Julio Berdegue, el secretario de Agricultura que parece haber confundido su rol con el de un adivino de feria, prometiendo soluciones al campo mientras, a la vez, se dedica a dejar plantados a quienes verdaderamente luchan por la tierra que alimenta a este país. La semana pasada, este funcionario, que lleva la impronta de un político más preocupado por su imagen que por las necesidades del sector agrícola, cometió un error mayúsculo al ignorar la voz de los líderes del movimiento Pro Maíz de Sinaloa. Como si se tratara de una obra de teatro escrito por un dramaturgo de mal gusto, Berdegue decidió poner en la sala de espera a Baltazar Valdés y a su grupo «Campesinos Unidos de Sinaloa», mientras recibía amablemente a los representantes de Guanajuato, Jalisco y Michoacán.
Nadie sabe quién le sopló al oído a Berdegue que era una buena idea dejar fuera a los sinaloenses de la discusión, pero el resultado es claro: un funcionario que se exhibe como autoritario, intolerante e irresponsable. ¿Quién pensó que el secretismo y la falta de diálogo podrían dar buenos resultados en una negociación? A este paso, Berdegue podría recibir el premio al «Político del Año» por su capacidad de unir al campesinado…en su contra, cuando lo que debería hacer es escuchar.
Los agricultores del Bajío, cansados de la actitud despótica de Berdegue, demandaron la inclusión de Valdés y Yoko Rodríguez en la reunión. Pero el secretario, en un arranque de soberbia digna de las grandes ligas políticas, hizo caso omiso. Ya se escucha el murmullo de una nueva movilización que exige $7200 pesos por tonelada de maíz. Y aquí estamos, en medio de una tormenta que pudo evitarse con unos simples oídos abiertos y un poco de humildad.
Berdegue Sacristan no solo está jugando con fuego; lo está haciendo con un antorcha encendida en medio de un campo seco. Los rumores de que su objetivo es convertirse en candidato a gobernador por Sinaloa añaden un matiz irónico a esta farsa: un hombre que se comporta como un cacique y que desprecia a quienes están en el corazón de la producción agrícola, buscando, desde el sillón de su oficina, erigirse como el futuro salvador de la política estatal.
Sus promotores han caído en la tentación de descalificar a Valdés, acusándolo falsamente de ser un líder vendido a los intereses de los poderosos. ¡Por favor! Quien tenga dos dedos de frente sabe que Valdés ha sido un baluarte en la lucha por los derechos de los productores, un verdadero líder social. Pero para Berdegue, el diálogo y el respeto son palabras vacías, pues parece asumir que la solución a los problemas del campo puede alcanzarse a base de ignorancia y represión.
Lamentablemente, esta situación es perjudicial no solo para los productores, sino también para la presidenta Claudia Sheinbaum y el gobernador Rubén Rocha, quienes le delegaron esta tarea crucial a un secretario con más sombras que luces. La pregunta que queda en el aire es: ¿en qué lío se metió Julio Berdegue y quién lo meterá en cintura? Ojalá, por el bien del campo, que esta controversia se quede en una llamarada de petate, pero todo apunta a que hemos entrado en terreno minado.
Prepárense, porque la movilización de los agricultores viene en camino, y ya veremos cómo responde un secretario cuya única estrategia parece ser el desprecio y la descalificación. En el mundo agrícola, los tiempos se miden en cosechas, y si no hay diálogo, lo único que cosechará Berdegue será un descontento monumental. ¡Aguanten sus sombreros, que esto apenas comienza!