Tristemente para los observadores críticos de la política mexicana, desde 2023, justo antes de la elección federal de 2024 y las elecciones locales intermedias en Sinaloa, el partido Acción Nacional (PAN) había comenzado a mostrar signos de una complicidad sorprendente con el gobierno del inefable Rubén Rocha. Como quien juega un partido de ajedrez con piezas en su propio tablero, el PAN había optado por boicotear sistemáticamente los posibles acuerdos y candidaturas al interior de la coalición Va por México, que incluía al PRI, PRD y que tenía como figura central a la aspirante presidencial Xóchitl Gálvez. ¿Realmente estamos hablando de un partido que defiende los valores democráticos o simplemente de un actor disfrazado en este gran teatro político?
Resulta, como poco menos que inquietante, el doble papel de la presidenta del PAN, que se mueve con la soltura de una bailarina en un espectáculo de malabares, siendo empresaria de la construcción y al mismo tiempo dirigente de un partido que debería representar una oposición contundente. Podría pensarse que había algo de compatibilidad entre estos roles… si no fuera porque ella abiertamente favoreció a los candidatos del gobernador Rocha, mientras ignoraba a líderes sociales como Baltazar Valdez y Gumaro López, quienes lo único que buscaban era dar voz a sus comunidades agrarias. Claro, la libre competencia electoral parece ser un concepto extraviado cuando se trata de proteger los intereses del poderoso grupo empresarial Coppel, que parece haber hecho un pacto de hierro con la administración estatal.
Hablando de pactos, qué decir de la reciente incorporación al escenario político de figuras como Wendy Barajas y Eduardo Ortiz, vinculados directamente con el grupo Coppel y que han tomado las riendas del PAN local. Aparentemente, el PAN ha decidido que sus lazos con este conglomerado son más importantes que su propia ideología, convirtiéndose en un partido que parece depender más de su vínculo con el poder meta partidista que de un verdadero compromiso con los electores. Esta situación ridícula nos lleva a preguntarnos si el PAN puede realmente seguir llamándose partido político, o si simplemente ha optado por ser un apéndice de intereses empresariales.
Lo más irónico del asunto es que, mientras el PAN se aferra a su pragmatismo, se aleja cada vez más de su tradición política de bien común y buenas costumbres, adoptando un enfoque donde lo único que importa es la rentabilidad en términos políticos y monetarios. La cuestión es, ¿hasta dónde llegará el PAN en esta búsqueda insaciable de beneficios particulares? En un panorama donde la ideología se ha convertido casi en un mito, el rochismo se beneficia enormemente, ya no solo en su afán de perpetuarse en el poder, sino que, al tener al PAN como aliado, logra incluso moldear a la competencia.
El panorama para la oposición no puede ser más sombrío. Con un PRI que podría ser doblegado a la voluntad de la cúpula morenista, el futuro parece aún más incierto. Si la oposición no levanta banderas, corremos el riesgo de ver a la sociedad replegarse ante la irreverente fuerza de la Cuarta Transformación. La falta de acción por parte del PRI y el PAN solo fortalecerá a aquellos que se encuentran en el poder, lo que complica aún más la lucha por una representación auténtica y efectiva.
En conclusión, lo que estamos viviendo es un teatro de absurdos en el cual los actores principales parecen haber olvidado su guion original. Para el PAN y el PRI, la supervivencia se ha convertido en el único objetivo, dejando de lado cualquier pretensión de ser verdaderos opositores. La complejidad de esta situación es tan dramáticamente palpable que nos hace cuestionar si algún día volveremos a ver un verdadero contrapeso en la política sinaloense y nacional. Sin duda, un panorama trágico que no debería ser ignorado, pero que, lamentablemente, parece ser el destino inevitable que nos espera si las cosas continúan como hasta ahora. Queda por ver si los ciudadanos podrán despertar de este letargo y exigir un cambio ante el desastre que se avecina.