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Visión Ciudadana

EL ESTADO MÁS CARO DE LA HISTORIA… ¿Y EL CIUDADANO MÁS ABANDONADO?

Por años, el discurso oficial ha insistido en una narrativa sencilla: “primero los pobres”, “más bienestar”, “más apoyo social”, “más inversión pública”. Y en efecto, los números confirman algo contundente: México hoy tiene el gasto público más grande de su historia.

El problema es que también vivimos uno de los momentos más delicados en materia de salud pública, seguridad, crecimiento económico y confianza institucional.

Ahí es donde surge la pregunta incómoda que el gobierno evita responder:
¿Dónde está el resultado de todo ese dinero?

Entre 2018 y 2026, el gasto público federal prácticamente se duplicó. Pasó de alrededor de 5.6 billones de pesos a más de 10 billones. Nunca antes el Estado mexicano había administrado tantos recursos. Nunca antes había recaudado tanto. Nunca antes había concentrado tanto poder presupuestal.

Y, sin embargo, millones de mexicanos siguen enfrentando hospitales sin medicamentos, carreteras destruidas, inseguridad desbordada, sistemas de justicia colapsados y una economía que simplemente no despega.

El problema ya no es cuánto gasta el gobierno. El problema es qué hace con el dinero.

Porque mientras el presupuesto crece año tras año, el crecimiento económico del país se desacelera. México dejó de ser una economía de expansión para convertirse en una economía de resistencia. El gobierno presume estabilidad macroeconómica, pero el ciudadano común vive otra realidad: inflación acumulada, pérdida de poder adquisitivo, informalidad creciente y una clase media cada vez más presionada fiscalmente.

El contraste es brutal.

El Estado recauda más… pero el ciudadano recibe menos.

Y quizá el caso más dramático sea el sistema de salud. El gobierno prometió un modelo “como Dinamarca”, pero la realidad terminó siendo filas interminables, desabasto de medicamentos, hospitales saturados y millones de mexicanos perdiendo acceso efectivo a servicios médicos. La desaparición del Seguro Popular no logró construir un sistema mejor; logró construir un sistema más centralizado y más caótico.

Mientras tanto, el gasto sigue creciendo.

En seguridad ocurre algo similar. México vive una de las etapas más violentas de su historia reciente, pero el ciudadano observa cómo el presupuesto se concentra en megaproyectos, transferencias clientelares y rescates financieros de empresas del Estado, mientras policías locales, ministerios públicos y sistemas de investigación siguen debilitados.

Porque hay una verdad incómoda que ya no puede ocultarse: gran parte del crecimiento del gasto público no ha servido para fortalecer al Estado mexicano, sino para fortalecer el control político del gobierno.

Ese es el verdadero debate.

No se trata de estar a favor o en contra del gasto social. Un Estado moderno debe invertir en bienestar. El problema aparece cuando el gasto deja de ser una herramienta de desarrollo y se convierte en un instrumento electoral permanente.

Y lo más preocupante es cómo se financia ese modelo.

México entró en una etapa donde el gasto crece más rápido que la economía. Eso significa más presión fiscal, más deuda y más dependencia de ingresos extraordinarios. Tarde o temprano, alguien pagará la factura. Y como siempre ocurre, no será la clase política: será el contribuyente.

El empresario que genera empleo.
El profesionista que sí paga impuestos.
La clase media cautiva.
El ciudadano productivo.

Porque mientras el gobierno habla de justicia social, el SAT endurece fiscalización, aumenta vigilancia digital, amplía facultades de revisión y presiona cada vez más a quienes ya sostienen financieramente al país.

México está construyendo un modelo peligroso: un Estado cada vez más costoso, pero no necesariamente más eficiente; más poderoso, pero no más funcional; más recaudador, pero no más competente.

Y cuando un gobierno recauda más, gasta más y aun así no logra mejorar seguridad, salud ni crecimiento económico, entonces el problema deja de ser presupuestal.

El problema se convierte en uno de capacidad, visión y prioridades.

Porque el verdadero bienestar no se mide por cuánto dinero reparte el gobierno, sino por cuántas oportunidades genera el país.

Y hoy, lamentablemente, México tiene más gasto… pero menos futuro.

 

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