La penumbra burocrática que rodea a la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) no es un mero capricho del destino, sino que es el resultado de una concatenación de decisiones y políticas que amenazan con desestabilizar la esencia misma de esta institución. En el epicentro de esta crisis se encuentra un fenómeno conocido como jubilación dinámica: una estrategia que, mientras promete dignificar los derechos de los trabajadores jubilados, se ha convertido en una especie de panal de abejas que, sacudido por la torpeza de ciertos actores, puede resultar en un ataque devastador.
Cada vez que se alzan voces en defensa de privilegios en esta esfera, es fundamental recordar que el presupuesto de la UAS ya destina un 40% a satisfacer las demandas de las jubilaciones, y dentro de tres años este porcentaje podría ascender al 60%. La proyección es clara: con la inminente jubilación de 3000 trabajadores, la nómina de jubilados alcanzará más de 9000 individuos, una cifra insostenible sin un financiamiento adecuado. Esta situación exige una reingeniería profunda y seria, y no mera improvisación, por eso se vuelve tan importante lo que pretende el actual rector, Jesús Madueña, quien se ve atrapado entre la espada y la pared, intentando salvar lo que otros parecen empeñarse en hundir.
Los ejemplos de abusos en el sistema de pensiones son alarmantes. El caso de Luz y Fuerza del Centro ilustra cómo, en el país, se han despilfarrado recursos públicos destinados a jubilaciones con escasa justificación. La revisión exhaustiva de estos casos, iniciada por instancias como el ISSSTE y el IMSS, es un testimonio del tardío despertar ante una realidad que ha estado presente durante años. Los informes recientes revelan irregularidades en las pensiones, donde jubilados obtienen montos exorbitantes y, en algunos casos, incluso ilegalmente.
Un aspecto inquietante de esta problemática es la resistencia al cambio por parte de ciertos sectores de la comunidad universitaria. Algunos trabajadores jubilados, acompañados por aliados oportunistas, parecen ignorar el panorama financiero que enfrenta la UAS. Quienes claman por mantener sus actuales ingresos a toda costa, no se dan cuenta de que en su lucha por preservar un 5, 10 o 15% de su percepción, están arriesgando la estabilidad de un bien preciado que representa condiciones de mayor seguridad social: su propia jubilación.
La creación de un fideicomiso para las jubilaciones no debe ser visto como un intento de despojo, sino como un instrumento esencial para resguardar el futuro de todos los involucrados. Aceptar una contribución del 5% derivaría en conservar un 95% de lo que en realidad les corresponde. Pero el miedo y la desinformación predominan en una narrativa que busca perpetuar un statu quo que, aunque cómodo, es insostenible.
Es crucial que, ante esta marejada de intereses y pasiones desbordadas, los miembros de la comunidad universitaria tomen conciencia de que el verdadero enemigo no es el rector ni las medidas que ha propuesto, sino la falta de un enfoque claro en la administración de las jubilaciones y el escaso reconocimiento de la crisis financiera que atraviesa la UAS. La salvación de las pensiones no será un acto aislado, sino un esfuerzo colectivo en el que todos, jubilados y activos, deben colaborar para garantizar la longevidad y sostenibilidad de la universidad.
No es cuestión de ignorar las legítimas demandas, pero hay que tener cuidado con las abejas que, al ser agitadas sin consideración, pueden provocar un daño irreversible. Es momento de abrir los ojos y reconocer que la solución no reside en gritar contra el inminente sacrificio, sino en embarcarse en un diálogo constructivo que priorice el bienestar común por encima de intereses personales. En este complejo juego, la verdadera victoria será aquella que asegure un futuro viable y garantizado para todos.