Ya han transcurrido casi ocho años desde que Pedro Lobo asumió su cargo como diputado local y, por otro lado, Minerva Vázquez ha estado en el mismo camino durante cinco. Casi la misma cantidad de tiempo que ha transcurrido en el gobierno de Rubén Rocha, un período que ha estado marcado por una alarmante pasividad por parte de estos representantes populares. Hoy, parece que finalmente se dan cuenta de lo que muchos ciudadanos ya venían advirtiendo: su papel es simplemente otorgar un cheque en blanco al gobernador. La defensa del “gasto prioritario para la población” se ha convertido en una retórica vacía, mientras ellos permanecen sordos, mudos y ciegos ante los serios y evidentes problemas que asolan la sociedad culichi.
La realidad es que, bajo la bandera de Morena y de la llamada 4T, Lobo y Vázquez no solo han sido ineficaces; han sido cómplices de los malos manejos de los gobiernos estatal y municipal. Su silencio en la tribuna del congreso es ensordecedor, y en el contexto de la creciente inseguridad y violencia que ahoga a Culiacán, su inacción se convierte en un verdadero escándalo. En el tiempo que han ocupado sus cargos, estos dos diputados crápulas han costado al erario 23 millones de pesos en salarios, prestaciones y demás gastos, mientras mantienen un compromiso incondicional hacia un gobernador que, a todas luces, tendría que estar bajo escrutinio.
Ahora, en un giro que podría calificarse de cinismo, intentan justificar su voto, que claramente traiciona al propio Rubén Rocha, con frases demagógicas cuando votan en contra de un crédito solicitado por el gobernador por 2,200 millones de pesos. Este acto no es más que una maniobra calculada de abandono del barco del rochismo para abordar el de Imelda Castro, quien, al igual que Lobo y Vázquez, navega en aguas políticas turbias sin comprometerse con las causas populares. Su actuación se asemeja más a una caricatura de precampaña electoral que a una verdadera defensa de la ciudadanía.
Bajo esta nueva dinámica, Pedro Lobo y Minerva Vázquez parecen haber encontrado una nueva brújula política, la de Serapio Vargas, quien coordina actividades en favor de Imelda Castro. El barco que dirige esta senadora lleva tiempo avanzando en la contienda para las elecciones de 2027. Si no logra la gubernatura, seguramente tendrá la mirada puesta en algún municipio, ya sea Guasave o Culiacán. En política, lo que parece innegable es que si no es Chana, será Juana, una verdad lapidaria en este contexto.
Históricamente, el quinto año de gobierno ha sido un momento de gran movilidad política. Los ejemplos son numerosos: desde Heriberto Félix Guerra, quien pasó de secretario de Economía a candidato del PAN, hasta Mario López Valdez, que saltó a la oposición y logró la gubernatura de Sinaloa. No podemos olvidar a Quirino Ordaz Coppel, quien, sin tener registro como precandidato, terminó siendo ungido por Enrique Peña Nieto. Estas dinámicas, aunque parezcan sacadas de una caricatura, son una realidad palpable en la política sinaloense, donde las alianzas y los traiciones son moneda corriente.
Es evidente que la administración de Rubén Rocha aún cuenta con una fortaleza política, pese a los ataques y errores que ha enfrentado. Sin embargo, no se puede ignorar que la atmósfera en torno a su gobierno se torna cada vez más adversa, con nubarrones que amenazan su estabilidad. Si los traidores y malagradecidos se unen, podríamos asistir a un episodio decisivo que cambie el rumbo de la política en Sinaloa.
En conclusión, la situación actual es un reflejo de la descomposición que vive el sistema político local. La traición de Lobo y Vázquez no es solo una cuestión de cambio de lealtades. Es un síntoma de un problema mayor: la desconexión con la ciudadanía y la manipulación de un espacio público que debería servir para defender los intereses del pueblo. La pregunta que deja abierto este escenario es si realmente entenderán algún día su responsabilidad en medio de este complejo entramado político.