Hace más de cuatro décadas, la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) inauguró un ambicioso proyecto: el Instituto de Estudios Económicos y Sociales (IEES). Su creación respondía a una necesidad crítica —apoyar y estimular los proyectos económicos que prometían impulsar el desarrollo de Sinaloa— en un momento clave, cuando los distritos de riego recién implementados abrían nuevas posibilidades productivas en los años sesenta y setenta. Sin embargo, lo que se esperaba fuera un motor intelectual para el progreso regional terminó convertido en un símbolo de ineficacia y desaprovechamiento.
No fue simplemente la falta de resultados lo que desató la polémica, sino también la opacidad y el elevado costo institucional. Así nació la célebre crítica conocida como el “libro negro del IEES”, una obra casi mítica por su portada y contraportada completamente negras, cuyas páginas vacías revelaban la verdadera productividad de aquel instituto: nula. Coordinada por jóvenes economistas emergentes de la propia UAS —Marcial Martínez del Villar y Aarón Sánchez, entre otros— esta denuncia supuso un aldabonazo. No sólo evidenció la disparidad entre recursos invertidos y resultados obtenidos, sino que subrayó la necesidad de rendición de cuentas y una revisión profunda del papel de las instituciones académicas en el desarrollo económico regional.
Avancemos tres décadas y nos encontramos con CODESIN, el Consejo para el Desarrollo Económico de Sinaloa, instituido en 1996 para enfrentar la severa crisis que sacudió al país en 1995. Esta entidad, híbrida entre el sector privado y el gobierno estatal, se diseñó para ser un catalizador de la alianza público-privada que Sinaloa necesitaba para integrarse con éxito al nuevo esquema de apertura comercial marcado por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) de 1994. En teoría, CODESIN debería haber sido la respuesta contundente a los retos de competitividad y diversificación económica de la región.
Pero la realidad ha sido mucho más decepcionante. En casi 30 años de existencia, con una inversión estimada que supera los mil millones de pesos, los frutos de CODESIN han sido escasos y el costo de mantenerlo, exorbitante. La historia parece repetirse: una estructura institucional que consume recursos significativos sin traducirse en beneficios tangibles para la sociedad. Lo paradójico es que, mientras organismos ciudadanos como Coparmex o el Colegio de Economistas de Sinaloa han tomado un rol activo en proponer soluciones frente a la crisis actual, ni CODESIN ni las grandes corporaciones empresariales ni siquiera el propio gobierno aparecen como actores relevantes en el escenario.
Esta omisión resulta particularmente grave en un tiempo donde la crisis política, económica y social exige respuestas coordinadas y efectivas. No sorprende la idea, entonces, que el gobierno estatal y la Secretaría de Economía, bajo el liderazgo de Feliciano Castro y con la colaboración de algunos fundadores empresariales del consejo, debieran estar impulsando esfuerzos para reformar CODESIN. Sin embargo, la pregunta crucial persiste: ¿puede un organismo con antecedentes tan pobres reinventarse y cumplir con la misión que se le encomendó?
Más allá de los tecnicismos y las reformas estructurales, este caso ilustra un problema fundamental de nuestra cultura política y empresarial: la dificultad para crear instituciones que verdaderamente rindan cuentas, generen impacto y conecten con las necesidades reales de la comunidad. Como bien dejó claro aquella crítica temprana al IEES, la burocracia y la inercia no pueden ni deben disfrazarse de desarrollo. El reto para Sinaloa —y para México en general— es construir mecanismos sólidos, transparentes y efectivos, capaces de transformar la inversión en bienestar y progreso colectivo. Sin ellos, cualquier intento será apenas una sombra alargada de promesas incumplidas.
Gracias a Sergio Jacobo Gutiérrez, Wilfrido Ibarra Escobar, Ricardo Mimiaga, Arturo Román Alarcón y otros tantos más que escapan a nuestra memoria por la épica de intentar trascender sobre la mediocridad y la simulación en la UAS