Después de 2018, un año emblemático que marcó el ascenso de Morena y Andrés Manuel López Obrador al gobierno federal, el estado de Sinaloa experimentó una transformación política de tal magnitud que hasta hoy reverbera en las estructuras mismas del poder local. Morena, partido que apenas había obtenido su registro oficial en julio de 2014, consolidó su hegemonía en la entidad gracias a figuras que, aunque aparentemente dispersas, compartían un hilo conductor: la influencia y liderazgo del hoy senador Ignacio Mier, quien en el 2018 accedió a la Cámara de Diputados federal.
En Sinaloa, este proceso se tradujo en victorias contundentes en las principales ciudades: Ahome con Billy Chapman a la cabeza, Guasave con Aurelia Leal, Culiacán con Jesús Estrada Ferreiro y Mazatlán gobernado por el Químico Benítez. Todos ellos, sin excepción, adhesos al grupo político que respaldaba a Mier; un estándar que parece no ser mera coincidencia sino más bien la manifestación de una estrategia cuidadosamente tejida desde la cúspide nacional del partido.
Resulta indispensable rememorar estos inicios para calibrar con precisión las tensiones internas que atraviesan Morena en Sinaloa en la actualidad. La irrupción de Alfonso Ramírez Cuéllar como diputado plurinominal en aquella misma elección de 2018, y la presencia de Rubén Rocha Moya como coordinador de asesores del gobernador priista Quirino Ordaz Coppel, trazan un mapa plural pero polarizado de las fuerzas políticas en juego. No hay que omitir que Rocha, quien se sumó formalmente a Morena hasta septiembre de 2019, inició entonces una carrera fulgurante que lo condujo a la gubernatura y al dominio absoluto de la llamada Cuarta Transformación (4T) en la entidad.
Este desplazamiento y reconfiguración del poder interno se manifestó con crudeza a partir de 2022, cuando Rocha, ya gobernador electo, emprendió una suerte de purga sistemática contra el aparato que Ignacio Mier había consolidado cuatro años antes. Desde la designación de Billy Chapman como diputado plurinominal, pasando por la destitución y desafuero del presidente municipal reelecto de Culiacán, Jesús Estrada Ferreiro, hasta el golpe final contra el Químico Benítez en Mazatlán, se evidenció un proceso implacable de concentración del poder bajo la égida del “rochismo”, nombre coloquial que identifica el núcleo duro del gobernador.
Lo que pareciera un capítulo cerrado no es sino la antesala de una nueva batalla interna, esta vez emplazada en un terreno aún más complejo y de resonancia nacional. El escándalo generado tras la solicitud de extradición hacia Estados Unidos de Rocha y otros funcionarios de su gobierno —tras presuntas acusaciones judiciales— supuso un punto de inflexión no sólo en la dinámica de poder sinaloense, sino también en la disputa ideológica y estratégica dentro de Morena y la 4T.
Aquí emerge, con fuerza, la hipótesis de una fractura o, al menos, una contienda soterrada entre dos figuras emblemáticas: el expresidente López Obrador y la actual presidenta de la república, Claudia Sheinbaum. Sin embargo, no debemos caer en la simplificación de pensar en antagonismos irreconciliables; es probable que ambas figuras, lejos de confrontarse, actúen en coordinación para dirimir el control sobre las plazas clave que definen el destino político del país.
El centro de atención ahora recae en la inminente definición del nuevo delegado político de Morena en Sinaloa. La elección entre Imelda Castro o Gerardo Vargas no es simplemente un reemplazo administrativo, sino un termómetro que revelará hacia dónde se inclinan las fuerzas hegemónicas internas. lo que supondría el fin del rochismo.
En suma, lo que vive Morena en Sinaloa es una encrucijada paradigmática. Más allá de las anécdotas y los nombres concretos, estamos ante un fenómeno que encapsula las tensiones inherentes a todo proceso de transformación política: la pugna entre estructuras consolidadas y nuevas olas de liderazgo, y esa rara mezcla entre intereses locales y aquellos que responden a la directriz nacional.
En política no basta con la buena intención ni con el entusiasmo; es crucial entender las relaciones de fuerza, los enredos de los grupos y la compleja arquitectura de poder que subyace tras cada decisión. Sólo así podremos comprender las batallas interiores de Morena en Sinaloa, que no son otra cosa que el reflejo de una autocracia en construcción y de un país ajeno a esos juegos mezquinos de poder y que se debate entre la continuidad o el cambio profundo y necesario.