En el vertiginoso escenario político actual de Sinaloa, pocos personajes han transitado de manera tan calculada y estratégica como Feliciano Castro. Su ascenso a la Secretaría General de Gobierno, tras haber sido presidente de la Junta de Coordinación Política en la Cámara de Diputados durante la 65 Legislatura, no fue simplemente un fruto del azar, sino el resultado de una meticulosa ingeniería política orquestada por su jefe político, el gobernador Rubén Rocha. De esta manera, Castro se posicionó en un cargo clave, en medio de un entorno marcado por los ecos de la crisis que atraviesa Culiacán y Sinaloa.
Uno de los episodios que marcan su carrera es la lucha que libró contra la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS), donde se enfrentó a la presión pública y a detractores . Este conflicto demostró su capacidad para maniobrar en aguas turbulentas. Por otro lado, su controvertida gestión al frente de la Junta de Coordinación Política del Congreso es digna de mención; Castro se encargó de «limpiar» las cuentas públicas de los exgobernadores, lo que hace inevitable recordar la valentía y determinación de Graciela Domínguez Nava, quien no dudó en cuestionar las cuentas públicas de 2017 y 2018. Este acto, sin precedentes, visibilizó las irregularidades en el manejo del dinero público y dejó marcadas las primeras acciones de Castro al llegar al Congreso. En este contexto, su prioridad fue restablecer las cuentas del exgobernador Quirino Ordaz Coppel, lo que nos lleva a cuestionar la supuesta lucha contra la corrupción que el movimiento morenista prometía.
Resulta irónico que, mientras el gobernador Rocha clama por recursos para detener la suspensión de más de 500 millones de pesos en obra pública para el próximo año, se asoma la sombra de un desvío de fondos que persiste en las administraciones anteriores. Esto no solo señala la ineficacia de la administración actual para gestionar las finanzas del estado, sino que también evidencia la falta de un verdadero compromiso con la rendición de cuentas. La denuncia de Graciela Domínguez, aunque aplaudida por muchos, parece haber sido solo una chispa en un panorama donde la impunidad sigue reinando.
El paso de Feliciano Castro al gabinete de Rocha fue sellado por la profunda necesidad de proporcionar una cobertura mediática y política que el gobierno requería ante la crisis que afecta a Culiacán y Sinaloa. El papel que desempeñó como secretario general de gobierno le había otorgado notoriedad, pero su llegada a la Secretaría de Economía le brinda también una oportunidad de oro: brillar en un puesto que le permite proyectar su imagen y, quizás, tejer alianzas que le beneficien en sus aspiraciones futuras. Al asumir la Secretaría de Economía, Castro parece haber encontrado su terreno fértil para cultivar el deseo de convertirse en un candidato formidable para la gubernatura o, al menos, para la presidencia municipal de Culiacán.
Sin embargo, su éxito en este nuevo rol no debe ser visto con ojos deslumbrados. Castro ha mostrado una capacidad para promover tanto su persona como su cartera gubernamental, pero eso no debe confundirnos ante la cruda realidad de su contexto político. Enfrentándose a otros precandidatos, como Enrique Inzunza e Imelda Castro, cuya estrategia electoral se ha limitado a la promoción personal, Castro se diferencia por su conocimiento profundo del sistema y su disposición para jugar en las ligas mayores de la política sinaloense.
En un entorno donde muchos de sus adversarios parecen jugar el partido de manera tímida y superficial, Feliciano Castro se perfila como un jugador audaz. Con 40 años de experiencia en el ámbito político, posee un entendimiento que va más allá de los meros discursos; sabe cómo moverse y ganar en este tablero. Aquel que observa su trayectoria no puede evitar pensar que no es simplemente un jugador afortunado, sino uno que ha aprendido a manejar las piezas en su favor.
la figura de Feliciano Castro representa a la vez una promesa y un desafío para la política en Sinaloa. Su capacidad para navegar en un ambiente adverso, su consolidación en la administración actual y su aspiración a un futuro más ambicioso lo convierten en un contendiente a tener en cuenta dentro de la contienda electoral. Sin embargo, la pregunta que queda flotando en el aire es si los ciudadanos estarán dispuestos a seguir apoyando a un político que, a primera vista, refleja más continuidad que cambio en un sistema que aún clama por transparencia y justicia. La respuesta no es sencilla; pero el camino de Feliciano Castro es, sin duda, un relato que merece ser seguido con atención crítica.