A todas luces es burdo el manejo clientelar y corporativo que Morena está implementando en estas precampañas, exhibiendo a 277 candidatos en los 17 estados donde se celebrarán elecciones para gobernador. Y eso ni hablar de los miles más que se están preparando para lanzarse, en las próximas semanas, por presidentes municipales, diputados locales, federales y toda esa tropa de regidores, síndicos y procuradores. En otras palabras, una avalancha política descarada y abierta invadiendo calles y plazas haciendo campaña antes de que siquiera se publique la convocatoria oficial o se instale el INE para servir de laboratorio a este circo electoral.
Y como era de esperarse, en un chat de viejos amigos –la mayoría morenistas, pero ojo, no zombis, y ahi emergen las preguntas incómodas que nadie se atreve a responder del todo: ¿quién diablos está pagando todos esos gastos? Imagínense, giras kilométricas, logística de lujo, esas reuniones con el café, los memes de campaña y hasta el payaso que anima… no es barato, señores. Más cuando hablamos de montones de candidatos y aspirantes peleándose por el hueso. Alguien tuvo que soltar la bomba: “Buena pregunta”. Y qué creen, llegaron las reflexiones profundas: ¿qué tienen para presumir los que aspiran a gobernar Sinaloa? ¿Y los futuros presidentes municipales? Ahí está el detalle dijera el clasico.
En todo el país, entre morenistas y ciudadanos, florecen esas dudas que nadie quiere confrontar: La lógica de Morena para nominar candidatos hace agua por todos lados. Un derroche grotesco y una simulación digna de telenovela barata. Todo es puro montaje político para aparentar competencia, mientras se reparten el espacio político al estilo feria. Y la joya de la corona: todos llevan el mismo discurso hueco, repitiendo como loros que van a defender la 4T y al gobierno actual.
Pero lo más sorprendente no es que el discurso sea un copy-paste de uno a otro; lo verdaderamente alarmante es la incapacidad criminal para emitir una sola crítica hacia sus propios gobiernos. No hay ni un valiente que le finque un dedo a un gobernador, diputado, presidente municipal o, bueno, ni siquiera a un regidor. Esa alharaca parece pensar que son perfectos, o peor aún, que no tienen ni idea, o que muchos son cómplices directos de la podredumbre.
Y no solo eso, este silencio sepulcral se amplifica en la ausencia total de propuestas o reflexiones sobre los problemas reales que azotan a la sociedad: la violencia que no afloja, la inseguridad que nos estrangula, la crisis económica que no tiene piedad. Ni siquiera en lugares como Sinaloa, donde la tragedia está a la vuelta de la esquina, se atreven a sacar el mínimo signo de empatía o solidaridad con las víctimas.
Peor aún, aquí la bronca se agrava porque todos los pretensos le deben favores al gobernador con licencia Rubén Rocha Moya, quien mueve los hilos desde su trono invisibilizado. Nadie osa defenderlo contra las acusaciones, ni siquiera para disimular. Por ejemplo, la presidenta municipal de Salvador Alvarado, Guadalupe López González, anda peleando la autonomía municipal contra empresas como Totalplay y Megacable, que ni pagan permisos ni madres por sus obras. ¿Y qué hacen los aspirantes morenistas? Callan como tapia. Ni una palabra de apoyo, ni un gesto firme.
¿Entonces? Pues lo que hacen es puro teatro: armar la escenografía electoral para la primera fase de esta elección de Estado perfectamente fraguada por Morena. La vieja pregunta retumba más fuerte que nunca: ¿de dónde sale el dinero para tanta farsa? La respuesta fácil y triste: de donde siempre. Del erario, con el cínico sello de la 4T.
Y así seguiremos, viendo este desfile de políticos disfrazados de salvadores, montando circo mientras la gente se hunde en sus broncas. Así nomás quieren que estemos, mis queridos, enganchados en el gran teatro del poder clientelar, mientras que las broncas de la gente les vale madres, luego que no se espanten.