* El paciente en estado crítico… y el trabajador también
Yo no sé si la Cuarta Transformación llegó al gobierno con una brújula rota, un mapa de otro país o simplemente con la convicción de que administrar la salud pública era cuestión de echar discursos, inaugurar logotipos y sonreír frente a una cámara. El caso es que, desde 2018, cada decisión en materia sanitaria parece diseñada por un comité integrado por improvisados, burócratas y alguien cuyo único mérito consiste en repetir que “todo está bien”.
Primero desmontaron el Seguro Popular, creado para atender a la población sin seguridad social. La promesa era sustituirlo por algo mejor. Naturalmente, apareció el INSABI: una institución que llegó con bombo, platillo y fecha de caducidad. Después desapareció, dejando detrás una estela de confusión, deudas y una factura multimillonaria. La solución fue crear el IMSS Bienestar, porque aparentemente el problema del sistema de salud era que todavía no tenía suficientes siglas.
En el camino, varios estados perdieron margen de decisión y el gobierno federal centralizó servicios que ya funcionaban con dificultades. El resultado fue una especie de elefante administrativo: enorme, lento, caro y completamente incapaz de encontrar la puerta de salida. Mientras tanto, médicos, enfermeras y trabajadores administrativos seguían enfrentando hospitales sin insumos, jornadas interminables, salarios insuficientes y una burocracia que trata al personal de salud como si fuera parte del mobiliario.
Luego llegó la pandemia. Ahí estuvieron los trabajadores sanitarios, arriesgando la vida mientras desde el poder se ofrecían estampitas, detentes y explicaciones que parecían redactadas por un departamento de propaganda soviética con presupuesto de papelería. El discurso oficial aseguraba que todo estaba bajo control, aunque los hospitales estuvieran saturados y el personal careciera de equipo suficiente. Y cuando alguien preguntaba por los resultados, aparecía la frase mágica: “vamos mejor que antes”.
Más tarde se prometió un sistema de salud superior al de Dinamarca. La comparación era tan ambiciosa que solo podía terminar como terminó: en una fantasía nacional transmitida desde Palacio. Porque una cosa es prometer atención médica de primer mundo y otra muy distinta conseguir medicamentos, contratar personal, mantener hospitales y evitar que los pacientes tengan que comprar sus propias vendas.
Después apareció la Megafarmacia, presentada como la solución definitiva al desabasto. Un almacén monumental que supuestamente resolvería las carencias del país, aunque en la práctica no logró atender con eficacia ni siquiera a buena parte de los estados cercanos. También se anunció un número telefónico para solicitar medicamentos, como si el sistema de salud fuera una pizzería: marque, espere y quizá su tratamiento llegue antes de que empeoren sus síntomas.
Birmex fue otro capítulo de esta tragicomedia administrativa. Se le convirtió en protagonista de la compra y distribución de medicamentos, pero pronto comenzaron los adeudos con laboratorios. Cuando el gobierno no paga, los proveedores dejan de surtir. No hace falta un doctorado en economía: es la versión institucional de pedir fiado durante años y luego ofenderse porque el tendero ya no quiere venderte.
Mientras tanto, trabajadores de hospitales y clínicas protestan en distintos estados por falta de medicamentos, insumos, plazas, salarios dignos y condiciones laborales mínimamente humanas. Son los mismos que fueron llamados héroes durante la pandemia, pero que después fueron tratados como una molestia cuando exigieron derechos. En este país, al parecer, el trabajador de salud es héroe mientras guarda silencio; cuando protesta, se convierte en enemigo del pueblo.
La presidenta y sus defensores harían bien en escuchar. Descalificar las manifestaciones no resuelve el desabasto, no paga las deudas y no equipa los hospitales. El sistema sanitario no está “en transformación”: está exhausto, fragmentado y sostenido por la voluntad de quienes todavía trabajan ahí.
Y sí, las protestas continuarán. Porque cuando el gobierno convierte la salud pública en propaganda, la realidad termina hablando desde las calles, los quirófanos y las salas de espera.