El brutal asesinato del presidente municipal de Uruapan, Carlos Manso, ha sacudido no solo a Michoacán, sino a todo México. Un acto de violencia que desató la indignación nacional, y la primera respuesta digna de mención fue la de Christopher Landau, el subsecretario de Estado de los Estados Unidos. Lamentablemente, su compasión contrasta con la pasmosa ausencia de reacciones significativas por parte de nuestras autoridades. Ante un duelo tan palpable, la presidenta Claudia Sheinbaum optó por un silencio abrumador, como si las palabras se le hubieran esfumado en un abrir y cerrar de ojos.
Cuando finalmente rompió su mutismo, ¿qué ofreció al país? Suspender su mañanera, como si eso fuera suficiente para sofocar el clamor de justicia. Instruyó al secretario de Seguridad Pública, García Harfuch, para que tomara las riendas de la investigación, como si eso pudiese solventar la falta de acción ante un crimen tan hediondo. Con toda la solemnidad que le otorgaba la situación, Harfuch se presentó en Uruapan, pero no todo queda ahí; el verdadero espectáculo estaba por venir.
Mientras el pueblo mexicano lloraba la pérdida de un líder, la Ciudad de México se convirtió en el escenario de una grotesca representación. El martes 4, en el zócalo, un individuo tuvo la desafortunada ocurrencia de abrazar a la presidenta por detrás, levantando las cejas de un país ya cansado de la insensibilidad política. En medio del duelo, esa maniobra vil parecía una estrategia diseñada para distraer al pueblo de la indignación que crecía como una tormenta. El mensaje era claro: para el gobierno, el verdadero problema no era el asesinato de Carlos Manso, sino cómo apaciguar el malestar social provocando un escándalo que terminara por ser olvidado.
La detención del individuo se tornó en un nuevo escándalo, uno montado desde el «cuarto de máquinas» de los Goebels de la 4T, como si intentaran diluir la rabia del pueblo con un circo mediático, mientras que la verdadera tragedia permanecía sin resolver. La ignominia de esta situación es inadmisible, especialmente cuando recordamos que hay miles de familias en este país que sufren cada día por muertes y desapariciones. Es profundamente vergonzoso que la primera mujer en ocupar la presidencia se preste a esta farsa, emulando los desatinos de Macuspana, quien también se vio envuelto en un alarde de absurdos.
Sheinbaum, con su actuar, no solo minimiza la rabia justificada del pueblo por el asesinato de Manso, sino que busca victimizarse a sí misma, como si la atención nacional por su seguridad personal pudiera eclipsar el dolor y la frustración de quienes sufren pérdidas irreparables. Este intento de enarbolar la lucha de las mujeres como una cortina de humo es cruel y, a todas luces, infame.
Bajo la excusa de proteger a las mujeres, pretenden convertirlas en escudos de sus propios fracasos, cuando lo que deberían hacer es rendir homenaje a aquellas madres valientes que se enfrentan a un sistema en el que las vidas de sus hijos se arrojan al olvido. ¿A quién intentan engañar con esa narrativa del San Benito que burló la seguridad de la presidenta? Resulta tan absurdo como infantil. Si realmente existiera un protocolo de seguridad efectivo, ¿por qué el responsable de la escolta no fue destituido inmediatamente? Las respuestas son nulas porque el juego es otro: distraer, manipular, y continuar con el teatro que caracteriza a la 4T.
Todo esto deja un sabor amargo en la boca, un penoso recordatorio de que la política en México, en lugar de ser un camino hacia el bienestar, se ha convertido en un espectáculo ridículo e indignante. Con tal charlatanería y payasadas, la esperanza de un cambio real parece desvanecerse, convirtiéndonos en un país donde el asesinato de un presidente municipal se convierte en un mero incidente, un hecho más en la larga lista de olvidos de un gobierno incapaz de gobernar.