Aprender a escuchar aplausos y críticas por igual es la tarea
La reacción de la presidenta Claudia Sheinbaum ante las protestas en Colima revela algo más profundo que una simple molestia política. Cuando desde el atril de la mañanera se responde a los abucheos recordando que el PAN y el PRI apenas alcanzan entre ocho y nueve por ciento, mientras Morena se sitúa entre el treinta y cinco y el cuarenta por ciento, la discusión deja de ser institucional y se convierte en una disputa de popularidad. Como si gobernar consistiera en demostrar quién tiene más simpatizantes y no en atender, incluso, a quienes no votaron por el gobierno.
Ese razonamiento contiene una confusión peligrosa. La oposición no es un problema que deba resolverse mediante porcentajes; forma parte de la democracia. Un gobierno no recibe el mandato de gobernar únicamente para sus partidarios, sino para la totalidad de los ciudadanos. La mayoría electoral otorga legitimidad para ejercer el poder, pero no licencia para apropiarse del país, de las instituciones ni de la verdad.
Por eso resulta inquietante que una manifestación crítica sea interpretada como una afrenta personal o como una conspiración de minorías sin respaldo social. La democracia, precisamente, sirve para que quienes no son mayoría puedan expresarse, reclamar y fiscalizar. Si sólo pudieran protestar quienes ganaron las elecciones, estaríamos ante una curiosa dictadura de los vencedores, donde el voto se convertiría en un permiso para silenciar al resto.
La frase “no nos van a ganar” parece confirmar esa lógica partidista. ¿Quiénes no van a ganar? ¿La oposición, los críticos, los inconformes? El lenguaje revela una concepción de la política como combate permanente, donde el gobierno se identifica con un bando y cualquier objeción se considera una amenaza. Pero el Estado no es un partido, y la Presidencia no es la jefatura de una campaña electoral interminable.
La Cuarta Transformación ha conseguido construir una fuerza política hegemónica. Eso es un hecho, como también lo es que Morena conserva un respaldo muy superior al de sus adversarios. Sin embargo, la hegemonía no equivale a infalibilidad. Ninguna mayoría está exenta de errores, abusos o fracasos. Y cuanto más grande es el poder, mayor debería ser su disposición a rendir cuentas.
En ese sentido, la ausencia de autocrítica en el segundo informe resulta más preocupante que cualquier abucheo. Agricultura, ganadería, pesca, seguridad, justicia, gobernabilidad y política exterior presentan problemas que no desaparecen porque el gobierno los omita de su discurso. La violencia continúa, las instituciones de justicia padecen, las demandas sociales se acumulan y los resultados económicos dependen en buena medida de la relación comercial con Estados Unidos. Celebrar la popularidad mientras se deterioran las condiciones concretas de la vida pública es confundir el aplauso con el buen gobierno.
Toda autoridad que se considera dueña de la palabra termina sospechando de quien la contradice. De ahí nace el gesto autocrático: excluir a opositores, descalificar a periodistas críticos y presentar la discrepancia como una ofensa nacional. Pero México no pertenece a Morena, ni a la Presidencia, ni a una persona. Pertenece también a quienes protestan, cuestionan y pierden elecciones.
La grandeza política no consiste en decir “soy la jefa”, sino en aceptar que nadie lo es de la República. En democracia, incluso la mayoría debe aprender a escuchar.