En la semisierra Sinaloense, la situación de los agricultores de temporal es una crónica de penuria que se ha alargado por tres interminables años. La reciente humedad que ha mojado los campos ha traído consigo la esperanza de un nuevo ciclo agrícola, propicio para sembrar sorgo, garbanzo, cacahuate, chile, cebolla, verduras y hortalizas. Sin embargo, esa alegría parece desvanecerse rápidamente ante la cruda realidad que enfrentan cerca de 40,000 agricultores semiserranos. Sin apoyos del gobierno y con el crimen organizado acechando, ¿realmente habrá un camino hacia la recuperación?
La falta de apoyo gubernamental es evidente. La distribución de semillas y fertilizantes ha sido un fiasco; escasos e insuficientes, llegan a solo el 10% de los productores. Y, para colmo, aquellos que logran recibir algo, enfrentan el acoso de los coyotes, esos compradores voraces que dictan los precios y se llevan la ganancia que debería pertenecer a quienes labran la tierra. En este panorama, ni siquiera el costo de producción se ve recuperado, puesto que el precio de los insumos, como el diesel que ya alcanza los $27 por litro, tiene a los agricultores al borde del colapso.
En esta historia de desamparo, la sobreproducción en países como Estados Unidos, China, Brasil, India y Argentina hace que la venta del cacahuate, producto estrella de nuestra región, sea un reto titánico. Con precios internacionales que no superan los 60 centavos de dólar por kilo, uno se pregunta: ¿cómo esperan nuestros campesinos sobrevivir? La respuesta es clara: no lo hacen. La expectativa de un rendimiento de dos toneladas por hectárea se convierte en una broma cruel cuando los productores se ven obligados a ceder su cosecha a esos mismos coyotes que le quitan el pan de la boca.
Los cultivos de garbanzo y cártamo son la única luz en el horizonte, pero la sombra del control industrial se cierne sobre ellos. Los exportadores jugarán sus cartas para pagar menos y así mantener su jugoso margen de ganancia, mientras los verdaderos héroes de este relato se quedarán con las manos vacías nuevamente. Este desbarajuste no se resuelve solo con buenas intenciones o discursos: requiere vigilancia y controles eficaces por parte del gobierno estatal.
Y si hablamos de horticultores en zonas como Mocorito, Rosario y Escuinapa, el escenario no cambia. La buena cosecha de tomate, cebolla y chile se convierte en un festín para los acaparadores. Aparentemente, la tradición de explotación tiene un pasaporte que jamás expira. ¿Dónde queda la dignidad del productor? Es un ciclo perverso que se repite ad infinitum, donde cada temporada trae la misma decepción, relegando su trabajo a meras migajas en un sistema económico que sólo beneficia a unos pocos.
La llegada de este nuevo ciclo agrícola estaba llena de expectativas, y aunque parece haber condiciones propicias, todo puede volverse en contra de quienes sostienen estas tierras. Si no se implementan mecanismos que ayuden en la comercialización y protejan a nuestros agricultores de esta vorágine de injusticias, seguiremos condenados a ver cómo los trabajadores rurales se convierten en sombras de lo que alguna vez fueron, sin nunca lograr un verdadero progreso económico. La historia se repite, y es tiempo de romperla. ¡Los campesinos merecen más!