* El bloque más fuerte pero el más difícil de armar
En Sinaloa hay una superstición política que se repite con la seriedad de quien anuncia el clima: quien gana Culiacán, gana la gubernatura. Bonito axioma, lástima que la historia se empeñe en desmentirlo.
La capital no es una bola de cristal ni una franquicia electoral con garantía extendida. Es, eso sí, el principal escaparate político del estado, la antesala obligada, el ring donde se cruzan intereses, ambiciones, grupos empresariales, partidos, operadores y —no nos hagamos los sorprendidos— poderes bastante menos institucionales.
Culiacán puede llevar a las urnas a más de 700 mil ciudadanos: casi una tercera parte del electorado sinaloense. Eso no es un municipio; es un país pequeño con problemas grandes. Aquí se concentran los poderes del Estado, las dirigencias partidistas, los grupos económicos y los conflictos que terminan salpicando a todo Sinaloa.
Pero ganar Culiacán no siempre ha sido sinónimo de ganar la gubernatura. Renato Vega Alvarado llegó al gobierno estatal mientras perdía la capital, donde el PAN obtuvo la victoria. Y en el episodio más reciente, Jesús Vizcarra perdió la gubernatura, mientras su aliado Héctor Melesio Cuén ganaba Culiacán y Mario López Valdez se quedaba con el estado. Así que el supuesto destino manifiesto tiene la misma solidez que una promesa de campaña: suena muy bonito hasta que llega la realidad.
Lo que sí es verdad es que perder Culiacán pesa. Y ganar Culiacán también. La capital da visibilidad, estructura, legitimidad y una plataforma política de enorme valor. Pero en esta ocasión la contienda llega marcada por una crisis de seguridad que ha convertido a la ciudad en el epicentro de una guerra entre facciones del crimen organizado. El daño social es brutal, el miedo es cotidiano y el rechazo a los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación se acumula como recibo vencido.
La 4T tiene a su favor el gobierno estatal y el respaldo federal. No es poca cosa. Tiene recursos, estructura y capacidad de movilización. Pero también arrastra los lastres del rochismo, gobiernos municipales cuestionados y una baraja de precandidatos que, hasta ahora, parecen tener más dificultades para imponerse que para explicar por qué deberían hacerlo.
Y enfrente aparece una oposición que, por lo menos en nombres, presenta cartas más competitivas: Erika Sánchez, Paola Gárate, Roxana Rubio, Martha Reyes Zazueta y Noé Heredia. Todos con vínculos sociales, trayectorias propias y una historia política que no depende únicamente del logotipo partidista. Claro, no cuentan con el aparato estatal ni federal, pero tampoco cargan con el desgaste de gobernar mientras la ciudad se desangra.
Entre esas figuras destacan Erika Sánchez y Martha Reyes mujeres con experiencia, liderazgo y capacidad de resistencia. Y en una contienda como la que se avecina, la resiliencia no es adorno curricular: es equipo de supervivencia.
El problema es que la oposición tendría que dejar de jugar a las vencidas internas y construir un bloque competitivo. Si llega dividida, puede regalarle la plaza a la 4T. Si logra una candidatura sólida, con discurso propio y capacidad para enfrentar la adversidad, entonces la capital podría convertirse en el verdadero plebiscito sobre la seguridad, el gobierno y el rumbo de Sinaloa.
Culiacán será una batalla especial. No habrá triunfos cómodos ni derrotas pequeñas. Pero que nadie confunda el mapa municipal con el resultado estatal: ganar la capital puede abrir la puerta de Palacio, sí; pero todavía habrá que cruzar todo el estado.