Con brincos, maromas y discursos de lógica elemental, la dirigencia nacional del PAN, encabezada por Jorge Romero, terminó por abrir una puerta que durante meses intentó mantener cerrada: la posibilidad de construir un bloque opositor nacional rumbo a las elecciones de 2027. No se trata todavía de una estrategia articulada ni de un programa común; por ahora, el cálculo es más rudimentario: sumar votos contra Morena y la llamada Cuarta Transformación. Pero, en política, las decisiones locales suelen convertirse en definiciones nacionales.
El PAN resolvió que las alianzas con el PRI y otros partidos se determinarán estado por estado, bajo la responsabilidad de las dirigencias locales. La fórmula parece administrativa, casi burocrática, pero sus implicaciones son profundamente políticas. En los hechos, rompe la consigna de Romero de no pactar con el PRI y reconoce que, sin acuerdos amplios, la oposición difícilmente podrá competir en condiciones de igualdad contra la maquinaria morenista.
El caso de Nuevo León fue el detonador. La decisión del alcalde priista de Monterrey, Adrián de la Garza, de inscribirse en el proceso interno del PAN para buscar la candidatura estatal —quedando como precandidato único registrado— dinamitó la prohibición original. La realidad se impuso sobre el dogma. Y cuando la realidad política contradice el discurso, el discurso termina convertido en simple utilería.
Alejandro Moreno, dirigente nacional del PRI, ha mostrado mayor pragmatismo al proponer una alianza abierta con quienes deseen incorporarse. En paralelo, ya aparecen figuras con posibilidades competitivas en distintos estados: Toño Astiazarán, en Sonora; Marco Antonio Bonilla, en Chihuahua, y Mario Zamora, en Sinaloa. No son todavía una plataforma nacional, pero sí piezas de un tablero que comienza a reacomodarse.
La pregunta central es qué tipo de bloque puede surgir. Una alianza electoral meramente aritmética, construida para sumar siglas y votos, sería insuficiente. Si PAN, PRI y otros partidos pretenden enfrentar a Morena en 2027, tendrán que definir desde ahora una agenda nacional: seguridad, economía, relación con Estados Unidos, federalismo, división de poderes y respeto a las instituciones. De lo contrario, el frente opositor será únicamente una coalición negativa, un “anti-Morena” sin proyecto propio.
El contexto institucional vuelve más urgente esta discusión. Las restricciones a las candidaturas independientes, los conflictos en torno a nuevos partidos como Somos México y las decisiones de autoridades electorales que parecen modificar reglas y emblemas sobre la marcha alimentan la percepción de un sistema político cada vez más cerrado. Cuando las instituciones electorales se convierten en instrumentos de contención política, la democracia comienza a perder oxígeno.
La disputa en Michoacán y el surgimiento de candidaturas locales que buscan expulsar a Morena del poder muestran que el descontento no es exclusivamente partidista. Existe una energía social dispersa que todavía no encuentra cauce nacional. El desafío de la oposición será evitar que esa energía sea capturada por intereses personales, cacicazgos regionales o negociaciones cupulares.
Morena, mientras tanto, ha contribuido a elevar la temperatura con una administración que, en materia de seguridad, economía y política exterior, ha colocado al país en una zona de riesgo. Particularmente delicada es la relación con Estados Unidos. La Cuarta Transformación parece no comprender que incluso los adversarios estratégicos de Washington —incluida China— tienen límites en su disposición a respaldar a un México confrontado con su principal socio comercial.
Así, el proceso rumbo a 2027 se vuelve más incierto, más tortuoso y potencialmente más conflictivo. El bloque opositor todavía no existe como estructura coherente, pero su posibilidad ya fue reconocida por los propios partidos. A partir de ahora, la batalla no será solamente electoral: será una disputa por la definición del régimen político mexicano. La pregunta es si el país avanzará hacia una concentración mayor del poder o si emergerá una nueva correlación de fuerzas capaz de frenar esa deriva.
El PAN abrió la puerta. El PRI ya está dispuesto a cruzarla. Falta saber si detrás de ellos existe un proyecto de nación o únicamente el instinto de supervivencia.