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Visión Ciudadana

¿SE JUSTIFICA EL AUMENTO AL SALARIO MÍNIMO CUANDO LA ECONOMÍA MEXICANA AVANZA TAN LENTAMENTE?

Durante los últimos años México ha sido escenario de una de las recuperaciones salariales más aceleradas del mundo. El salario mínimo general pasó de niveles que apenas cubrían una fracción de la canasta básica a cifras que, por primera vez en décadas, se acercan a un ingreso digno. Y el efecto social es innegable: millones de trabajadores finalmente respiran un poco mejor, los ingresos laborales han aumentado de forma consistente y la pobreza por ingresos registró una reducción histórica.

Sin embargo, este avance salarial convive con una realidad incómoda: la economía mexicana no crece al mismo ritmo. Mientras los salarios han aumentado entre 12% y 20% anual, el PIB avanza apenas alrededor de 1% e incluso muestra señales de estancamiento en 2025. Surge así la pregunta inevitable: ¿puede un país continuar aumentando su salario mínimo muy por encima del crecimiento económico sin generar distorsiones?

Por décadas México mantuvo el salario mínimo artificialmente deprimido. Esa política permitió estabilidad nominal, sí, pero a costa de empobrecer a millones de trabajadores. El desfase entre productividad y remuneraciones alcanzó niveles absurdos: sectores donde la productividad crecía más del doble, mientras los salarios prácticamente no se movían.

Corregir ese rezago no solo era deseable; era éticamente impostergable.

Los aumentos recientes —aunque acelerados— no han provocado la catástrofe laboral que muchos anticipaban. El empleo formal continuó creciendo en los años de mayor incremento, la inflación se mantuvo manejable y la recuperación del poder adquisitivo ha dinamizado el consumo interno. Desde una perspectiva social, el aumento del salario mínimo se justifica plenamente: México no podía seguir sosteniendo un modelo basado en mano de obra barata e ingresos indignos.

La legitimidad social del aumento es innegable, pero la sustentabilidad económica empieza a ser cuestionada.

La economía mexicana hoy enfrenta:

  • Desaceleración de la actividad industrial.
  • Menor inversión privada.
  • Tensiones comerciales con Estados Unidos.
  • Contracción en sectores sensibles como el agro y la construcción.

 

Mientras tanto, los aumentos al salario mínimo continúan en terreno de doble dígito. No hay país que pueda sostener indefinidamente una divergencia tan amplia entre productividad y remuneración sin que aparezcan presiones sobre precios, márgenes empresariales o informalidad.

Hasta ahora, la economía ha absorbido el impacto, pero el margen de maniobra se está agotando. Incrementos bruscos en un entorno de bajo crecimiento pueden terminar afectando justo a quienes se pretende ayudar: los trabajadores de pequeñas empresas y regiones de baja productividad.

El debate no debería centrarse en si subir o no el salario mínimo. Esa discusión ya se resolvió: era necesario y era justo.

La verdadera pregunta es cómo garantizar que estos aumentos sigan siendo sostenibles sin vulnerar a la economía. Y esa respuesta no pasa por frenar la política salarial, sino por enfrentar lo que México ha evitado durante décadas:

  • Impulsar la formalidad.
  • Reducir la carga regulatoria para PYMES.
  • Mejorar infraestructura y logística.
  • Aumentar inversión pública y privada en sectores de alto valor.
  • Elevar la productividad a través de innovación, educación y tecnología.

Si México no avanza en estas áreas, cualquier política salarial —por más justa que sea— enfrentará límites naturales.

El aumento del salario mínimo es uno de los pocos avances tangibles para el bienestar de las familias mexicanas en los últimos años. Representa una recuperación histórica del poder de compra, un reequilibrio en la distribución del ingreso y un acto de justicia social largamente pospuesto.

Pero no puede seguir descansando sobre una economía que crece tan poco. Para mantener este logro sin generar daño colateral, México debe hacer lo que no ha hecho: crecer más y crecer mejor.

El reto no es detener los aumentos, sino empujar las reformas estructurales que permitan que estos incrementos sean parte de un círculo virtuoso, no de una tensión económica creciente.

El país ya dio un paso correcto al dignificar el salario. Ahora debe dar el paso indispensable: dignificar su propio crecimiento.

CPC, LD y MI Gilberto Soto Beltrán

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