* La carambola regiomontana
La decisión de Morena de impulsar a Clara Luz Flores en Nuevo León parece menos una apuesta electoral que una jugada de billar político: pegarle a una bola, hacer rebotar otra y, si se puede, dejar a Samuel García con la mesa limpia.
Porque, seamos francos, Clara Luz no llega a la contienda precisamente montada en una ola de entusiasmo ciudadano. Llega después de perder la gubernatura en 2021, cuando obtuvo alrededor de 14% de los votos y terminó en un lejano cuarto lugar, detrás de Samuel García, Adrián de la Garza y Fernando Larrazabal. No fue una derrota decorosa: fue una caída estrepitosa, acompañada por controversias que terminaron convirtiendo su candidatura en una especie de expediente ambulante.
Entre esos escándalos estuvo su relación con Keith Raniere, líder de NXIVM, condenado en Estados Unidos por delitos sexuales y crimen organizado. Clara Luz negó haber conocido la dimensión criminal de la organización, pero políticamente el daño estaba hecho. En campaña, la imagen pesa más que la explicación y el escándalo suele correr más rápido que cualquier boletín.
Por eso sorprende que Morena la coloque por encima de perfiles como Tatiana Clouthier o Waldo Fernández. También resulta llamativa la reacción de quienes quedaron fuera. Cuando los desplazados empiezan a marcar distancia, uno puede estar seguro de que no se trata únicamente de dignidad herida: en política, casi siempre hay una calculadora funcionando debajo de la mesa.
La hipótesis es clara. Morena podría estar usando a Clara Luz como detonador interno: una candidatura difícil de digerir para ciertos grupos, capaz de provocar rupturas y empujar a sectores morenistas hacia una alianza pragmática con Movimiento Ciudadano. No sería una alianza de amor, desde luego; sería de esas uniones políticas donde nadie se quiere, pero todos comparten enemigo.
Y el enemigo, en este caso, sería el bloque PRI-PAN encabezado por Adrián de la Garza, quien conserva fuerza electoral y mantiene una relación de confrontación directa con Samuel García. La disputa no es nueva. Durante su etapa como alcalde de Monterrey, De la Garza impulsó acciones contra el gobernador por presuntas irregularidades financieras calculadas en miles de millones de pesos. El Congreso estatal aprobó el desafuero, pero la Suprema Corte frenó el procedimiento al considerar que podía provocar daños irreparables a la continuidad del Ejecutivo.
Desde entonces, la amenaza política no desapareció; simplemente quedó guardada en el cajón. Y en Nuevo León todos saben que los cajones políticos tienen la mala costumbre de abrirse cuando cambia el gobernador.
Morena y la Cuarta Transformación no parecen dispuestos a perder el estado. Nuevo León es demasiado importante económica, electoral y simbólicamente. Entregarlo al PRI y al PAN significaría permitir que la oposición recuperara una plaza estratégica y, de paso, que Samuel García y su grupo quedaran expuestos.
La eventual candidatura de Mariana Rodríguez también modifica el tablero. Si MC logra reagruparse alrededor de la esposa del gobernador, y si Morena termina funcionando como aliado indirecto, la suma de votos podría competir seriamente contra De la Garza. Pero esa estrategia tiene un riesgo: una cosa es construir una carambola y otra muy distinta controlar todas las bolas.
En Nuevo León, la política parece un juego de billar con tacos rotos, árbitros parciales y jugadores que cambian de camiseta durante la partida. Morena quizá no esté apostando a ganar con Clara Luz, sino a impedir que gane alguien más. Y en tiempos de la 4T, a veces esa es la verdadera definición de estrategia electoral.