El segundo informe de gobierno de la presidenta Sheinbaum se presenta en un momento crucial, donde resulta imperativo analizar no solo los aciertos y errores del primer año de administración, sino también el contexto internacional y los desafíos que impone la dinámica diaria del poder. En este sentido, resulta fundamental señalar el enfoque equivocado y la desconexión estratégica con las realidades globales, especialmente en lo que respecta a la relación con Estados Unidos, principal socio comercial y geopolítico de México.
Desde el inicio mismo, la administración federal tuvo en sus manos información crítica: 37 días antes de la elección presidencial estadounidense, el gobierno mexicano ya conocía que Donald Trump sería el presidente y, por ende, podía anticipar las políticas y líneas de acción que impulsaría, desde el Nearshoring y el TMEC, hasta migración, narcotráfico, remesas, así como las perspectivas hacia China y Latinoamérica. Sin embargo, sorprende que el gabinete de Sheinbaum no haya adoptado una perspectiva clara ni medidas inmediatas para ajustar la política bilateral frente a un socio comercial que representa el 83% del intercambio mercantil total de México, con un saldo favorable de aproximadamente 197,000 millones de dólares.
Es inconcebible que, teniendo datos públicos sobre las estrategias estadounidenses —incluyendo decretos relacionados con la lucha contra el narcoterrorismo y la clasificación de organizaciones criminales mexicanas— el gobierno mexicano no haya reaccionado con prontitud para diseñar una respuesta institucional coherente y efectiva. Esta falta de visión se agrava al observar la contracorriente en la relación con China y países bajo la lupa de Washington, como Venezuela, con quienes el gobierno mexicano reforzó vínculos pese a las señales claras de disidencia que ello supone en materia diplomática y comercial.
Además, la complacencia ante la creciente violencia e inseguridad, así como la tolerancia evidente hacia el crimen organizado, revelan un vacío grave en la política interna que incide directamente en la percepción internacional y en la confianza de actores económicos y sociales. El récord en la recepción de remesas en 2024, seguido de una caída abrupta y una estabilización sin crecimiento en 2026, es un síntoma más de un país que ha perdido dinamismo productivo y no ha respondido adecuadamente a las circunstancias cambiantes.
¿Por qué, entonces, el gobierno mexicano ha elegido un camino de confrontación y alejamiento frente a Estados Unidos, cuando la pragmática lógica geoeconómica exige colaboración y diálogo constructivo? La respuesta parece residir en una sobreideologización que prioriza postulados nacionalistas simplistas y dogmáticos por encima de una estrategia nacional de desarrollo concreta, realista y adaptable. Este reduccionismo ideológico, más que fortalecer la posición mexicana, la debilita, dejándola aislada en un mundo que se transforma a gran velocidad y donde la competencia geopolítica demanda flexibilidad y pragmatismo.
Los hechos al día de hoy evidencian un gobierno sin rumbo definido, que vacila, retrocede y avanza tímidamente en su política exterior y económica. Este errático desempeño indica que la llamada “cuarta transformación” carece de una hoja de ruta sólida y que su agenda se sostiene más en aspiraciones históricas y simbólicas que en resultados tangibles y en la construcción de alianzas estratégicas fundamentales.
Frente a un escenario global complejo y dinámico, el informe que presenta la presidenta Sheinbaum debería ser una oportunidad para hacer autocrítica profunda y rectificar el rumbo, abandonando las posiciones rígidas y apostando por una política exterior basada en el interés nacional pragmático. De no hacerlo, México estará condenado a retroceder y a enfrentarse a un fracaso rotundo, tanto en el plano económico como en el político y social.
En conclusión, la combinación de un entorno internacional desafiante y la ausencia de liderazgo estratégico en el gobierno mexicano coloca al país en una posición vulnerable. El segundo informe debe ir más allá de discursos conciliadores y reconocimientos superficiales. Necesita ofrecer un plan claro que responda a las exigencias reales del mundo de hoy, priorizando una relación funcional y respetuosa con Estados Unidos, la modernización del aparato productivo, y la atención urgente a los problemas internos de seguridad y desarrollo. Solo así podrá México aspirar a un futuro estable, competitivo y soberano.