En el transcurso de más de cinco décadas, la lucha por los derechos humanos en Sinaloa ha sido un camino lleno de obstáculos, y aunque se han logrado avances significativos, todavía queda un largo trecho por recorrer. Esta batalla comenzó en un contexto de invisibilidad y represión; las primeras dos décadas se enfocaron en poner fin a la persecución política y la tortura, así como en asegurar la libertad para los presos políticos. En esta etapa, figuras clave como Óscar Loza, Jesús Michel y Norma Corona emergieron como baluartes de un movimiento que desafiaba el oscuro legado de gobiernos represivos.
La década de 1980 fue testigo de un período intensamente crítico en la historia de Sinaloa, marcado por el sexenio de Antonio Toledo Corro. Su gobierno, un claro representante de la oligarquía agrícola, se caracterizó por una violencia desmedida que dejó a más de 7,000 personas asesinadas. Este periodo de barbarie nos recuerda que, a menudo, la lucha por los derechos humanos es una respuesta a la brutalidad del poder. La creación de la Comisión de Defensa de los Derechos en Sinaloa en 1982 fue un hito fundamental en la institucionalización de estos derechos, marcando un paso crucial hacia la legalidad y el reconocimiento formal que aún algunos sectores de la sociedad niegan.
Sin embargo, el reconocimiento no llegó de manera heroica o inmediata. Pasaron 20 años desde que comenzó esta lucha hasta que se formalizó en instancias como la Comisión Nacional de los Derechos Humanos en 1990 y la Comisión Estatal en 1993. A pesar de que estos avances son necesarios y celebrables, también evidencian cuán profundamente arraigadas están las violaciones a los derechos humanos en nuestra cultura y nuestras instituciones.
A medida que avanzamos, se hace evidente que la defensa de los derechos humanos no es un evento aislado, sino una lucha continua contra los arcaísmos mentales y las estructuras de poder que perpetúan la injusticia. Óscar Loza, quien ha estado en la vanguardia de esta batalla, ha defendido no solo los derechos civiles, sino también la necesidad de transformar la percepción colectiva sobre la dignidad humana. Sin embargo, su camino se ha complicado. Enfrenta hoy un nuevo desafío: la manipulación y el uso faccioso del poder, que pretenden obstaculizar su esfuerzo por hacer de Sinaloa un lugar más humano y justo.
El escenario actual en Culiacán es desolador. La falta de apoyo gubernamental para defender a aquellos que luchan por la justicia y la dignidad revela una profunda desconexión entre el poder y las necesidades de la población. Ver a un defensor de derechos humanos, como Loza, ser objeto de ataques es un recordatorio sombrío de la fragilidad de estas conquistas. Pero lo más alarmante es la indiferencia que parece prevalecer en las instituciones encargadas de proteger a la sociedad.
La lucha por los derechos humanos en Sinaloa es, sin duda, una batalla infinita. Es un recordatorio de que el progreso nunca es lineal y que los logros deben ser defendidos con determinación constante. No podemos permitir que las injusticias prevalezcan sin resistencia. Debemos unirnos como sociedad para defender a quienes han dedicado sus vidas a esta causa, porque el costo de no hacerlo es demasiado alto.
La pregunta que queda en el aire es si aprenderemos de nuestros errores y de las lecciones del pasado, o si, nuevamente, seremos testigos de los estragos de la historia. El camino por la democracia y la defensa de los derechos humanos es arduo, pero es un deber moral que no podemos ignorar. Solo a través de nuestro compromiso colectivo podremos aspirar a una sociedad más justa y equitativa. Sinaloa, y su realidad, merecen un futuro diferente, y ese futuro comienza con la valentía de enfrentar la injusticia, hoy más que nunca.