Hoy, los productores agrícolas y los transportistas de varios estados del país se unen en una manifestación que, más que un simple acto de protesta, es un grito desesperado de auxilio. Dos sectores que han sido abandonados a su suerte, despojados del apoyo gubernamental necesario para garantizar su sustento y el de sus familias. Por un lado, los agricultores, quienes ven cómo sus cosechas son arruinadas por políticas ineficaces y promesas vacías. Por el otro, los transportistas, acorralados entre la delincuencia organizada que extorsiona y manipula, al punto de forzarlos a pactar con el crimen para poder seguir trabajando. La desesperación ha alcanzado niveles insostenibles.
Hablamos aquí de una crisis existencial que ataca a toda la nación. La inseguridad y la violencia se han convertido en las barreras más insidiosas que enfrenta la República, un cáncer que corroe desde dentro, dejando a su paso un rastro de orfandad y abandono. El panorama es alarmante: los ciudadanos, incluidos estos sectores productivos, son las víctimas silenciosas de una espiral de decadencia social, donde la vida se convierte en una lucha constante por sobrevivir. Esta tragedia nacional, alimentada por la incompetencia de un gobierno que parece más enfocado en preservar privilegios que en construir un futuro próspero, ahonda en el sufrimiento del pueblo mexicano.
Este lunes, los manifestantes saldrán a la calle y no solo lo harán para exigir un cambio, sino para visibilizar un malestar que nos engloba a todos. Porque al final, lo que está en juego no es solo su futuro, sino el de toda la nación. La incapacidad de las administraciones que hemos padecido ha creado una atmósfera en la que se hace más fácil destruir que construir. En un país que se desmorona, reconstruir desde los cimientos requerirá generaciones enteras, pero mientras tanto, el gobierno sigue ignorando la realidad y parece disfrutar de la destrucción que ha sembrado.
Durante años, los mecanismos de apoyo al campo han quedado hechos añicos, así como la seguridad pública que alguna vez brindó confianza a millones. Ahora, esta ha sido sustituida por lo que muchos llaman “pax narca”, una simulación de paz que en realidad es una aceptación tácita del dominio del narcotráfico, donde el estado de derecho se ha evaporado, dejando sólo una constante lucha entre fuerzas del gobierno y criminales. ¿De qué sirve hablar de gobernabilidad si a cada paso encontramos la marca de la sangre y la violencia?
Los agricultores y transportistas están en pie de guerra, pero no se trata de una lucha aislada; es un eco de la resistencia del pueblo mexicano frente a un sistema que se fortalece a costa del sufrimiento colectivo. Aquellos que hoy son exprimidos, mañana serán otros. Y es que, si no hay un cambio radical, todos nos vemos atrapados en esta red de corrupción y complicidad.
Este lunes será un día trascendental, aunque no tengo certeza de cómo resultara. Sin embargo, estoy convencido de dos cosas: la situación se agudiza, ¡y qué pena tener que reconocerlo! Pero también estoy seguro de que el valor del pueblo irá en aumento, ese mismo valor que ha despertado del letargo en que lo han sumido estas administraciones nefastas. La 4T no ha traído esperanza, sino más bien un oscuro futuro que se cierne sobre todos nosotros.
Así que ánimo, compañeros de lucha. Esta manifestación no es solo un acto más; es el fortalecimiento de un espíritu que se niega a sucumbir ante el desánimo. desde hace 7 años, el ciclo del fracaso político se repite, pero estoy convencido de que, con lucha y perseverancia, volveremos a florecer. Es hora de recuperar la esperanza, la fe y la alegría de vivir. Que este sea el primer paso para romper las cadenas que nos atan, un grito conjunto contra la injusticia que nos ha sido impuesta. Hoy, más que nunca, la unión hace la fuerza.