Anteanoche, como cada noche, escuché la radiocolumna de nuestro amigo Juan de Dios Meyer, quien desde Guasave —y a veces desde otros lares— ha sabido dar voz a la inquietud que crece en el aire. Los ecos de su análisis me dejaron boquiabierto; lo que observó sobre la nueva ley electoral de Morena y la 4T es nada menos que una aberración de un régimen antidemocrático disfrazado de modernidad. La propuesta que más me asustó fue la eliminación del INE y de todos los organismos locales que históricamente han organizado las elecciones. Esta medida no solo es un golpe directo a la democracia, sino un intento descarado por concentrar el poder electoral en manos del gobierno.
Estamos hablando de un retroceso de 60 años en el tiempo; una regresión que convierte la ley electoral en un mero instrumento al servicio de la dictadura que Morena y la 4T han estado construyendo. Este escenario evoca reminiscencias de un pasado donde las instituciones cumplían con el rol de contrapesos políticos, asegurando que la gobernabilidad tuviera un sentido democrático. La posibilidad de que un presidente centralista llegue a convertirse en una especie de monarca ya no parece lejana. El gobierno, al validar —o invalidar— elecciones a su antojo, se erige como juez y parte en todos los procesos electorales, nacionales y locales.
La absurda lógica de este nuevo orden establece que toda la ley electoral puede ser fácilmente desechada, convirtiendo el proceso electoral en una mera fachada. Es como si estuviéramos mirando a través de un cristal empañado, donde la realidad es distorsionada y manipulada a gusto del poder. Una burocracia gubernamental, similar a cualquier secretaría, se encargará de crear las máscaras políticas que adornarán a quienes están en el poder, mostrando una vez más que el carnaval de la política —que siempre ha sido un espectáculo— se ve aquí transformado en un grotesco juego de disfraces.
Las reuniones de estos organismos serán comparables a los banquetes de gala de una corte antigua, un baile de máscaras en el que la política y las funciones de gobierno se desarrollan en la penumbra de alcobas ocultas. No es difícil imaginar que, tal como lo hizo Calígula al convertir a su caballo en cónsul, este nuevo sistema estará adornado con joyas insignificantes y rodeado de serviles que solo buscan complacer al tirano de turno.
Como bien han señalado numerosos periodistas, el verdadero enemigo de Morena es, irónicamente, el propio Morena. Este fenómeno de fagocitosis, donde se devora a sí mismo, eventualmente llevará a su propia autodestrucción. Pero, lamentablemente, la ruta a la que conducen a nuestro país es incierta y aterradora. Las decisiones tomadas en este contexto no solo definen un futuro político, también ponen en riesgo la esencia misma de la democracia.
El pronóstico para Morena, la 4T y su presidenta es sombrío. A muchos nos resulta incomprensible cómo pueden avanzar con tal ceguera. Al final, lo que se está jugando es mucho más que unas simples elecciones: se trata del futuro de una nación que, con sus altibajos, lucha por aferrarse a su identidad democrática frente a la sombra de una dictadura camuflada. Esto es, sin lugar a dudas, un momento crucial que requerirá la reflexión crítica y la acción decidida de todos aquellos que valoran la libertad y la justicia.