En un escenario que podría describirse como una suerte de templo del sofismo, los diputados federales de Morena se reunieron para manifestar su impresión sobre el actual estado de la agricultura en México. En este contexto, se destacó la intervención de la diputada Merari Villegas, quien, con un tono de elevada autoconfianza, expuso su visión sobre la crisis que enfrentan los productores de maíz y la situación del campo en general. Sin embargo, lo que debería haber sido un acto de rendición de cuentas se convirtió en una retahíla de falacias, ignorancia y descalificaciones que evidenciaron no solo la falta de preparación de los legisladores, sino también una preocupante soberbia.
La pregunta incisiva de la periodista Leticia Villegas sobre la crítica constante respecto a la falta de recursos y los recortes a programas vitales fue recibida con una cortés salutación, «Buenos días». A partir de ahí, la diputada se lanzó en una defensa que recordó más a un discurso político vacío que a un verdadero análisis de la problemática. Argumentó que el estado actual del campo es consecuencia de la «herencia» de años neoliberales. No obstante, obvió por completo su propia responsabilidad y la de su partido en la gestión de recursos y propuestas durante los últimos siete años.
Es preocupante que, mientras hacen tambalear la teoría de la corrupción en gobiernos anteriores, ellos mismos se encuentran atrapados en un ciclo de ineptitud. La diputada mencionó que han logrado una “resignación de 625 millones de pesos” para el campo, pero el impacto de esta cifra es irrisorio si se considera que representa apenas el 0.5% del presupuesto asignado a este rubro en el 2025 y no compensa la inflación del 4% este año. Así, sus palabras fueron una mezcla de arrogancia y desconocimiento de la realidad económica que viven los agricultores.
El hecho de que la diputada Villegas no pudiera responder a la pregunta de cuántos de esos recursos se asignaron a Sinaloa es elocuente: no se trata únicamente de números; se trata de una desconexión alarmante entre los legisladores y sus representados. La incapacidad de articular un plan anticrisis, en respuesta a la sequía que ha generado un déficit de producción nacional de 12 millones de toneladas de maíz, evidencia un cuadro de ineficiencia que lleva a cuestionar su competencia para gestionar problemas tan apremiantes.
Además, es sorprendente que en esta arena de legisladores haya una clara falta de avance en la defensa de los intereses de los productores frente a las decisiones internacionales, como los aranceles impuestos por Estados Unidos. Las acciones del expresidente Trump al imponer un 25% de aranceles al tomate mexicano deberían haber sido un llamado de atención para estos diputados, pero su reacción ha sido casi nula. ¿Acaso su trabajo se limita a señalar las deficiencias de administraciones pasadas, sin ofrecer una solución concreta para los desafíos actuales?
El movimiento de productores de maíz tampoco ha recibido la atención necesaria. La pregunta permanece en el aire: ¿qué piensan y cómo se organizan realmente los campesinos frente a este entorno adverso? La proclama tardía del diputado Alfonso Ramírez de llevar a cabo reuniones en la Cámara de Diputados, convoca a pensar que estas acciones podrían ser simples movimientos políticos, más que un real interés por atender las demandas de los productores del campo.
Por último, es esencial cuestionar el nivel de conocimiento que poseen estos diputados sobre el tipo de maíz que se produce en México y los mecanismos que rigen su precio. No se puede pretender legislar sobre un sector sin entender sus dinámicas fundamentales. La falta de disposición para acercarse a las realidades campesinas refuerza la idea de que están más enfocados en su imagen y en el juego político que en el bienestar de quienes realmente sostienen al país: los agricultores.
En conclusión, la actuación de los diputados de Morena no solo demuestra una falta de conexión con los realidades que enfrentan los productores agrícolas, sino que su discurso vacío y arrogante revela una profunda ignorancia y una preocupante prepotencia. Es hora de que asuman su responsabilidad de manera efectiva y dejen de utilizar a la sociedad como un escudo, en lugar de dar respuestas concretas a los problemas que, evidentemente, les superan.