* Paracaidistas con fuero moral
Guasave vuelve a convertirse en destino turístico para políticos que descubrieron, después de cuarenta años de vivir en Culiacán, que también tienen raíces en el municipio. Qué maravilla: uno puede pasar media vida lejos de una comunidad y, cuando llegan las candidaturas, recordar de pronto que la sangre, el acta de nacimiento o una fotografía familiar constituyen certificado de arraigo.
Los casos de Martín Luque Rojas y Feliciano Castro Meléndez son particularmente ilustrativos. No son los únicos, desde luego, pero sí los más visibles entre quienes pretenden competir en Guasave sin haber construido ahí una trayectoria política reconocible. Es la reedición, con logotipo guinda, de una vieja práctica priista: enviar candidatos desde la capital hacia municipios donde nadie los conoce, pero donde la maquinaria partidista ya decidió que deben ser aceptados.
En aquellos tiempos se les llamaba “paracaidistas” o “aerolitos”. La metáfora era precisa: aparecían desde el cielo electoral, aterrizaban sobre una comunidad que no los había pedido y después intentaban gobernarla con la seguridad de quien confunde el domicilio del acta de nacimiento con la legitimidad política.
El episodio de El Chito Rosas, enviado en 1964 de Culiacán a Choix, permanece como una pieza casi insuperable del museo nacional de las imposiciones. Pero Morena parece empeñado en demostrar que toda tradición autoritaria puede actualizarse, cambiar de color y presentarse como transformación. Antes se hacía en nombre del PRI; ahora, aparentemente, se hace en nombre de la Cuarta Transformación, de la voluntad popular y, si es necesario, de alguna revelación celestial atribuida a AMLO.
Porque en Morena todo parece permitido cuando la decisión viene respaldada por la sombra de López Obrador. Ahí caben los ahijados, las parejas, los familiares, las reinas, los amigos íntimos y los paisanos convenientes. La democracia interna, mientras tanto, permanece encerrada en un cuarto sin ventanas, esperando que alguien le lleve agua.
El problema no es únicamente que se impongan candidatos externos. El problema es el desprecio implícito hacia la sociedad local. Como si en Guasave no existieran mujeres y hombres con trabajo, conocimiento del territorio, vínculos comunitarios y capacidad para encabezar un proyecto político. Como si la ciudadanía tuviera que aceptar que sus representantes lleguen empacados desde Culiacán, con instrucciones, padrinos y una biografía cuidadosamente editada.
Martín Luque y Feliciano Castro deberían competir en Culiacán, donde durante años construyeron su carrera y donde recibieron el respaldo político que los llevó al poder. Allí tendrían que explicar el fracaso de este gobierno, la inseguridad, la violencia y el deterioro social que han dejado a miles de familias con pérdidas irreparables. Tendrían que mirar de frente a quienes perdieron vidas, patrimonio y tranquilidad en una guerra que las autoridades no supieron contener y que, en algunos momentos, parecieron administrar como si fuera una crisis de comunicación.
Pero quizá por eso buscan Guasave: porque allá pueden presentarse como una novedad, mientras que en Culiacán ya tienen historial. Y un historial político, como una deuda, se vuelve más incómodo cuando la gente recuerda.
El viejo PRI hacía estas maniobras sin fingir demasiado. Morena las ejecuta mientras habla de democracia, participación y transformación. Esa contradicción no solo resulta cínica; también revela que algunos partidos cambian de nombre, de color y de discurso, pero conservan intacto el instinto de controlar todo desde arriba.
Lo que cambia es el uniforme. La práctica sigue siendo la misma: imponer, justificar y después pedir aplausos.