Visión Ciudadana

El “Cayo” Telles


columna jorge luis telles circularEn Costa Rica todo mundo lo conocía como “El Cayo”; pero su nombre era Oscar Manuel Telles Salazar.

Aquí en Culiacán, le decían “El Ingeniero”.

Y si lo era, en verdad, egresado de la generación 1974-1979 de la Escuela de Agricultura de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Ejerció, incluso, su profesión al principio, en la delegación de la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos del gobierno federal. Más tarde diversificó sus actividades, que lo llevaron hasta ciertas esferas de la política regional.

Entre otras cosas, desempeñó el cargo de Sindico de Costa Rica, electo por clara mayoría en el año de 1990, en tiempos de Lauro Díaz Castro como presidente municipal. Ocupó la dirección del Parque Culiacán 87, en el periodo del doctor Humberto Gómez Campaña como alcalde de la ciudad y llego a ser regidor del ayuntamiento local, justo en la administración municipal del ingeniero Gustavo Guerrero Ramos.

Posteriormente ocupó la sub coordinación de giras del gobernador Jesús Aguilar Padilla, al lado de su amigo de siempre, el ingeniero Jesús Higuera Laura. Y también con Aguilar, laboró en la dirección de Inspección y Reglamentos del gobierno del Estado, también al lado de Higuera Laura.

Paralelamente a sus actividades, también fungía como maestro de escuela secundaria y formaba parte de la sección 53 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.

Cierto, no tuvo los grandes cargos; pero si los necesarios para entenderle a la política, tal y como lo reflejaba en sus comentarios en una columna semanal publicada precisamente aquí en el portal de internet www.jorgeluistelles.com.

Y fue, además, un hombre afortunado, porque cuando todo mundo quedó en el desamparo, tras la derrota de Jesús Vizcarra Calderón ante Mario López Valdez, se mantuvo en el servicio público, como responsable de un área en la Junta de Agua Potable y Alcantarillado de Culiacán, al mando, de nuevo, del ingeniero Jesús Higuera Laura.

Y ahí se sostuvo durante casi doce años, antes de jubilarse por edad y cuestiones de salud.

En nuestro pueblo natal, Costa Rica, siempre fue un personaje muy popular, carismático, desprendido y servicial. Conocía a todo Costa Rica y todo Costa Rica lo conocía a él. Siempre vivió en el terruño. Nunca quiso emigrar a Culiacán, a pesar de tener muchas razones para ello; entre ellas la de su trabajo. Jamás entró en conflicto con nadie y cuando ocasionalmente hubo dificultades, las resolvió invariablemente por la vía de la conciliación.

El ”Cayo” amaba la buena vida y también la buena mesa; pero esto no le impidió incursionar al deporte regional, en cuyo ámbito llegó a figurar en el equipo de primera fuerza de beisbol de Costa Rica y ser considerado, alguna vez, para formar parte de alguna de las oncenas que militaban en la liga municipal de primera fuerza, con sede aquí en Culiacán.

Precisamente ese amor por el deporte fue inculcado por don Jorge, nuestro señor padre, cuando tomados de su mano llegábamos, domingo a domingo, al icónico estadio “Alejandro Torres” para presenciar un buen partido, por lo regular de beisbol. El “Cayo” era un niño de menos de diez años de edad y siempre llegaba hasta los rudimentarios dog outs, para apoyar, incluso, a los jugadores en su proceso de calentamiento, antes de alentarlos desde las desgastadas tribunas del parque. A veces -no muchas – llegamos hasta el estadio “Angel Flores”, para ver jugar a Tomateros de Culiacán, en lo que representaba una experiencia mágica e inolvidable.

Arribó la pubertad, la juventud y la edad adulta y muchas cosas cambiaron, particularmente tras la muerte de don Jorge, mi padre y de doña Licha, mi madre. Tuvimos hijos y comenzamos a envejecer; pero nada de eso evitó que se mantuviera inalterable el amor fraternal y la solidaridad entre los seis: Nicolás, Oscar, Alma, Carmina y Rigo.

Victima de una serie de complicaciones, el “Cayo” Telles se nos adelantó en el viaje sin regreso, a pesar de la extraordinaria atención de que fue objeto en el hospital regional del ISSSTE, desde su ingreso y hasta su fallecimiento. Nuestro agradecimiento para ese equipo que encabeza el doctor Alejandro Barraza y que sale a flote, día a día, no obstante sus múltiples carencias, por falta de equipo especializado y medicamento.

Fue de los pocos que podían presumir no haber padecido el contagio del Covid – pese a que andaba del tingo al tango -; pero había otras cosas, mucho mas malas, que amenazaban su salud y que finalmente le cobraron la factura. Le sobreviven su esposa Dora; sus hijos, Oscar, Paulina y Carolina, además de sus nietos.

Ya descanzas en paz querido hermano. Nunca te olvidaremos.

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