¿Unidad o suicidio asistido?
En política electoral hay errores, torpezas y auténticos actos de suicidio asistido. La oposición sinaloense parece empeñada en demostrar que también existe una categoría superior: hacerse daño mientras se acusa al adversario de haber colocado la trampa.
Para enfrentar electoralmente al aparato de Estado de la 4T en 2027, la fórmula parece bastante sencilla: unidad, estrategia y territorio. No se necesita una tesis doctoral para entenderlo. Si cada partido opositor decide caminar por su lado, con su candidato, su ego y su respectiva procesión de aduladores, Morena y sus aliados podrán sentarse a contemplar el espectáculo con palomitas.
En el PRI, la discusión adquiere tintes particularmente absurdos. El partido cuenta —al menos en el escenario actual— con un personaje competitivo, conocido y con experiencia: Mario Zamora. Se podrá estar de acuerdo o no con él; se le podrá criticar su trayectoria, sus decisiones o su estilo. Pero negar que posee condiciones electorales sería cerrar los ojos y luego reclamar que alguien apagó la luz.
Por eso resulta difícil entender el supuesto vacío que las estructuras formales del partido le estarían haciendo. ¿Hay otro aspirante? Perfecto. Que levante la mano, presente sus cartas y compita. La democracia interna no debería ser una operación clandestina ni una emboscada con membrete partidista. Si existe una alternativa más fuerte, que se mida. Que se contrasten números, reconocimiento, capacidad territorial y posibilidades reales de triunfo. Porque una cosa es competir y otra muy distinta es fabricar una disputa para debilitar al candidato más rentable.
Si el PRI quiere competencia interna, que arme el tiro. Pero que no confunda pluralidad con intriga, ni renovación con ajuste de cuentas. En una contienda seria, los aspirantes deben demostrar quién es quién, no quién tiene al operador más hábil para cerrar puertas.
El problema es que una fractura dentro del PRI no se quedaría dentro del PRI. Golpearía a todo el bloque opositor. Y cuando la oposición se divide, la 4T no necesita ganar: le basta con dejar que sus adversarios pierdan solos. Es la versión electoral de mirar cómo dos personas se pelean por el volante mientras el vehículo avanza directo al precipicio.
Más grave sería que algunos actores estuvieran siendo utilizados —consciente o ingenuamente— para fabricar una falsa competencia destinada a restarle fuerza a Zamora. Si esa operación existiera, sus impulsores estarían trabajando, voluntaria o involuntariamente, para Morena. Y ahí aparece la vieja figura del “tonto útil”, ese personaje que cree estar jugando ajedrez cuando apenas le están moviendo la silla.
La clave, por ahora, es Mario Zamora. Si conserva liderazgo, capacidad de convocatoria y voluntad política, todavía puede convertirse en eje de una alianza ciudadana amplia, con partidos y sectores sociales dispuestos a enfrentar a la 4T. Pero para ello deberá demostrar que su proyecto va más allá de una candidatura personal y que puede construir una oposición incluyente, organizada y territorialmente sólida.
Todavía hay tiempo. Lo que no hay es margen para la estupidez política. La oposición puede unirse, competir con reglas claras y levantar una alternativa real, o puede entregarle a la 4T una victoria envuelta en papel de regalo. La decisión, por desgracia, parece estar en manos de quienes todavía no entienden que el enemigo no siempre necesita derrotarlos: a veces basta con dejarlos hacer.