desmantelar lo que queda de la infraestructura universitaria. es por ello, que el Consejo Universitario, respaldado por un impresionante 90% de la comunidad, ha decidido avanzar con un plan de reingeniería integral. Aquí se revela la traición de una minoría ruidosa que se niega a aceptar la realidad y prefiere seguir gritando en lugar de contribuir con propuestas constructivas.
Un reciente fallo judicial que desestimó la demanda de este pequeño grupo de universitarios es un claro reflejo de la falta de fundamento en sus quejas. Pero en vez de aceptar esta derrota, ¡oh sorpresa! Optaron por tomar la tribuna del Congreso. Tal acto, que no se veía en el congreso local desde los años noventa del siglo pasado, se manifestaba como un acto de desesperación luego de conocer la decisión judicial, respaldado por algunos legisladores que decidieron coludirse en esta pantomima.
Observando todo este teatro, surge la inquietante pregunta de si realmente hay una consigna orquestada desde esferas ajenas a la UAS, como si el caos interno fuera un espectáculo que sirviera para desviar la atención de los problemas que verdaderamente importan. Las ambiciones políticas personales parecen estar por encima de la universidad, mientras el intento de socavar la gestión de Madueña es un ataque moral que deja mucho que desear.
No hay dudas de que este es un acto perverso, diseñado para dinamitar cualquier avance en la gestión de los asuntos financieros y laborales de la universidad. Al torpedear la relación entre Madueña y el Gobierno Federal, este grupo, en contubernio con algunos diputados, no solo traiciona sus propias convicciones, sino que arrastra a toda la comunidad universitaria a una espiral de inestabilidad innecesaria.
La UAS no necesita el sentido común perdido en un océano de escándalos y gritos vacíos. Lo que la universidad requiere es unidad y fortaleza para enfrentar sus desafíos; no necesita una rebelión de caricatura que solo sirve para enmascarar la verdadera lucha por el futuro de la educación superior en Sinaloa. La educación debe ser la prioridad, y no un escenario para ambiciones políticas que poco aportan y mucho restan.