En el discurso contemporáneo sobre la geopolítica estadounidense, a menudo se presenta una narrativa que simplifica las dinámicas diplomáticas y militares en América Latina a meras agresiones rimbombantes. Este enfoque conspira para crear una imagen de Estados Unidos como un “gatillero” que opera en el continente con amenazas y gritos, ignorando su sofisticado aparato de inteligencia. Sostener que el gobierno de EE.UU. actúa de manera rudimentaria desdibuja la complejidad de las decisiones que emanan de sus instituciones, como la CIA o el FBI, especialmente bajo la administración de Donald Trump.
La estrategia estadounidense en Venezuela es un claro ejemplo de este fenómeno. Durante meses, se había observado un cerco militar alrededor del país sudamericano que parecía más un ensayo de guerra que un acto aislado de intimidación. Sin embargo, pensar que estas maniobras no han sido precedidas por exhaustivas negociaciones y diálogos, incluso con figuras clave como Nicolás Maduro, resulta ingenuo. La imagen de un ejército que entra y sale sin sufrir ninguna baja, mientras otro -el venezolano- reporta pérdidas mínimas, plantea interrogantes acerca de la realidad detrás de estos eventos. ¿Es posible que lo que vemos tiene más que ver con un guion elaborado que con la pura espontaneidad del conflicto?
Es inevitable especular sobre las verdaderas intenciones detrás de los movimientos estadounidenses, pero es crucial reconocer que el gobierno de Trump, y por extensión, el aparato de poder estadounidense, no actúan con la torpeza que muchos les atribuyen. Las políticas se diseñan y ejecutan a través de un marco de completa interacción y diseño estratégico que involucra múltiples dimensiones: militar, económica y social. En este sentido, las voces que desestiman la existencia de mesas de diálogo y negociaciones paralelas durante las confrontaciones son aquellas que no captan la multidimensionalidad de las relaciones internacionales.
El caso de México ilustra aún más esta complejidad. Las diferencias entre EE.UU. y México no se resuelven únicamente con llamadas telefónicas entre presidentes. En cambio, hay equipos de trabajo que operan en segundo plano, llevando adelante un diálogo constante que abarca desde el narcotráfico hasta cuestiones económicas, incluyendo el T-MEC y la búsqueda de alternativas al comercio con China. Sin embargo, es innegable que los problemas de fondo persisten: la autocracia instaurada por la 4T, las relaciones con potencias como Rusia y China, la corrupción vinculada al crimen organizado y la migración a través de una frontera porosa.
La pregunta que queda en el aire es hasta qué punto es factible resolver estas diferencias. Es un desafío monumental que requiere no solo voluntad política, sino una comprensión profunda de las dinámicas involucradas. El narcotráfico y su influencia en la economía mexicana requieren un enfoque renovado, tal vez buscando acuerdos más sólidos en materia económica y de seguridad para abordar las raíces del problema.
Al final, la narración simplista que presenta a Estados Unidos como un actor unilateral que sólo emplea la fuerza obvia para imponer su voluntad no hace justicia a la realidad de las relaciones internacionales. Los conflictos y las tensiones siempre están acompañados de esfuerzos paralelos por encontrar soluciones pacíficas. Ignorar este aspecto es caer en la trampa de una visión reduccionista que no logra captar la esencia de la geopolítica moderna, donde la inteligencia, la negociación y la diplomacia juegan papeles fundamentales en la búsqueda de la estabilidad regional.
Esta reflexión no solo invita a repensar la aproximación hacia Estados Unidos y su papel en América Latina, sino también a exigir una narrativa más informada y menos sesgada, que reconozca la complejidad inherente a las relaciones internacionales contemporáneas. Solo así podremos empezar a visualizar un futuro donde los problemas binacionales se afronten con un enfoque colaborativo y realista, en lugar de reduccionismos simplistas que no ayudan a entender la magnitud de los desafíos que enfrentamos hoy.