Visión Ciudadana

De extremo a extremo…el sector agropecuario


En un mundo donde las palabras vuelan más rápido que las decisiones, Donald Trump, con su proverbial propensión a los cambios de guion, ha contaminado la escena política y económica en el contexto de las relaciones entre Estados Unidos, México y Canadá. Mientras algunos analistas y académicos se sumergen en debates profundos, a menudo olvidan considerar la volatilidad de las declaraciones presidenciales, cuyas variaciones pueden oscilar desde una afirmación decidida de romper lazos comerciales hasta un torbellino de compromisos renovados.

 

Es innegable que la discusión sobre la inclusión de los granos en el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) se presenta como un microcosmos de tensiones mucho más amplias: la lucha por la autosuficiencia alimentaria versus la realidad cruda de la interdependencia económica. Y aquí, como observadores de esta danza, debemos reconocer que el idealismo y la economía práctica a menudo se encuentran en sendas divergentes. Si bien algunos académicos abogan por la soberanía nacional a través de la producción autosuficiente, la esencia del comercio internacional nos recuerda que la vida no es un lineal «todo o nada», sino una red compleja de necesidades y carencias.

 

El proceso de creación de acuerdos comerciales ha sido enriquecido por décadas de diálogos y negociaciones. Desde que México se integró al GATT en 1986 y luego dio el salto al Tratado de Libre Comercio (TLC) en 1994, el país ha navegado entre los beneficios y las desventajas, a menudo, en un mar agitado de subsidios y proteccionismos. Es evidente que las estructuras económicas han dejado a los agricultores mexicanos en una posición de desventaja, especialmente frente a los generosos subsidios que sus homólogos estadounidenses reciben, garantizando así una sostenibilidad que, lamentablemente, no se replicó en el terreno mexicano.

 

La realidad es que los acuerdos como el T-MEC son necesarios y deben llevarse a cabo con una visión clara de lo que se pretende alcanzar. Pero el quid de la cuestión radica en las condiciones que rodean estas negociaciones. Después de tres décadas de presencia del TLC y de sus sucesores, resulta crucial reflexionar sobre las lecciones aprendidas, las debilidades expuestas y las nuevas estrategias que se deben adoptar en un entorno que cambia vertiginosamente. Las respuestas no son solo un intercambio de mercancías; son un diálogo sobre lo que significa ser parte de una economía global, donde cada país aporta y recibe en función de sus circunstancias.

 

Aun así, hay quienes todavía insisten en que la autosuficiencia alimentaria es la panacea para los males económicos. Pero en un mercado globalizado, esa noción puede ser tan ilusoria como un espejismo. La pregunta de “¿a quién le vendo?” debe resonar con fuerza en la mente de quienes diseñan políticas públicas. Cada nación tiene sus fortalezas y debilidades, y el verdadero arte del comercio reside en encontrar un punto medio donde se puedan equilibrar las ventajas y desventajas.

 

El sector agropecuario mexicano, por desgracia, ha padecido una falta de apoyo robusto que ha empañado sus posibilidades de competir en igualdad de condiciones. Si bien es cierto que la proximidad al mercado más grande del mundo –el estadounidense– ha ofrecido oportunidades sin precedentes, también ha puesto de manifiesto la fragilidad estructural de nuestra economía. En este contexto, los tratados deben servir como plataformas que garanticen no solo acceso, sino también condiciones equitativas.

 

Así, mientras se discuten y se reconfiguran acuerdos comerciales, lo que no puede ser objeto de debate es la necesidad de involucrarse en el tejido de la economía norteamericana. México ha recorrido un largo camino desde la firma del TLC y, después de 30 años, la pregunta que nos queda es cómo podemos avanzar hacia un futuro donde nuestra participación sea realmente ventajosa. Un futuro donde los tratados no sean solo un compromiso, sino una promesa de bienestar y desarrollo para todos los involucrados. Al final del día, en esta compleja danza de intereses, la palabra clave sigue siendo “acuerdo” y la certeza de que, en esta era de globalización, el diálogo es la única vía viable.


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