Cuando crees que ya no hay nada que pueda asombrarte, que el mundo ha llegado a su cúspide de desdicha y que no hay sorpresas que nos arrastren más hacia el abismo, sucede lo inevitable. Y así, como si el universo estuviera en una competencia absurda por mostrarnos la realidad más grotesca, recibimos en la palmadita de la mañana la noticia del asesinato de Carlos Manzo, alcalde de Uruapan, Michoacán. La sinfonía del horror se repite: una alarma que marca el desastre en un país que parece hundirse a sus pies, mostrando en su andar la mueca burlona del poder, que no sabe reírse y menos llorar, justo en el Día de Muertos.
Manzo, un ícono cuya lucha contra el crimen organizado brillaba con la intensidad de un cometa en un cielo lleno de nubes grises. Él, que parecía indestructible, un bastión de compromiso cívico. Todos creíamos que su ímpetu era el escudo que protegería a los demás del embate del miedo y la violencia. Pero, trágicamente, la cruda realidad lo abdució para convertirlo en una víctima más de esta espiral del horror, anexionándolo a esa lista interminable de estadísticas que el gobierno se empeña en ignorar. Su historia, como la de tantos otros, se esfumó en la penumbra del olvidado Estado de derecho, que ahora tiene más agujeros que un colador.
Y aquí estamos, huérfanos de seguridad, respirando el insoportable aroma a complicidad que emana desde las más altas esferas del poder. La Cuarta Transformación se presenta ante nosotros como un teatro de sombras: una obra mediocre donde cada actor se ha arrodillado ante el crimen organizado. ¿Qué mejor que un pacto siniestro sellado con la sangre de los inocentes para recordar que la demagogia y la corrupción son artes fútiles, pero fascinantes para quienes se aferran al trono?
Los días transcurren y las cuentas fatídicas siguen aumentando. Aproximadamente 300,000 asesinatos y más de 150,000 desaparecidos: cifras aterradoras que desafían el sentido común y la capacidad de asombro. Si pensabas que vivir en este país era una guerra infinita, enhorabuena, ¡eres un observador privilegiado de la tragedia! Un espectáculo donde los cuerpos caen como piedras en un torrente descontrolado mientras el Estado se desintegra, dejando atrás sueños y esperanzas marchitándose en el aire.
Pero, ¿por qué preocuparse? Estamos en la era de la impunidad, donde el clamor de la justicia se diluye en un eco triste —quizás un poco melodramático— que reverbera en los corazones cansados de un pueblo cansado. Al final del día, todo queda en un parpadeo; el dolor se vuelve parte del paisaje y, así, continuamos con nuestra vida, acumulando más cuerpos en la memoria colectiva como si fueran adornos navideños olvidados en el ático.
Carlos Manzo, con su valentía y compromiso social, se ha convertido en otro nombre en la lista de los presidentes municipales asesinados. Su figura se disipa entre el humo de la indiferencia y el aire viciado de un sistema que se ha rendido. ¿Qué quedará de él en nuestras memorias? Quizás solo el eco de unas palabras perdidas en la tempestad, un recordatorio de lo que pudo ser y nunca será.
Así es, este es el México de hoy: un lugar donde cada mala noticia es un nuevo peldaño en la escalera hacia el abismo, donde el asombro muere en la desesperanza y el cinismo se convierte en nuestra única compañía.