* El reciclaje de la esperanza
Duró un mes, exactamente un mes, la ilusión de quienes creyeron que el nuevo gobierno de Graciela Domínguez llegaría con una escoba, una bolsa negra y la firme decisión de sacar de Palacio los vestigios del rochismo. Un mes. Lo suficiente para que la esperanza alcanzara a desempacar, tomarse un café y descubrir que, en realidad, nunca había cambiado de domicilio.
Porque el rochismo no desapareció: se recicló. Y lo hizo con esa elegancia administrativa que consiste en cambiar las placas, conservar el motor desvielado y anunciar que ahora sí el vehículo representa una nueva etapa. La llegada de Domínguez y el destape de Imelda Castro fueron presentados como señales de renovación, aunque ambas corrientes provenían del mismo tronco político. Fue, desde el principio, una falsa ilusión: la sociedad estaba tan frustrada por el exgobernador que cualquier relevo parecía una ruptura histórica. Bastaba con que alguien dijera “ahora sí” frente a una cámara para que muchos imaginaran una revolución.
Pero no hubo ruptura. Tampoco justicia. Ni siquiera una explicación convincente sobre el desastre dejado en el estado. El rechazo al rochismo no era una exageración pasajera: se reflejaba en la percepción pública y en el reclamo de que el exgobernador respondiera ante los tribunales, incluso en Estados Unidos. Sin embargo, el sistema político tiene una habilidad notable para convertir los escándalos en muebles viejos: los arrincona, les pone una sábana encima y espera que nadie pregunte por ellos.
El rochismo y el amlovismo han apostado por el reciclaje político con el respaldo de la presidenta Sheinbaum. La fórmula es sencilla: una mano de gato, un discurso nuevo y la promesa de que los responsables ya no son responsables porque ahora aparecen en otra fotografía. Si algún día llega el turno de rendir cuentas para López Obrador y su círculo, probablemente veremos el mismo espectáculo: borrar imágenes, negar amistades y afirmar que todo fue obra de la presidenta hermana. La lealtad política, en estos tiempos, dura lo que tarda una encuesta en cambiar de humor.
La condición humana tiene rasgos constantes: la ingratitud, la traición y la capacidad de olvidar convenientemente. Pero también existen la dignidad, el respeto por la sociedad y la responsabilidad pública. El problema es que, en la llamada Cuarta Transformación, esos valores parecen funcionar como artículos de lujo: todos hablan de ellos, pero casi nadie los usa.
Los cambios realizados la semana pasada por la gobernadora confirman esa sospecha. Resulta difícil venderlos como una renovación cuando en la Subsecretaría de Finanzas aparece un personaje señalado públicamente por presuntos malos manejos en la administración del Congreso estatal. Quizá asumió responsabilidades ajenas. Quizá alguien superior decidió que debía permanecer. En política, la permanencia de un funcionario cuestionado suele explicarse con la misma lógica de una gotera: no se arregla porque, por ahora, todavía no cae sobre la cabeza del jefe.
Graciela Domínguez parece no entender —o no querer, o no poder— que superar el pasado rochista exige algo más que mover nombres en un organigrama. También exige romper complicidades, investigar abusos y dejar de conceder espacios a quienes representan la continuidad del mismo proyecto. Si los nuevos funcionarios responden a cuotas internas y a precandidaturas de la 4T, el mensaje es claro: habrá ajustes, pero no necesariamente justicia.
La retórica sirve para anestesiar. Las obras sirven para distraer. Los discursos sirven para sobar conciencias. Pero solo la democracia y los actos concretos de justicia pueden aliviar una tragedia social, económica y humanitaria como la que vive Sinaloa.
Por ahora, el gobierno ofrece maquillaje. Y el problema del maquillaje es que, tarde o temprano, se escurre. Lo que queda debajo sigue siendo lo mismo: un desastre con nuevo uniforme.