* La puerta que decidió no cerrar
Muy temprano el domingo, cuando el calor empezaba a caer sobre Sinaloa como una sentencia, Baltazar Valdez se instaló, junto con un grupo de campesinos, en el lugar por donde pasaría la presidenta Claudia Sheinbaum. No iban a escuchar discursos ni a ocupar una fila protocolaria. Querían abordarla. Querían hablarle de los agricultores, de los precios, de las pérdidas y de la larga agonía de un sector que lleva ocho años sobreviviendo a fuerza de créditos, promesas y resignación.
Otros dirigentes y organizaciones habían acordado hacer lo mismo. Pero, a última hora, lo dejaron solo. Horas antes habían pactado con el gobierno de Graciela Domínguez, específicamente con su secretario de Agricultura, Ismael Bello. El acuerdo, según se percibe, habría alcanzado para comprar la tranquilidad de algunos: un plato de lentejas, o quizá uno de callos de hacha y unos tragos de whisky. En la política agrícola sinaloense, la lealtad suele tener el precio de una comida y la duración de una sobremesa.
Valdez, sin embargo, se quedó. Tiene el rostro tostado por el sol y los surcos prematuros de quien ha pasado demasiados años mirando el cielo, calculando lluvias, costos y rendimientos. Su reclamo no es una dádiva ni una compensación de emergencia. No pide que el gobierno tape cada año el agujero que deja el mercado. Pide algo más incómodo: una política agropecuaria capaz de otorgar eficiencia productiva, rentabilidad y verdadera capacidad de competencia.
La diferencia no es menor. El productor agrícola comercial está atrapado en un círculo vicioso. Siembra con costos elevados, vende bajo presión y termina negociando con intermediarios que conocen su urgencia mejor que él mismo. En Sinaloa se les llama coyotes, pero el problema no termina ahí. También están los grandes industriales, con capacidad de importar libre de aranceles, acumular inventarios y arrinconar al productor en el momento exacto en que necesita vender.
La propuesta de Campesinos Unidos por Sinaloa apunta, por eso, a un programa nacional de desarrollo rural. No se trata únicamente de elevar precios o distribuir apoyos, sino de construir reglas que permitan sobrevivir y competir. Un sistema productivo y comercial menos vulnerable a los intermediarios, con instrumentos de financiamiento, comercialización, almacenamiento y protección frente a prácticas abusivas. En última instancia, se trata de soberanía alimentaria: que México pueda producir sus alimentos sin condenar a quienes los producen.
Baltazar y sus compañeros soportaron largas horas de espera bajo el sol. Finalmente consiguieron ser vistos. Al terminar el evento, la presidenta Sheinbaum los atendió personalmente. Sin cortapisas, sin intermediarios y sin el filtro de quienes suelen convertir la protesta en una reunión privada, Valdez pudo exponerle su estrategia. Ella se comprometió a enviar al gabinete agropecuario a Sinaloa a atenderlos a la brevedad.
No es una solución, desde luego. Es apenas una puerta. Pero para quienes llevan años tocando puertas cerradas, una puerta entreabierta puede significar la diferencia entre continuar luchando o aceptar la derrota.
Después, ante los reporteros y los campesinos que lo esperaban, Valdez fue cuidadoso: no habló de triunfo, sino de una oportunidad. Dijo que habían abierto otra vía para insistir en un programa nacional de desarrollo rural. Su lucha, subrayó, no era por cuotas ni por beneficios individuales, sino por una solución de fondo para un sector al borde de la quiebra.
La advertencia fue clara. Si no se atiende la crisis estructural, la desesperación puede transformarse en caos. Y un país que depende cada vez más de las importaciones se aleja, paradójicamente, de cualquier idea seria de soberanía alimentaria.
El episodio también exhibió la vieja tentación del poder: domesticar a los representantes antes de que lleguen al poder. En Sinaloa, gobiernos de distintos signos han convertido a dirigentes agrícolas en figuras decorativas, útiles mientras administran el descontento y prescindibles cuando intentan ejercer la representación para la que fueron elegidos.
Por eso la escena del domingo tuvo una carga política mayor. Mientras unos aceptaban la mediación oficial, Baltazar decidió esperar. Mientras algunos negociaban la apariencia de la calma, él insistió en llevar el conflicto hasta la presidenta.
Al final, quedó la imagen de los antiguos dirigentes que, como en la canción de Luis Eduardo Aute: «míralos como reptiles al acecho de una presa, negociando en cada mesa maquillajes de ocasión; siguen todos los raíles que conduzcan a la cumbre, locos porque no los deslumbre su parásita ambición; antes iban de profetas, y ahora el éxito es su meta. Mercaderes, traficantes, más que náusea dan tristeza; no rozarán ni un instante, la belleza».