En medio del apocalipsis que vive Sinaloa, donde el crimen organizado parece tener más poder que la propia ley y la seguridad es una palabra vacía, emerge la figura de Paola Gárate, diputada local del PRI, quien no solo ha puesto el cuerpo en la batalla por la paz, sino que ahora se enfrenta a un terror psicológico tangible: una corona fúnebre plantada en la puerta de su casa. Un mensaje macabro y claro para que se calle, para que deje de exigir justicia en una región desgarrada por miles de asesinatos y desapariciones en los últimos 24 meses. ¿Y qué hace Paola? Se queda, continúa firme en su activismo, y ahora apunta a la candidatura a gobernadora en 2027. Eso, claro, le ha generado críticas feroces de políticos y comunicadores, incluso pedidos para que el PRI la expulse.
Pero antes de tirar piedras al tejado o pedir sanciones, vale la pena analizar esta jugada desde una perspectiva con sentido político y social. Primero, reconozcamos algo que muchos olvidan: el PAN, ese partido que lleva décadas siendo el contrapunto duro al PRI y luego a Morena, está jugando una carta distinta. La convocatoria que lanzó para aceptar registros de candidatos externos, incluso de otros partidos, abre una puerta inusual en la política mexicana. No es sólo un cambio táctico; es un salto hacia esa democracia formal que muchas veces se queda en discursos vacíos.
El PAN está apostando a romper sus propias reglas internas y rancias —como la negativa de hacer alianza con el PRI— para armar un bloque fuerte contra la Cuarta Transformación (4T). Ya lo vimos en Nuevo León, donde Adrián de la Garza, priista y presidente municipal de Monterrey, se inscribió al proceso interno del PAN para contender por la gubernatura. Este movimiento no es casualidad ni simple oportunismo: es una señal clara de que la política tradicional está en transformación y que los esquemas rígidos quiebran cuando se enfrentan a la presión social, a la violencia desbordada y a la necesidad urgente de un cambio real.
Paola Gárate no está sola en esta migración política. Su inscripción en la elección interna del PAN no sólo representa un desafío al sistema; simboliza la posibilidad de construir un frente común que arrincone la inseguridad y la violencia crónica que ahoga a Sinaloa y a otros estados. Que otros estados como Sonora, Chihuahua y Durango sigan esa ruta no sería ninguna sorpresa, y podría ser la chispa para que la oposición fragmentada deje de estar en mil pedazos y arme un bloque atractivo para la sociedad.
Lejos de ser un acto traidor o indigno, la maniobra de Gárate tiene lógica política profunda y también un trasfondo social. Está desafiando la cultura del miedo, de los pactos oscuros con el crimen que muchos callan por conveniencia o cobardía. Está buscando una plataforma política para legitimar su lucha y ponerla en un escenario donde pueda generar impacto real. Es un trance, sí, pero uno que puede abrir paso a una recomposición nacional urgiendo en México.
Obviamente, las críticas existen y son legítimas desde cualquier ángulo. Pero, ¿no debería el PRI reflexionar sobre por qué una de sus diputadas más valientes busca una alianza política en otro partido? ¿No es acaso un síntoma del hartazgo con las viejas estructuras y la incapacidad de respuesta ante la crisis de seguridad? En lugar de expulsarla, tal vez lo prudente sería preguntarse qué falló para que esta guerra interna suceda.
El PAN, por su parte, no debe tener miedo. Esta apertura no es una rendición ni un canje cobarde; es una jugada maestra para construir un espacio plural que incluya ciudadanos sin partido y figuras valientes que están dispuestas a romper con este régimen. Y si eso puede formar un bloque opositor que atraiga a la sociedad cansada de la violencia y la impunidad, pues bienvenido sea.
Porque al final del día, en este país fragmentado y en caos, lo que urge no es una batalla por colores, sino un pacto por la vida, la paz y la justicia. Que cada partido también haga su tarea y que los ciudadanos encuentren caminos reales para que la democracia no sea solo un sueño tirado al viento. Paola Gárate está apostando por eso. Y por eso merece ser escuchada.