La presidenta Claudia Sheinbaum navega aguas turbulentas en un contexto que se asemeja más a un cerco asfixiante que a un camino abierto hacia el progreso. Los problemas que enfrenta son multifacéticos y complejos, revelando no solo desafíos económicos, sino también tensiones políticas y sociales que, sumadas, podrían configurar un verdadero torbellino en su gestión.
En el ámbito económico, las noticias son desalentadoras. El cierre del año se detiene sobre la ominosa posibilidad de una recesión económica que podría alterar drásticamente la capacidad del gobierno para atraer inversiones, tanto nacionales como extranjeras. Este cuadro se complica aún más ante la corrección inminente del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), que podría desencadenar medidas drásticas contra China, incluyendo el regreso de aranceles que no harán más que incrementar las tensiones comerciales.
El déficit fiscal, que asciende a 1.5 billones de pesos, combinado con los 1.7 billones destinados al pago de intereses de la deuda —un total que representa el 30% del presupuesto—, establece un panorama sombrío. Adicionalmente, los compromisos relacionados con diversos programas gubernamentales demandan alrededor de 100,000 millones de pesos mensuales, lo que equivale a 1.2 billones anuales, que sumado con lo anterior supera ya el 40% de los egresos. Esta realidad plantea un enorme desafío para la administración de Sheinbaum, que se ve atrapada en un ciclo de gastos insostenibles mientras la economía se tambalea.
La situación se intensifica debido a la creciente guerra comercial entre Estados Unidos y China, donde México puede figurar como un potencial beneficiario; sin embargo, el costo de ello podría ser alto. Si la administración no logra maniobrar adecuadamente dentro de este complicado entramado, corre el riesgo de perder mucho más que lo que ha puesto en juego.
A un año del inicio de su gobierno, la presidenta se muestra indecisa y parece incapaz de desprenderse completamente de la influencia de Andrés Manuel López Obrador y de la Cuarta Transformación. Se encuentran en juego no solo la continuidad del proyecto político que heredó, sino también la posibilidad de reinventarse y construir un liderazgo propio. Esta presión es insostenible: la ruptura con AMLO es imperativa si desea preservar su autonomía y la relevancia de su gestión. La alternativa de una sumisión definitiva a las corrientes morenistas sería un callejón sin salida, condenando su administración a una erosión progresiva de su autoridad y capacidad de decisión.
Ante este escenario, la ruptura política no solo es deseable, sino fundamental. Los errores del pasado deben ser solventados por decisiones firmes que frenen la frustración y el desánimo acumulados en la población. La percepción de que Morena ha agotado su capacidad de respuesta se convierte en un eco persistente en el ambiente político; AMLO ya no posee las herramientas necesarias para apuntalar su legado, y la carga de una gobernabilidad que cruje bajo días de desgaste pone en riesgo aspectos fundamentales de la sociedad como la seguridad pública, la salud y la educación.
Desde la perspectiva internacional, Sheinbaum debe dejar de lado las vacilaciones y establecer alianzas estratégicas con Estados Unidos. Una relación sólida es crucial no solo para enfrentar los retos internos, sino también para asegurar la estabilidad y el desarrollo del país en un entorno global turbulento. Continuar bajo el mando autocrático de su antecesor es inviable; el gobierno debe romper con ese yugo si desea sobrevivir a las tormentas que se avecinan.
Si la presidenta no toma decisiones audaces y se mantiene dormida con el enemigo, la tumba política que amenaza su administración será inevitable. En esta coyuntura, la claridad y el coraje serán las bases sobre las cuales edifique su futuro y el de la nación. Las urgencias son evidentes y el tiempo apremia. A medida que se cierran las puertas a su alrededor, será su capacidad de actuar lo que definirá el rumbo de su presidencia.