El anuncio de Donald Trump de no renegociar el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá no debe leerse como una simple declaración política más. Es una advertencia estratégica de enormes consecuencias para México. El T-MEC no es un tratado cualquiera: es la columna vertebral del comercio exterior mexicano, el soporte de miles de empresas exportadoras, el motor de buena parte de la manufactura nacional y una de las principales razones por las que México ha sido considerado destino atractivo para el nearshoring.
Por eso resulta preocupante que el Gobierno de México insista en enfrentar estos desafíos con discursos, minimizaciones y optimismo político, cuando lo que se requiere es una verdadera estrategia de Estado.
Durante años se ha presumido que México es un socio indispensable para Estados Unidos. Y en parte lo es. Pero ese argumento, por sí solo, no basta. En el comercio internacional no gana quien se siente indispensable, sino quien llega preparado, con instituciones fuertes, energía suficiente, infraestructura moderna, seguridad jurídica y una política industrial seria. Ahí es donde México muestra debilidad.
El gobierno mexicano ha desaprovechado una oportunidad histórica. Mientras el mundo reorganiza sus cadenas de suministro y muchas empresas buscan salir de Asia para acercarse al mercado estadounidense, México debería estar viviendo una etapa de expansión acelerada. Sin embargo, el país llega a esta coyuntura con problemas graves: inseguridad, falta de energía confiable, carreteras deterioradas, aduanas saturadas, incertidumbre regulatoria, excesiva carga fiscal, burocracia y un ambiente político que no siempre genera confianza al inversionista.
El T-MEC exige algo más que discursos nacionalistas. Exige cumplimiento, competitividad y certidumbre. Y México no puede pretender defender su posición comercial mientras internamente debilita instituciones, cambia reglas, desincentiva inversión privada y permite que la inseguridad encarezca la operación empresarial.
El anuncio de Trump coloca a México frente a una realidad incómoda: nuestra economía depende profundamente del acceso preferencial al mercado estadounidense. Si ese acceso se pone en duda, aunque sea parcialmente, el impacto puede sentirse de inmediato en el tipo de cambio, en la inversión extranjera, en la industria automotriz, en las exportaciones agroalimentarias y en la confianza empresarial.
El gobierno debe entender que el riesgo no es únicamente perder una negociación. El verdadero riesgo es perder credibilidad. Y cuando un país pierde credibilidad, pierde inversiones, empleos, crecimiento y recaudación.
La respuesta mexicana no puede ser pasiva ni propagandística. Se requiere una estrategia clara: defensa jurídica del tratado, diplomacia económica con gobiernos estatales y empresas estadounidenses, combate real a la triangulación comercial, fortalecimiento de reglas de origen, seguridad en corredores industriales, modernización aduanera, energía competitiva e infraestructura logística.
México no puede llegar a la revisión del T-MEC confiando en que Estados Unidos “nos necesita”. Esa es una postura cómoda, pero peligrosa. Estados Unidos puede presionar, condicionar, imponer aranceles, endurecer reglas y usar el tratado como instrumento electoral. México, en cambio, necesita demostrar que es socio confiable, no solo vecino conveniente.
El gran problema es que el Gobierno Federal parece más concentrado en administrar el discurso político interno que en construir una defensa económica de largo plazo. Mientras otros países compiten por atraer inversión, México sigue atrapado entre la ideología, la inseguridad y la falta de visión productiva.
El nearshoring no llegará por decreto. El crecimiento no se construye con conferencias. La confianza no se impone desde Palacio Nacional. La inversión llega cuando hay Estado de derecho, infraestructura, energía, seguridad y reglas claras.
Hoy el mensaje es contundente: México tiene una gran oportunidad, pero también un enorme riesgo. Si el gobierno no actúa con seriedad, el país puede pasar de ser el gran ganador de la relocalización industrial a convertirse en una economía que desperdició su momento histórico.
El T-MEC debe defenderse con inteligencia, no con soberbia. Con estrategia, no con ocurrencias. Con visión de Estado, no con propaganda.
Porque si México pierde certidumbre comercial, no solo pierde exportaciones. Pierde empleos, inversión, crecimiento y futuro.
CPC, LD y MI Gilberto Soto Beltrán
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