En el vasto concierto de naciones que conforman el mundo, cada país es considerado soberano, autónomo e independiente. Sin embargo, esta soberanía no es un concepto absoluto; su interpretación varía drásticamente de acuerdo con las condiciones históricas, políticas y económicas de cada estado. Además, factores geográficos y geopolíticos desempeñan un papel crucial, especialmente cuando se establecen alianzas económicas y militares que pueden relativizar las particularidades de una nación. Por lo tanto, hablar de soberanía no debe ser un ejercicio superficial o simplista, como parece insinuar la presidenta Sheinbaum en diversas ocasiones.
El discurso actual de la presidenta presenta una visión anclada en un pasado que, en la actualidad globalizada, resulta obsoleto. Habla de soberanía como si viviera bajo la constante amenaza de un enemigo externo, olvidando que el mundo contemporáneo se caracteriza por un intercambio continuo de mercancías, dinero e ideas entre naciones. Las fronteras, más que muros infranqueables, son pasajes de interconexión. A excepción de países aislacionistas como Corea del Norte, en el mundo actual se interactúa y se comunica permanentemente. Esta visión limitada del concepto de soberanía, que se asemeja más a un fervor patriótico casi religioso, nos lleva a cuestionar el enfoque de la presidenta sobre la política exterior y la gobernanza.
Gobernar México, un país que comparte frontera con el más poderoso de los estados, Estados Unidos, requiere un entendimiento agudo de esta coexistencia. La relación bilateral debe ser estratégicamente beneficiosa. Sin embargo, el discurso que emana del gobierno actual parece ignorar esta necesidad de pragmatismo y negociación. En lugar de adoptar una postura que maximice las oportunidades para el país, se opta por un discurso cargado de retórica nacionalista que, aunque pueda resonar en ciertos sectores, no aporta al desarrollo real de la nación.
Recientemente, reflexioné sobre las amenazas que enfrentan naciones como Cuba, Nicaragua y, por supuesto, México, a raíz del impacto que el gobierno de Trump tuvo en Venezuela. La conversación que surgió a partir de este análisis reveló una defensa apasionada de la soberanía cubana, justificando su resistencia y lucha por un modelo socialista. Sin embargo, la realidad es que esa resistencia ya ha alcanzado un límite crítico. Para evitar que el país se dirija hacia una tragedia humanitaria, sería prudente considerar negociaciones que permitan un cambio de rumbo, tal como ha ocurrido en Venezuela.
Este enfoque pragmático no significa renunciar a la soberanía, sino reconocer que el camino hacia el bienestar nacional puede tomar múltiples rutas. Pensar que la soberanía se reduce a una consigna de «patria o muerte» es, en última instancia, limitar el horizonte de posibilidades tanto para los gobernantes como para el pueblo. Este tipo de pensamiento es particularmente dañino en el caso de México, donde el uso del patriotismo se ha convertido en un recurso para obtener legitimidad política. El peligro radica en caer en el fanatismo nacionalista que no solo ciega a la población, sino que, además, obstaculiza el desarrollo de un país más grande, fuerte y generoso.
La repetición de este discurso vacío, centrado en la propaganda electoral y en satisfacer intereses partidistas, ya ha engañado lo suficiente a la ciudadanía en los últimos años. Es imperativo que tanto el gobierno como el pueblo mexicano abandonen esta narrativa simplista y busquen construir una república que no solo sea capaz de defender su soberanía, sino también de aspirar a ser un actor relevante en el escenario internacional, capaz de negociar y prosperar en un mundo que avanza hacia la interconexión. La política de panfleto no es el camino; es momento de mirar hacia adelante, con una visión crítica y analítica.